EL SOL DE LA MAÑANA se filtraba por las cortinas de lino gris, dibujando líneas de polvo dorado que bailaban en el aire. No hubo alarmas, ni llamadas de mánagers, ni el zumbido de un teléfono vibrando sobre la madera. Jimin se había asegurado de eso; los dispositivos estaban muertos en el cajón del salón, como si pertenecieran a otra vida.
Jimin despertó primero. Se quedó inmóvil, observando a Estrella. En la luz cruda de la mañana, ella se veía real, sin los filtros de la autocrítica. Suspiró suavemente y se acercó para besar su hombro desnudo. Ella se removió, abriendo los ojos lentamente, encontrándose con la mirada cálida de él.
—Buenos días —susurró Jimin, su voz aún ronca por el sueño—. No te muevas. No tenemos que ir a ninguna parte.
Estrella intentó estirarse, pero luego recordó el peso del día anterior. Se cubrió hasta la nariz con la sábana.
—¿Qué hora es? —preguntó ella con voz queda—. ¿No tienes que ir a la empresa para el feedback del video?
Jimin negó con la cabeza, esbozando una sonrisa tranquila mientras se apoyaba en su codo para verla mejor.
—Hoy no existe la empresa. Hoy no existe BTS, ni el MV, ni los gráficos de ventas. Solo existimos tú, yo y el hambre que tengo. ¿Sabes qué estaba pensando?
—¿En qué?
—En que llevamos meses corriendo tras una perfección que no existe. Tú tratando de encajar en un molde que te queda pequeño, y yo tratando de ser el escudo que te proteja de todo, sin darme cuenta de que lo que necesitabas no era un guardaespaldas, sino a tu compañero a tu lado, simplemente estando. Así que hoy, el diálogo más importante que voy a tener no es con un productor, es contigo.
Estrella bajó un poco la sábana, dejando ver su rostro.
—A veces me da miedo que te canses de esto, Jimin. De esta versión de mí que siempre está... analizando todo, que se siente menos que las demás. Me da miedo que un día despiertes, veas las noticias o veas a una de esas modelos coreanas tan etéreas y pienses: "¿Por qué elegí el camino difícil?".
Jimin guardó silencio un momento, procesando sus palabras con esa madurez reflexiva que lo caracterizaba. No respondió de inmediato con un cumplido vacío. Se tomó su tiempo.
—¿Crees que eres "el camino difícil"? —preguntó él finalmente, acariciando su mejilla—. Estrella, el camino difícil es el que recorría antes de conocerte. El camino de sonreír cuando quería llorar, de no comer para verme "bien" en cámara, de sentir que si no era perfecto, no valía nada. Tú no eres el problema; tú eres la persona que me dio permiso para dejar de ser perfecto. Cuando te veo luchar con tus inseguridades, no veo una carga. Veo a un ser humano valiente que está lidiando con un mundo que no sabe apreciar lo que es diferente.
—Pero es que soy tan diferente, Jimin —interrumpió ella, con la voz quebrada—. Mi cuerpo, mi forma de pensar, el hecho de que no puedo simplemente "olvidar" lo que perdimos... Siento que soy un recordatorio constante de algo que salió mal.
Jimin se acercó más, uniendo sus frentes.
—Lo que perdimos... es una cicatriz que compartimos. Pero una cicatriz no es un error, es una historia de que sobrevivimos a algo doloroso. Y sobre tu cuerpo... —él bajó la mano hasta su cintura, apretando con suavidad—, este cuerpo es el que me abraza cada noche. Es el que me hace sentir que Park Jimin es real y no un producto. Si el mundo no sabe mirar, es problema del mundo, no tuyo. ¿Por qué le das tanto poder a gente que no conoce el color de tus ojos cuando despiertas?
Jimin se levantó de la cama con una agilidad felina, pero se detuvo para ofrecerle la mano a Estrella. Ella la tomó, dejándose guiar hacia la cocina. El departamento, bañado por la luz matutina, se sentía inusualmente espacioso sin el ruido constante de las notificaciones.
—No quiero que hagas nada —le advirtió él, señalando el taburete de la isla de cocina—. Solo siéntate, bebe un poco de agua y mírame ser el peor chef de toda Corea
.
Estrella soltó una pequeña risa, la primera en días, y ese sonido fue para Jimin mejor que cualquier aplauso en un estadio. Él comenzó a sacar ingredientes: huevos, aguacate, un poco de pan integral y fruta fresca. Se movía con una concentración casi cómica, tratando de que todo fuera perfecto para ella.
—Jimin —dijo ella, observando cómo él cortaba el aguacate con una precisión quirúrgica—, nunca me has contado mucho sobre cómo lo hiciste tú.
Él se detuvo, con el cuchillo a medio camino. No tuvo que preguntar a qué se refería.
—¿Sobre cómo dejé de odiar lo que veía en el espejo? —preguntó él, sin mirarla aún. Suspiró y dejó el cuchillo sobre la tabla—. No fue un interruptor que apagué de un día para otro, Estrella. Hubo una época, especialmente en los días de Blood Sweat & Tears, donde mi relación con la comida y con mi reflejo era una guerra diaria. Miraba mis mejillas y solo veía fallos. Pensaba que si perdía un gramo más de peso, quizá finalmente sería "suficiente".
Se giró hacia ella, apoyándose en la encimera. Su mirada era profunda, madura, cargada de una honestidad que rara vez mostraba al público.
—Me tomó mucho tiempo entender que mi valor no disminuía porque mi cara fuera un poco más redonda o porque no tuviera abdominales marcados todo el año. Pero la industria... esta industria te susurra al oído que nunca es suficiente. Y yo te veo a ti, con tu cuerpo que tiene curvas, que tiene fuerza, que tiene una historia... y me duele que intentes compararte con un estándar que me hizo tanto daño a mí. Es como si estuvieras intentando entrar en una celda de la que yo tardé años en escapar.
Estrella bajó la mirada hacia sus manos, jugando con el borde de su sudadera.
—Es difícil no querer entrar cuando parece que el mundo entero vive en ella. Cuando leo que dicen que no soy "lo suficientemente delgada" o "lo suficientemente delicada" para estar a tu lado... una parte de mí les cree. Siento que mi cuerpo es una falta de respeto hacia tu imagen.