LA SALA estaba iluminada por una calidez artificial que contrastaba con el frío que empezaba a colarse por los ventanales de Seúl. Sobre la mesa de centro, un tablero de Rummikub estaba a medio terminar. Taehyung, con su habitual excentricidad, estaba concentrado en sus fichas, tarareando una melodía de jazz y haciendo gestos dramáticos cada vez que Estrella hacía un movimiento inteligente.
—¡Ah! No vi venir esa jugada, Estrella. Estás siendo despiadada —bromeó Tae, revolviendo sus propias fichas—. Jimin, ¿viste eso? Me está dejando sin opciones.
Jimin, que estaba sentado junto a ella, le dio un apretón suave en la rodilla antes de levantarse. Su sonrisa era tranquila, pero sus ojos guardaban una sombra de cansancio que solo aparecía cuando bajaba la guardia.
—Voy a subir por unas mantas y a buscar ese té de jazmín que trajiste, Tae. Se está poniendo fresco aquí —dijo Jimin—. Sigue dándole una lección, Estrella. No le tengas piedad.
Él subió las escaleras con paso lento. Al llegar al piso superior, el aire se sentía distinto, más pesado. Caminó hacia el armario de blancos, pero al pasar frente a la última puerta del pasillo, sus pies se detuvieron por pura inercia emocional.
Esa habitación.
La puerta estaba entornada, dejando escapar un rastro de penumbra. Hacía semanas que no entraban allí; se había convertido en un santuario prohibido del que nadie hablaba, pero que todos sentían. Jimin empujó la puerta con la punta de los dedos. El chirrido suave sonó como un lamento en el pasillo vacío.
Entró y no encendió la luz. No hacía falta. La luz de la luna que entraba por la ventana sin cortinas bañaba la cuna de madera clara que él mismo había ayudado a armar. Sobre el cambiador, todavía había un conjunto de ropa diminuta, un mameluco de algodón orgánico color crema que Estrella había comprado en un arrebato de ilusión durante el segundo mes.
Jimin se acercó a la cuna y pasó la mano por el borde de la madera. El frío del material le caló hasta los huesos.
"Iba a ser un papá increíble, ¿verdad?", se preguntó en silencio.
Se permitió, por primera vez en mucho tiempo, que sus hombros cayeran. En la planta baja, escuchó la risa amortiguada de Estrella ante una ocurrencia de Taehyung. Le dolía el pecho con una intensidad física. Ser el "protector" significaba que no podía derrumbarse frente a ella; significaba guardar sus propias lágrimas en una caja bajo llave para que ella tuviera un suelo firme donde pisar.
Pero en la soledad de esa habitación que olía a madera nueva y a sueños rotos, Park Jimin se permitió ser solo un hombre que había perdido a su hijo. Se sentó en la mecedora que nunca llegó a usar y enterró el rostro en sus manos. No sollozó, pero su respiración se volvió errática. Pensó en cómo sería sostener a alguien que tuviera los ojos de Estrella y, quizás, su propia nariz. Pensó en cómo le habría cantado para dormir.
—Lo siento mucho —susurró a la nada, a ese vacío que no tenía nombre—. Siento no haber podido protegerte tampoco a ti.
Se quedó allí unos minutos, dejando que la tristeza lo lavara por dentro. Sabía que no podía tardar mucho; Estrella lo necesitaba de vuelta, con su sonrisa de "está todo bien" y su fuerza inquebrantable. Se puso de pie, se secó los ojos con el dorso de la mano y respiró hondo, enderezando la espalda.
Antes de salir, tomó un pequeño peluche de conejo que estaba dentro de la cuna y lo apretó un segundo contra su corazón. Luego lo dejó exactamente donde estaba, cerró la puerta con llave —metafórica y físicamente— y bajó las escaleras.
Cuando entró de nuevo al salón, traía dos mantas bajo el brazo y la expresión de quien acaba de salir de una tormenta, pero vuelve con el sol.
—¿Quién va ganando? —preguntó con voz firme, volviendo a su lugar al lado de Estrella, envolviéndola con la manta y con su brazo, asegurándose de que ella nunca sintiera el frío que él acababa de dejar atrás.
Jimin se acomodó a su lado, extendiendo la manta sobre las piernas de ambos. Taehyung seguía analizando el tablero con una concentración casi mística, pero Estrella no miraba las fichas. Sus ojos estaban fijos en el perfil de Jimin. Notó que el borde de sus ojos estaba ligeramente rosado y que su mandíbula, aunque relajada, mantenía una tensión residual que él no podía camuflar.
Ella sabía exactamente de dónde venía. Sabía que para llegar al armario de las mantas, Jimin había tenido que pasar por delante de "esa" puerta.
—Jimin-ah… —susurró ella, ignorando que era su turno en el juego.
Él se giró hacia ella con esa sonrisa protectora que usaba como armadura.
—Te toca, mi vida. Tae está a punto de ganarnos si no haces ese movimiento con el once azul.
Estrella no miró el tablero. Extendió su mano y la puso sobre la mejilla de él, obligándolo a sostenerle la mirada. Taehyung, con esa sabiduría silenciosa y empática que lo caracterizaba, dejó de tararear. No dijo nada, simplemente se recostó en el sofá, dándoles espacio mientras fingía estar muy ocupado con sus fichas.
—Has estado allí, ¿verdad? —preguntó ella, tan bajo que apenas fue un aliento.
La sonrisa de Jimin no desapareció, pero se volvió más suave, más real. Sus hombros bajaron un centímetro. No podía mentirle a ella, no después de todo lo que habían pasado.
—Solo un momento —admitió él, cubriendo la mano de Estrella con la suya—. Quería asegurarme de que… de que todo estuviera en orden.
—Jimin, no tienes que ser siempre el que me sostiene —dijo ella, sintiendo cómo el corazón se le oprimía—. Sé que te duele tanto como a mí. Sé que tú también necesitas llorar por él. O por ella. O por lo que fuera a ser.
Jimin suspiró, y esta vez el aire salió de sus pulmones como si hubiera estado conteniendo el aliento durante semanas. Bajó la cabeza, dejando que su frente descansara contra la de Estrella.
—Si me rompo yo, ¿quién te cuida a ti? —preguntó él en un susurro quebrado—. Tengo miedo de que, si dejo salir todo el dolor, nos hundamos los dos. Y no puedo permitir eso. Prometí ser tu roca.