Paraíso —park Jimin.

CAP. 7. "Punto ciego."

EL PIANO de cola negro dominaba el salón como una joya tallada en obsidiana. La luz de la tarde caía sobre las teclas, y Jimin, sentado en el banco de terciopelo, guiaba las manos de Estrella con una delicadeza casi sagrada. Habían pasado tres días desde su discusión, y la atmósfera entre ellos se había vuelto más profunda, más madura.

​—No presiones con fuerza, amor —susurró Jimin al oído de ella, su aliento rozando su cuello—. Deja que el peso de tus dedos haga el trabajo. Como si estuvieras acariciando la superficie del lago.

​Estrella cerró los ojos, dejándose llevar por la sencilla melodía que Jimin estaba componiendo para ella. Por un momento, el mundo exterior dejó de existir. No había agencias, ni escándalos, ni miedos. Solo el sonido del piano y el calor del cuerpo de Jimin protegiéndola por la espalda.

​—Es hermoso —murmuró ella cuando la última nota se desvaneció en el aire.

​Jimin la abrazó por la cintura, apoyando la barbilla en su hombro.

—Es para ti. Y para el pequeño. Quiero que sea lo primero que escuche cuando nazca. Quiero que sepa que este lugar es su refugio.

​Sin embargo, mientras Jimin miraba a través del gran ventanal hacia el denso bosque de pinos, sus ojos no se cerraron. Sus pupilas se dilataron, buscando algo entre las sombras de los árboles que se mecían con el viento. Por un segundo, creyó ver un destello metálico, como el reflejo de una lente, pero desapareció tan rápido que se convenció de que era el sol golpeando una hoja húmeda.

​Más tarde esa noche, después de que Estrella se quedara dormida en el sofá con un libro de maternidad sobre el pecho, Jimin decidió hacer una ronda por la casa. Era un hábito nuevo, un instinto de protección que no podía apagar.

​Salió al porche, donde el aire frío de la montaña lo recibió con un bofetón de realidad. Caminó hasta el muelle, observando las luces de seguridad que bordeaban la propiedad. Se detuvo frente a un panel de control oculto cerca del viejo cobertizo.

​—¿Señor Park? —la voz del jefe de seguridad, un hombre robusto llamado Kang, lo sobresaltó.

​—Kang, ¿han revisado el perímetro norte? —preguntó Jimin, tratando de que su voz no sonara paranoica.

​—Sí, señor. Todo despejado. Aunque... —el guardia dudó, ajustándose el intercomunicador—. Encontramos algo cerca de la valla trasera esta tarde. No es nada grave, probablemente algún excursionista perdido que no vio los carteles de "propiedad privada".

​—¿Qué encontraron? —la voz de Jimin se volvió cortante.

​Kang sacó una pequeña bolsa de plástico. Dentro había un envoltorio de caramelo coreano muy específico, de una marca que solo se vendía en las tiendas de conveniencia de Seúl, y una cinta de pelo de color rosa pastel, limpia y perfectamente doblada.

​—No parece basura de alguien que ha estado caminando mucho tiempo, señor. Está demasiado... impecable —añadió el guardia.

​Jimin sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento del lago. Tomó la bolsa y la guardó en su bolsillo.

—Refuercen las patrullas en esa zona. Y no le digan nada a Estrella. No quiero que se preocupe por una tontería.

​A la mañana siguiente, la paz se rompió con el sonido de una llamada oficial. La agencia no podía esperar más. Los contratos del receso de Jimin y los términos de confidencialidad para proteger la ubicación de Estrella requerían su firma física.

​—Solo será un día, mi vida —le dijo Jimin mientras se ajustaba el abrigo en la entrada. Se veía impecable, recuperando esa imagen de ídolo que tanto contraste hacía con su vida en el bosque—. Iré, firmaré todo, me aseguraré de que la prensa tenga una narrativa controlada y volveré antes de que te des cuenta.

​Estrella, envuelta en una bata de lana gruesa, le dio una sonrisa valiente, aunque sus ojos traicionaban su nerviosismo.

—Estaré bien, Jimin. Tengo el piano, tengo a Kang y tengo mi teléfono si necesito llamarte. Ve y termina con ese mundo por un rato.

​Jimin la besó con una intensidad que parecía una despedida de años. Sus manos bajaron a su vientre, acariciándolo a través de la lana.

—Cuida de tu madre por mí hoy, pequeño —susurró contra su piel.

​Se fue en la camioneta negra, dejando tras de sí un silencio que, por primera vez, Estrella encontró opresivo.

​Con Jimin fuera, Estrella intentó mantener su mente ocupada. Cocinó, leyó y tocó el piano, pero la sensación de ser observada persistía. Por la tarde, impulsada por una inquietud que no podía explicar, salió al jardín.

​Caminó por el sendero lateral, evitando la zona donde el suelo estaba húmedo, hasta llegar al viejo muelle. Recordó lo que Jimin le había mencionado sobre el "punto ciego" de la seguridad. Se paró justo allí, donde las cámaras de la casa no llegaban a captar el ángulo completo debido a la inclinación del terreno y un sauce llorón que cubría la vista.

​En el suelo, casi oculto por las hojas secas, vio algo que le heló la sangre.

​Eran unas pequeñas marcas en la tierra, no de animales, sino de alguien que se había quedado allí, de pie, durante mucho tiempo. Y justo al lado de un tronco, había una pequeña flor de papel, hecha con una técnica de origami perfecta, de un color rosa pastel que combinaba exactamente con la cinta que Jimin había guardado en su bolsillo la noche anterior sin que ella lo viera.

​Estrella recogió la flor de papel. Era delicada, hermosa y terriblemente invasiva. En ese momento, escuchó un crujido en el bosque, justo detrás de los pinos más densos.

​—¿Hay alguien ahí? —preguntó, con la voz temblorosa.

​Nadie respondió. Solo el viento silbó entre las ramas, sonando como un susurro burlón que parecía decir su nombre. Estrella retrocedió, corriendo hacia la casa con el corazón en la garganta, dándose cuenta de que el refugio que Jimin había construido con tanto amor no era la fortaleza infranqueable que creían.

​Estrella entró en la casa casi tropezando con sus propios pies, cerrando la puerta con doble llave y apoyando la espalda contra la madera. Su respiración era errática, y el peso de su vientre, ahora notable tras entrar en el segundo trimestre, le recordaba que ya no solo corría por ella. Se llevó una mano a la curva de su abdomen, sintiendo una pequeña patada, una señal de vida que en ese momento se sintió como una súplica de protección.




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