EL ESTUDIO PRIVADO de la agencia solía ser el santuario de Jimin. Paredes insonorizadas, luces led tenues y un sofá de cuero donde Estrella solía esperarlo mientras él terminaba de pulir sus coreografías. Esa tarde, el ambiente era inusualmente tranquilo. Jimin revisaba unos horarios en su tableta, mientras Estrella, sentada a su lado, intentaba concentrarse en un libro de arte coreano.
El zumbido del teléfono de Jimin sobre la mesa de cristal rompió el silencio.
—Es mi madre —dijo él, con una sonrisa que iluminó su rostro cansado. Contestó y puso el altavoz—. ¡Eomma! ¿Cómo estás?
—¡Jimin-ah! —la voz de su madre sonaba agitada, pero intentaba mantener el tono dulce—. Solo quería saber si habías comido... y cómo está Estrella. Dile que le enviaré ese té de jengibre que tanto le gusta.
Estrella sonrió, acercándose al teléfono.
—Gracias, Eomma. Estoy aquí, te escucho.
De repente, de fondo, el sonido de la cafetería de los padres de Jimin se filtró por la línea. Se escuchó el golpe de una taza contra el mostrador y luego voces elevadas, no de los padres de Jimin, sino de clientes.
—...es una vergüenza —se oyó una voz masculina, clara y cortante—. Su hijo es el orgullo de Busan y lo tienen amarrado a esa extranjera que ni siquiera sabe caminar con elegancia. Mírela en las fotos, es enorme al lado de él. Esos huesos anchos... no parece una mujer, parece una distracción innecesaria.
—¡Por favor, retírese si va a hablar así de mi familia! —fue el grito del padre de Jimin, cuya voz vibraba de indignación.
—¿Familia? Es negligencia de ustedes permitir que él arruine su carrera por alguien que no puede ni darle un heredero sano —remató otra voz femenina con una frialdad venenosa—. Esa chica es una mancha en su legado.
En el estudio, el aire se congeló. La sonrisa de Jimin desapareció tan rápido que pareció que nunca había existido. Sus ojos se volvieron dos rendijas de obsidiana, y la mano con la que sostenía la tableta se apretó hasta que los nudillos se tornaron blancos. Estrella, por su parte, sintió como si le hubieran vaciado un balde de agua helada. Las palabras "huesos anchos" e "inhábil para un heredero" se clavaron en sus inseguridades como cristales rotos.
—¿Jimin? —la voz de su madre volvió al teléfono, ahora llorosa—. Perdona, hijo, yo no quería que escucharas...
—Eomma, cuelga —dijo Jimin. Su voz no era alta, pero tenía un filo metálico que Estrella nunca le había escuchado—. Dile a Appa que cierre la cafetería ahora mismo. No quiero que aguanten a nadie más. Iré para allá.
—Hijo, no es necesario, hay reporteros afuera de la agencia...
—Cuelga, Eomma.
Jimin cortó la llamada. Se levantó de un salto, y la energía que emanaba de él era sofocante. No era el idol dulce de las cámaras; era un hombre herido en lo más profundo de su orgullo y su amor.
—Jimin, no... no vayas —susurró Estrella, sintiendo que sus manos empezaban a temblar—. Tienen razón, solo causarás un escándalo mayor si apareces allí... y yo... yo no quiero que me vean así ahora.
Jimin se detuvo y la miró. Se acercó a ella, la tomó de los hombros y la obligó a levantarse.
—Mírame —ordenó él con una madurez feroz—. Lo que dijeron esos cobardes no es verdad. Ni una sola palabra. Pero no voy a permitir que mis padres sean humillados por protegernos, ni que tú te escondas como si hubieras hecho algo malo. Nos vamos de aquí. Ahora.
El descenso hacia el garaje fue un borrón. Jimin caminaba delante de ella, con una mano entrelazada firmemente con la de Estrella, como si temiera que ella pudiera desvanecerse. Pero el destino tenía otros planes. Al llegar a la salida principal del edificio —porque Jimin, en su furia, se negó a usar la salida trasera como un fugitivo—, la realidad los golpeó de frente.
La seguridad de la agencia no fue suficiente. En cuanto las puertas de cristal se abrieron, un flash cegador los recibió, seguido de un rugido de voces.
—¡Jimin! ¿Es cierto que la boda se canceló por su salud mental?
—¡Estrella, mira aquí! ¿Cómo te sientes al saber que las fans coreanas piden tu salida del país?
—¡Jimin, una palabra sobre la pérdida del bebé! ¿Fue por el estrés de ella?
Estrella sintió que el mundo se inclinaba. Los rostros de los reporteros y las "fans" se distorsionaban, volviéndose grotescos. La palabra "bebé" retumbó en sus oídos como un trueno. El aire empezó a faltarle, y el sudor frío empapó su espalda. Sintió que su cuerpo —ese cuerpo que tanto criticaban por ser "diferente"— era un blanco demasiado grande, demasiado fácil de odiar.
—¡Atrás! —rugió Jimin, interponiendo su cuerpo entre ella y las cámaras. Su mirada era la de un guerrero protegiendo su único tesoro—. ¡No se atrevan a tocarla!
Pero la presión era demasiada. Alguien empujó a un guardia, y el tumulto hizo que Estrella se soltara de la mano de Jimin por un segundo. El pánico, ese monstruo negro que conocía tan bien, la devoró por completo.
—¡No puedo... no puedo respirar! —jadeó ella.
En lugar de seguir hacia el coche, el instinto de huida la hizo retroceder hacia la seguridad del edificio. Corrió a ciegas, con las lágrimas nublándole la vista, ignorando los gritos de Jimin que la llamaba. Entró en el primer ascensor abierto que encontró y golpeó el botón de "cerrar" con desesperación.
Las puertas se cerraron justo cuando los dedos de Jimin intentaban alcanzarlas.
El ascensor subió tres pisos antes de que un gemido metálico recorriera la estructura. Hubo un chispazo en el techo, y de repente, todo se detuvo. Las luces blancas se apagaron, siendo reemplazadas por un resplandor rojo mortecino de la luz de emergencia.
Estrella se desplomó en una esquina del cubículo de acero.
—No, no, no... por favor —suplicó, abrazando sus rodillas.
El silencio era peor que el ruido de afuera. En la oscuridad, sus inseguridades cobraron vida. Sentía que las paredes de metal eran las voces de la cafetería, cerrándose sobre ella, recordándole que no pertenecía allí, que era "demasiado", que era "insuficiente". Su corazón latía tan fuerte que le dolían las costillas. Cada bocanada de aire se sentía como arena en sus pulmones.