Paraíso —park Jimin.

CAP. 6. "Jaula de cristal."

LA MAÑANA en el lago era gris. Una bruma densa cubría los pinos, y el silencio, que antes parecía sanador, hoy se sentía estancado. Estrella estaba en la cocina, intentando prepararse un simple té, cuando escuchó los pasos rápidos de Jimin detrás de ella.

​—¿Qué estás haciendo? Deberías haber me despertado —dijo él, quitándole la tetera de la mano con una suavidad que, a estas alturas, ya empezaba a irritarla—. El médico dijo que no debías levantar peso ni estar mucho tiempo de pie si te sentías mareada.

​—Es una tetera, Jimin, no una pesa de gimnasio —respondió ella, intentando mantener la calma—. Solo quiero un té. Puedo hacerlo sola.

​—Lo sé, pero no quiero arriesgar nada. Ve a sentarte, yo lo llevo.

​Estrella suspiró y caminó hacia la mesa, pero en lugar de sentirse cuidada, se sintió anulada. Durante las últimas dos semanas, Jimin había controlado cada aspecto de su vida: lo que comía, cuánto caminaba, incluso cuántas horas dormía. Él no lo hacía por control, sino por un pánico ciego disfrazado de amor, pero para ella, era un recordatorio constante de que su cuerpo era visto como algo frágil y defectuoso que podía romperse en cualquier momento.

​El detonante fue algo insignificante. Por la tarde, Estrella se puso sus botas para salir a caminar un poco por el sendero que bordeaba el lago. Necesitaba que el aire frío le quemara los pulmones, necesitaba sentirse dueña de sus propias piernas.

​Jimin apareció en el vestíbulo con su teléfono en la mano, con el ceño fruncido.

​—¿A dónde vas? Está empezando a lloviznar, el suelo está resbaladizo.

​—Solo voy a caminar diez minutos, Jimin. Necesito salir de estas cuatro paredes.

​—Es peligroso, Estrella. Si te resbalas y te das un golpe... —él se interpuso entre ella y la puerta—. Por favor, vuelve al sofá. Puedo ponerte una película.

​—¡No quiero una película! —estalló ella, y su voz rebotó en las paredes de madera—. ¡Quiero caminar! ¡Quiero sentir que no soy una inválida!

​Jimin retrocedió un paso, sorprendido por la fuerza de su grito.

​—Solo trato de protegerte a ti y al bebé —dijo él, y su voz empezó a temblar de una forma que delataba su propia ansiedad—. No sobreviviré si algo vuelve a pasar, Estrella. No puedo pasar por eso otra vez.

​—¡Ese es el problema! —continuó ella, con las lágrimas asomando por fin—. No me estás protegiendo a mí, estás protegiendo tu propio miedo. Me miras y no ves a tu mujer, ves un cristal que se va a romper. Me tienes aislada aquí, sin internet, sin contacto con nadie más que tus padres y Tae, y siento que me estoy asfixiando. La depresión no se cura encerrándome en una caja, Jimin. Me hace sentir que tienen razón... que soy una carga, que soy débil.

​—¡Nunca he dicho que seas débil!

​—¡Tus acciones lo dicen! Me tratas como si no tuviera voluntad. Estoy feliz por este bebé, pero a veces siento que para ti, yo solo soy el envase que lo lleva. ¿Qué pasa conmigo, Jimin? ¿Qué pasa con lo que yo quiero?
​Jimin se quedó mudo. El silencio que siguió fue punzante. Estrella pasó por su lado, abrió la puerta y salió a la lluvia, dejándolo solo en la entrada con el corazón latiendo desbocado.

​Estrella caminó hasta que sus pulmones ardieron. La lluvia era fina, pero empapó su sudadera rápidamente. Se sentó en una roca grande frente al lago y lloró. Lloró por el bebé que perdió, por el que venía en camino, y por la presión de ser la pareja de alguien tan "perfecto" como Jimin.

​Se sentía ingrata. ¿Quién no querría a un hombre que la cuidara así? Pero el amor no debería sentirse como una vigilancia constante. Se miró las manos, ahora un poco más hinchadas por el embarazo, y sintió ese odio familiar hacia sí misma. ¿Y si Jimin tenía razón? ¿Y si ella era demasiado torpe, demasiado emocional, demasiado "mucho" para él?

​La oscuridad empezó a caer sobre el lago, y con ella, el frío se volvió insoportable. Entonces, escuchó unos pasos lentos sobre la grava. No eran rápidos ni urgentes como antes. Eran los pasos de alguien que pedía permiso.

​Jimin se sentó en la roca a un metro de ella. No traía paraguas, y su cabello rubio estaba pegado a su frente por el agua. No intentó tocarla de inmediato.

​—Tienes razón —dijo él, mirando hacia el horizonte gris—. He estado actuando como un carcelero.

​Estrella no respondió, pero dejó de sollozar para escucharlo.

​—Cuando el médico nos dio la noticia en el hospital, sentí que Dios me estaba dando una oportunidad de enmendar mis errores —continuó Jimin, y su voz se rompió—. Pensé que si esta vez controlaba cada detalle, si evitaba cada peligro, podría garantizar que no sufrieras. Pero me olvidé de que proteger tu cuerpo no sirve de nada si estoy matando tu espíritu.

​Él se giró hacia ella, y la luz de la luna que empezaba a asomar entre las nubes reveló un Jimin vulnerable, un hombre que estaba lidiando con su propio trauma.

​—Tengo pánico, Estrella. Cada vez que cierras la puerta de una habitación, tengo miedo de que cuando la abra, estés llorando o que algo haya salido mal. Mi sobreprotección es mi propia debilidad. Siento mucho haberte hecho sentir como un objeto o como alguien incapaz. Eres la mujer más fuerte que conozco; sobreviviste a un país extraño, a una prensa cruel y a una pérdida que nos destrozó a ambos. No eres de cristal. Eres de acero.

​Estrella se giró hacia él y vio la sinceridad en sus ojos. El enojo se evaporó, dejando solo una tristeza compartida que necesitaba ser sanada. Ella se acercó y apoyó la cabeza en su hombro mojado.

​—No quiero que dejes de cuidarme, Jimin-ah —murmuró ella—. Solo quiero que confíes en mí. Confía en que mi cuerpo sabe lo que hace esta vez. Y confía en que, si me caigo, yo misma te pediré la mano para levantarme. No me levantes antes de que me caiga.

​Jimin la rodeó con sus brazos, escondiendo el rostro en su cuello húmedo.

​—Lo intentaré. Lo prometo. Mañana compraremos un piano para la sala, o lo que quieras. Y te devolveré el teléfono... aunque solo si prometes no leer los comentarios de odio.




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