Paraíso —park Jimin.

CAP. 5. "El refugio entre los pinos."

ERAN LAS TRES de la madrugada cuando la camioneta negra abandonó el hospital por la salida de suministros. Jimin no permitió que nadie, aparte de su mánager de máxima confianza y Taehyung, supiera el destino final. Estrella iba recostada en el asiento trasero, con la cabeza apoyada en el regazo de Jimin. Él no había soltado su mano desde que salieron de la habitación.

​—Ya casi llegamos, mi vida —susurró él, besando sus nudillos—. Nadie sabe que esta casa existe. Solo nosotros.

​La casa estaba situada en las afueras de Gapyeong, rodeada de un bosque denso y frente a un lago que parecía un espejo de plata bajo la luna. No había reporteros, ni cámaras, ni el eco de las críticas. Solo el sonido del viento entre los pinos. Al bajar del coche, el aire fresco y puro golpeó el rostro de Estrella, haciéndola sentir, por primera vez en semanas, que sus pulmones podían expandirse por completo.

​Jimin la tomó en brazos para cruzar el umbral. No era por debilidad de ella, sino por un deseo primitivo de él de marcar el inicio de este nuevo territorio como un santuario.

​—Bienvenidos a casa —dijo él, depositándola suavemente en un sofá de lana blanca frente a una chimenea ya encendida—. Aquí el mundo no puede tocarnos.

​A la mañana siguiente, Estrella despertó con el sonido de los pájaros y el aroma a madera y café. No sintió el peso en el pecho de los días anteriores. Se llevó la mano al vientre, todavía plano, y cerró los ojos. "Hola, pequeño" pensó, y una lágrima de alivio rodó por su mejilla.

​En la cocina, Jimin estaba concentrado. Llevaba una sudadera gris y el cabello revuelto, luciendo más como el chico de Busan que como la estrella mundial. Estaba preparando un tazón de fruta picada con yogur y nueces, siguiendo meticulosamente las instrucciones que el médico le había dado.

​—¿Cómo te sientes? —preguntó él en cuanto la vio entrar, dejando todo para ir a su encuentro. La rodeó con sus brazos, apoyando su frente contra la de ella—. ¿Dormiste bien? ¿Tienes náuseas?

​—Estoy bien, Jimin-ah —rio ella suavemente, contagiada por su preocupación—. Me siento... ligera. Como si el ascensor se hubiera quedado en Seúl y aquí solo estuviéramos nosotros.

​Se sentaron a desayunar frente al ventanal que daba al lago. Jimin no encendió la televisión. Sus teléfonos estaban apagados en un cajón.

​—He hablado con la empresa —dijo él, tomando su mano sobre la mesa—. He pedido una pausa indefinida. Les dije que mi salud personal requiere retiro. No mencioné el embarazo aún, quiero que ese secreto sea solo nuestro hasta que tú te sientas segura. No quiero que nadie cuente las semanas, ni que analicen tu cuerpo de nuevo. Este bebé va a crecer en paz.

​Estrella lo miró con admiración.

—Jimin, tu carrera...

​—Mi carrera es nada comparada con el latido que escuchamos ayer en la ecografía —la cortó él con una madurez inquebrantable—. He pasado diez años dándole todo de mí al mundo. Ahora, es tiempo de darme todo de mí a ustedes.

​Por la tarde, decidieron explorar la casa. Era una construcción moderna de madera y cristal, cálida y minimalista. Llegaron a una habitación amplia, bañada por la luz del atardecer, que estaba completamente vacía.

​—Esta habitación... —comenzó Estrella, recordando el dolor del departamento en Seúl.

​—Esta habitación no será un mausoleo —dijo Jimin, rodeándola por la espalda y apoyando su barbilla en su hombro—. Aquí vamos a poner colores. Quiero que sea tu estudio de arte, o nuestra sala de música. Y cuando llegue el momento, quizá en una esquina, pongamos esa cuna que vamos a elegir juntos, sin prisas.

​Él sacó de su bolsillo un pequeño objeto: era el conejito de peluche que había tomado de la otra casa antes del incidente. Lo puso en el suelo, en medio de la luz del sol.

​—Lo traje para que nos recordara que la esperanza nunca se fue, solo estaba esperando el momento adecuado para florecer —murmuró él—. No tenemos que olvidar lo que pasó, pero ya no tiene que doler de la misma forma.

​Estrella se giró en sus brazos y lo besó. Fue un beso lento, con sabor a promesa cumplida. Por primera vez en mucho tiempo, ella no pensó en su piel, ni en sus caderas, ni en lo que dirían en las redes sociales. Se sintió hermosa porque era amada de la forma más pura posible: como una mujer, como una compañera y ahora, como la madre de la nueva vida que Jimin juró proteger con su propia existencia.

​El sonido de un motor aproximándose por el camino de grava puso en alerta a Jimin, pero al ver la furgoneta blanca de su familia, su rostro se relajó en una sonrisa de alivio. No habían pasado ni tres días desde la mudanza, pero para él, ver a sus padres era el cierre necesario tras la angustia de la llamada telefónica en la agencia.

​—¡Estrella! Ya están aquí —anunció Jimin, saliendo a la terraza.

​Los padres de Jimin bajaron del vehículo cargados de bolsas térmicas y cajas que, por el aroma, solo podían contener la comida casera de Busan que tanto reconfortaba a Jimin. Pero lo más emocionante fue ver a Taehyung bajando del asiento del copiloto, con un sombrero de ala ancha y su cámara analógica lista, luciendo como si acabara de bajar de un set de filmación de los años 50.

​La madre de Jimin no esperó a que nadie dijera nada. Corrió hacia Estrella, quien la esperaba en el porche, y la envolvió en un abrazo tan apretado que olía a flores y a cocina.

​—Oh, mi niña... perdona a esta vieja por lo que escuchaste en el teléfono —sollozó la mujer, apartándose solo para acariciar las mejillas de Estrella—. No dejes que esas lenguas venenosas te toquen el alma. Eres nuestra hija, ¿lo sabes?

​Estrella sintió que el último nudo de tensión en su garganta se deshacía. El padre de Jimin se acercó después, dándole una palmadita afectuosa en el hombro antes de abrazar a su hijo con una fuerza que decía más que mil palabras.

​—Estamos aquí para alimentar a este bebé —dijo el padre con un guiño, revelando que Jimin ya les había dado la noticia por teléfono—. Y para asegurarnos de que esta casa sea un fuerte inexpugnable.




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