Paraíso —park Jimin.

CAP. 10. "Escudos y guantes de boxeo."

EL AMANECER en Gapyeong no trajo la luz dorada de otros días; el cielo era de un gris plomizo, como si la naturaleza misma compartiera la pesadez en el pecho de Jimin. En la habitación principal, el silencio era interrumpido únicamente por el roce de la seda de la maleta de Jimin al cerrarse.

​Estrella lo observaba desde la cama, sentada con la espalda apoyada en el cabecero. Su vientre, ahora una curva hermosa y evidente bajo su camisón de algodón, parecía ser el único centro de gravedad en una habitación que se sentía a punto de colapsar.

​—Es la última vez —dijo Jimin, acercándose a ella. Se sentó en el borde del colchón, tomando las manos de Estrella entre las suyas. Sus nudillos estaban blancos de tanto apretar las correas de la maleta—. Te juro por mi vida, Estrella, que después de hoy, no habrá más firmas, no habrá más Seúl, no habrá más nada que no sea nosotros tres.

​—Lo sé —susurró ella, intentando que su voz no temblara—. Ve y dales lo que quieren para que nos dejen en paz. Ya no soy la mujer de hace meses, Jimin. Puedo aguantar un día sin sentir que el mundo se acaba.

​Jimin se inclinó, apoyando la frente contra la de ella. Cerró los ojos, inhalando su aroma a vainilla y hogar, intentando memorizarlo para que le sirviera de oxígeno en el aire viciado de la ciudad.

​—Si sientes algo, lo que sea... si una hoja cae de forma extraña, aprietas el botón —instruyó él por centésima vez—. Jungkook estará aquí en cualquier momento. No te dejes engañar por su cara de niño; es más letal que todos los guardias de afuera juntos.

​—Estaré bien, mi vida —Estrella tomó el rostro de Jimin, obligándolo a mirarla—. El bebé está tranquilo. Yo estoy tranquila. No dejes que el miedo gane antes de que salgas por la puerta.

​Jimin asintió, aunque sus ojos reflejaban una batalla interna feroz. Se despidió del vientre de Estrella con un beso largo y pausado, un secreto compartido entre él y su hijo, antes de levantarse con la determinación de un soldado que va al frente para asegurar la paz de su reino.

​Justo cuando Jimin bajaba las escaleras con su maleta, el rugido de un motor potente rompió el silencio del valle. Una camioneta negra, de cristales tintados y aspecto reforzado, se detuvo frente al porche.

​Jungkook bajó del vehículo. No vestía como un ídolo; llevaba unos pantalones de carga negros, una camiseta técnica que dejaba ver los tatuajes de su brazo y una expresión de absoluta seriedad. Sin embargo, en cuanto vio a Jimin en la puerta, su rostro se suavizó en esa sonrisa de conejo que siempre lograba disipar la tensión.

​—Llegas a tiempo —dijo Jimin, bajando los escalones.

​—No iba a dejar que te fueras con esa cara de susto, Hyung —respondió Jungkook, dándole un abrazo rápido que casi le saca el aire—. Todo está bajo control. La casa es ahora oficialmente una fortaleza nivel Jungkook.

​Jimin lo miró de arriba abajo, notando que el maletero de la camioneta estaba sospechosamente lleno.

—¿Qué traes ahí? ¿Vas a mudarte un año entero?
​—Traigo lo esencial para la supervivencia —anunció Jungkook con un brillo travieso en los ojos.

​Abrió el maletero y, ante la mirada atónita de Jimin y Estrella (que acababa de salir al porche envuelta en su manta), Jungkook empezó a sacar bolsas pesadas. Pero no eran maletas de ropa. Eran un par de guantes de boxeo rojos brillantes, unas vendas y un saco de boxeo profesional de casi ochenta kilos.

​—¿Es en serio, Jungkook? —rio Estrella, apoyándose en la barandilla—. ¿Vienes a cuidarme o a entrenar para el campeonato mundial?

​—Las dos cosas, Noona —respondió el menor, cargando el saco sobre su hombro como si fuera una almohada de plumas—. Jimin-hyung me dijo que tenía que estar "activo". Y como no puedo salir a correr por el bosque para no dejarte sola, decidí que instalaré mi gimnasio en el garaje. Así, si alguna sasaeng intenta saltar la valla, me encontrará con los guantes puestos. Es un método de disuasión muy efectivo, ¿sabes? El "boxeo preventivo".

​Jimin soltó la primera carcajada real de la mañana. Ver a su hermano menor tan dispuesto a convertir su seguridad en una rutina de entrenamiento le quitó un peso enorme de encima.

​—No le rompas las paredes a la casa, por favor —pidió Jimin, dándole un golpe afectuoso en el hombro—. Y asegúrate de que coma. A veces se le olvida cuando está pintando.

​—Desayuno proteico para todos, ¡entendido! —Jungkook hizo un saludo militar cómico.

​El momento de la partida llegó. La camioneta de Jimin estaba encendida, esperando. Jungkook ya estaba subiendo sus cosas, dejando a la pareja un último momento de privacidad.

​—Taehyung llegará a las seis —recordó Jimin, ya con la mano en la puerta del coche—. Se turnarán para que siempre haya uno de ellos despierto en la sala. No importa si es mediodía o medianoche.

​—Ve, Jimin —insistió Estrella, dándole un suave empujón—. Cuanto antes te vayas, antes volverás.
​Jimin subió al coche. Mientras el vehículo se alejaba por el camino de grava, él no dejó de mirar por el retrovisor. Vio la figura de Estrella en el porche, cada vez más pequeña, y a su lado, a Jungkook, quien ya se estaba poniendo las vendas en las manos mientras le decía algo gracioso para hacerla reír.

​Esa imagen le dio la fuerza para girarse y mirar hacia la carretera. Seúl lo esperaba para el último round. Pero en su mente, solo resonaba el golpe rítmico de unos guantes contra un saco, el sonido de la protección que él mismo había tejido alrededor de su familia.
"Solo unas horas más", pensó Jimin, cerrando los puños. "Solo unas horas más y el muro será definitivo".

​Dos horas después de que Jimin se marchara, la cocina de la casa del lago parecía el escenario de una comedia de enredos. Jungkook, con una precisión casi quirúrgica, intentaba marinar un pollo orgánico mientras Taehyung, que acababa de llegar con una maleta llena de bufandas y cámaras, insistía en que el plato necesitaba "color y alma".




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