EL AIRE de Seúl olía a lluvia ácida y combustible, un contraste violento con el aroma a pino y agua dulce de Gapyeong. Jimin bajó de la camioneta negra frente al edificio de la agencia, rodeado de un despliegue de seguridad que parecía una formación militar.
Llevaba un traje hecho a medida en un tono gris humo, el cabello perfectamente peinado hacia atrás y una mirada que, tras meses de retiro, se había vuelto más afilada. Ya no era el chico que lloraba en una habitación de hospital; era el activo más valioso de una industria multimillonaria regresando a reclamar su espacio, aunque fuera solo para cerrarlo.
—Bienvenido de nuevo, Jimin-ssi —dijo el director de la agencia, estrechando su mano con una mezcla de respeto y temor.
Jimin solo asintió. Al caminar por los pasillos, el susurro de los empleados se detenía a su paso. Sentía el peso de las miradas, pero por primera vez en su carrera, no le importaba agradar. Sus pasos resonaban con una autoridad nueva.
Antes de la reunión, Jimin se detuvo en una de las salas de ensayo vacías. Las paredes de espejo le devolvieron su imagen completa. Se observó en silencio. Había ganado un poco de peso saludable, sus hombros se veían más anchos y la tensión constante de sus labios se había suavizado, aunque hoy, en la ciudad, el "personaje" de Jimin volvía a instalarse sobre él como una segunda piel.
Se permitió hacer un movimiento. Un giro fluido, una extensión de brazos. Su cuerpo recordaba cada nota, cada gramo de disciplina. En ese momento, solo en esa sala, Jimin no era el esposo de Estrella ni el futuro padre. Era un bailarín. Era fuego y aire.
"Todavía estoy aquí", pensó, sintiendo el sudor frío en su frente. "A pesar de todo lo que he dejado atrás para salvarla, mi esencia sigue gritando".
Fue una reflexión agridulce. Amaba su vida en el lago, pero una parte de él, la parte que nació para el escenario, sentía el duelo de la despedida. Sin embargo, no había arrepentimiento. Su madurez consistía en saber que algunas coronas deben ser entregadas para poder sostener cosas mucho más valiosas.
La reunión fue una danza de poder. Los ejecutivos querían un contrato de regreso para el próximo año. Querían promesas de giras y exclusivas.
—No habrá gira —sentenció Jimin, dejando los documentos sobre la mesa de caoba—. Mi retiro no es una estrategia de marketing. Es una decisión de vida.
—Jimin, los fans están ansiosos. Si anuncias el receso definitivo ahora, las acciones...
—Las acciones no son mi familia —interrumpió él, con una voz tan gélida que el ejecutivo guardó silencio de inmediato—. Firmaré la extensión del cese de actividades por dos años. Durante ese tiempo, no habrá fotos, no habrá comunicados y, sobre todo, no habrá filtraciones sobre mi ubicación. Si un solo reportero pone un pie en mis tierras, este contrato se anula y me llevaré mi nombre y mis canciones a otra parte.
En ese momento, Jimin se sintió poderoso. No por el dinero, sino por la capacidad de poner límites. Estaba usando la misma industria que casi los destruye para construir un muro alrededor de su mujer.
Al finalizar la tarde, Jimin pidió que lo dejaran solo en la azotea del edificio. Miró las luces de Seúl extendiéndose como una galaxia eléctrica. Por primera vez en todo el día, no estaba pensando en si Estrella había comido o si se sentía triste. Estaba pensando en sí mismo.
Pensó en sus años de aprendiz, en las noches sin dormir y en el hambre de triunfo. Se dio cuenta de que ya no tenía esa sed. El éxito ya no era un estadio lleno gritando su nombre; el éxito era el silencio de la montaña.
Se llevó un cigarrillo a los labios (un hábito que había dejado, pero que la ciudad le exigía recuperar por un segundo de debilidad) y luego lo guardó sin encenderlo. No quería llevar el olor de Seúl a su casa. No quería que Estrella notara el estrés de la ciudad en su ropa.
"Mañana volveré a ser su roca", se dijo, cerrando los ojos y dejando que el viento de la ciudad despeinara su peinado perfecto. "Pero hoy, solo por esta noche en este hotel, seré simplemente Park Jimin, el hombre que sobrevivió a la cima del mundo".
Se sintió en paz. Estaba tan convencido de que tenía todo bajo control, de que había ganado la batalla contra la agencia y contra el público, que su intuición, usualmente infalible, estaba dormida bajo una capa de autosuficiencia. No sentía el peligro. No sentía la sombra que, a kilómetros de distancia, se deslizaba por el muelle de su casa.
Creía que el dinero y el poder lo habían comprado todo, incluso la seguridad de su paraíso.
Jimin se encontraba en la suite del hotel, con la chaqueta del traje tirada sobre la cama y la corbata deshecha. El lujo del lugar se sentía estéril después de la calidez de la madera de su refugio. Un golpe suave en la puerta lo sacó de sus pensamientos.
Al abrir, se encontró con una figura familiar cubierta por una sudadera negra y una gorra. Jungkook entró sin esperar invitación, con esa mezcla de timidez y confianza que solo los años de hermandad otorgan. Traía un par de cervezas en la mano y una mirada que Jimin conocía demasiado bien: estaba allí para buscar la verdad.
—Hyung —dijo Jungkook, sentándose en el borde del sofá y dejando las botellas sobre la mesa—. Te vi en la agencia hoy. Parecías un desconocido caminando por esos pasillos.
Jimin dejó escapar un suspiro cansado y se sentó frente a él.
—Era necesario, Kook. Tenía que dejar las cosas claras.
Jungkook guardó silencio un momento, jugueteando con la etiqueta de la botella. Su mirada bajó al suelo antes de volver a los ojos de su hermano mayor.
—Sé que lo haces por ella. Y por el bebé. Todos lo entendemos, de verdad. Pero... —Jungkook dudó, y por un segundo se vio como el chico de quince años que Jimin solía cuidar—. A veces me pregunto si no estás quemando el barco antes de saber si realmente quieres vivir en la isla para siempre. El grupo, la música... es nuestra vida, Hyung. ¿De verdad estás bien dejando que todo se detenga por esto?