Paraíso —park Jimin.

CAP. 9. "Intrusa."

LA CAMIONETA de Jimin se detuvo frente a la casa del lago pasadas las once de la noche. El viaje desde Seúl había sido un bombardeo de luces de neón y ruidos, por lo que el silencio de Gapyeong, roto solo por la lluvia persistente, lo recibió como una bendición. Jimin entró en la casa intentando no hacer ruido, pero en cuanto cerró la puerta, sintió unos brazos rodeándolo por la cintura.

​—Me estabas esperando —susurró él, soltando su maletín para girarse y envolver a Estrella entre sus brazos.

​Ella no dijo nada, simplemente hundió el rostro en el pecho de él, aspirando el olor a ciudad y perfume caro que aún traía. Las hormonas del embarazo, sumadas a la paranoia que había vivido sola, se habían transformado en una necesidad física desesperada por sentir que él era real, que estaba allí y que era suyo.

​—No podía dormir —dijo ella, levantando la vista. Sus ojos brillaban en la penumbra del recibidor—. Te extrañé tanto que me dolía el cuerpo, Jimin.

​Jimin la miró con una intensidad renovada. Había pasado todo el día siendo "Park Jimin, el ídolo", pero frente a ella, bajo la luz tenue, volvió a ser solo el hombre que la amaba. La tomó del rostro y la besó con una urgencia que no conocía de cansancios. Sus manos, antes protectoras y cuidadosas, bajaron con firmeza hacia las caderas de Estrella, atrayéndola hacia él.

​—Estoy aquí —murmuró él entre besos, llevándola hacia la habitación principal—. No me voy a ir a ningún lado.

​En la habitación, el aire era espeso y cálido. Jimin se había despojado de la armadura de su traje, y ahora sus manos recorrían la piel de Estrella con una devoción casi religiosa. Se detuvo un momento para acariciar la curva de su vientre, maravillado por cómo la vida crecía allí dentro, antes de volver a perderse en el cuello de ella.

​Estrella se sentía viva, segura bajo el peso de Jimin. Por un instante, el miedo a la flor de papel y los ruidos en el bosque desaparecieron. Todo era el calor de su piel, el ritmo de su respiración y la conexión que los mantenía unidos.

​Sin embargo, justo cuando Jimin se inclinaba para besarla de nuevo, un estallido de luz blanca inundó la habitación por un microsegundo.

​Fue rápido, como el rayo de una tormenta, pero el cielo estaba despejado de relámpagos. Fue un destello artificial, quirúrgico, que rebotó en el cristal del ventanal que daba al muelle.

​Jimin se congeló sobre ella. Su cuerpo se puso rígido como el mármol. Estrella soltó un jadeo, con los ojos dilatados por el terror, mirando hacia la oscuridad tras el vidrio.

​—¿Eso fue...? —susurró ella, con la voz quebrada.

​Jimin no respondió. Saltó de la cama, cubriéndose apenas, y corrió hacia el ventanal. Miró hacia afuera, pero la oscuridad del bosque era absoluta. Solo el reflejo de la luz de emergencia del pasillo se veía en el cristal. No había sombras, no había pasos. Solo el silencio burlón de la noche.

​Esa noche, no volvieron a tocarse. Jimin se quedó sentado frente a la ventana con una manta sobre los hombros y un cuchillo de cocina en la mano, vigilando una oscuridad que parecía haber ganado la primera batalla.

​A la mañana siguiente, la casa se llenó de una energía completamente distinta. Los miembros de BTS, alertados por un mensaje críptico de Jimin, decidieron que el "aislamiento" necesitaba un poco de ruido de Seúl.

​—¡Llegó la caballería! —gritó Jin, entrando con bolsas llenas de carne de calidad y verduras frescas.

​Namjoon, Suga, J-Hope, V y Jungkook llenaron la sala en cuestión de minutos. Había risas, abrazos y esa camaradería ruidosa que siempre lograba que los problemas parecieran más pequeños. Namjoon se sentó con Estrella para hablar de libros, intentando calmar su evidente ansiedad, mientras Jin y Yoongi se apoderaban de la cocina.

​—Mira esto, Estrella —dijo Taehyung, mostrándole un conjunto de ropa para bebé que había comprado, de un diseño tan abstracto que todos rieron—. Será el niño con más estilo de todo Corea.

​Jimin intentaba sonreír, intentaba ser el anfitrión que sus hermanos esperaban, pero sus ojos no dejaban de escanear las entradas de la casa. Jungkook, que lo observaba desde el rincón, se acercó a él.

​—No has pegado el ojo, Hyung —notó Jungkook en voz baja—. ¿Pasó algo anoche?

​—Vieron un flash —dijo Jimin, con la mandíbula apretada—. O creímos verlo. La seguridad dice que no detectaron nada en los sensores, pero ella está aterrorizada. Y yo... yo estoy empezando a perder la cabeza.

​La reunión de los miembros logró, por unas horas, que el ambiente se sintiera normal. Comieron, bromearon y recordaron viejos tiempos. Sin embargo, cuando llegó el momento de despedirse y los miembros empezaron a caminar hacia sus camionetas, Jimin acompañó a J-Hope y a V hacia el porche trasero para buscar una hielera que habían dejado fuera.

​J-Hope estaba contando una anécdota graciosa cuando se detuvo en seco cerca del muelle.

​—¿Eso es de ustedes, Jimin? —preguntó Hobi, señalando un pequeño sobre de color crema que estaba depositado sobre el banco de madera del muelle, sujeto con una piedra lisa.

​Jimin sintió que el estómago se le revolvía. Se acercó y tomó el sobre. No tenía nombre, solo una pequeña estampa de un corazón rosa en el cierre. Al abrirlo, sus manos empezaron a temblar con una furia contenida que asustó a los presentes.

​Dentro había una fotografía instantánea.

​Era una imagen de la noche anterior. Tomada desde el muelle, a través del cristal del ventanal. En la foto, se veía a Jimin y a Estrella en la cama, en su momento más íntimo, capturados por el flash que habían sentido. Pero lo más aterrador no era la foto en sí, sino lo que estaba escrito al dorso con una caligrafía perfecta y aniñada:

"Se ven tan hermosos cuando no saben que los estoy cuidando. Papá, mamá y el pequeño secreto... No se preocupen, pronto estaremos todos juntos en la casa de verdad."




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