Paraíso —park Jimin.

CAP. 11. "Una grieta."

EL RESTAURANTE privado en el piso 81 de la torre Lotte World era el epítome de la exclusividad. El cristal del ventanal separaba a Jimin de las luces de la ciudad, pero él se sentía más como una fiera en una jaula de oro que como un invitado de honor. Frente a él, dos de los inversores más importantes de la industria y el director comercial de la agencia brindaban por el "nuevo acuerdo de privacidad".

​—Es un honor tenerte de vuelta, aunque sea a medio gas, Jimin-ssi —dijo el Sr. Choi, un hombre cuya sonrisa nunca llegaba a sus ojos—. Tu valor de marca es... incalculable. Incluso en las sombras.

​Jimin dio un sorbo a su vino tinto, su mirada fija en el hombre.

—Espero que ese valor sirva para que mi familia pueda dormir tranquila. Ese fue el trato.

​—Por supuesto, por supuesto —asintió el director comercial, sudando un poco—. Hemos triplicado la ciberseguridad. No hay nada en los foros habituales, ni un susurro sobre la ubicación.

​Sin embargo, a mitad del segundo plato, el Sr. Choi dejó su cubierto de plata y se reclinó en su silla, sacando un teléfono de última generación.

​—Hablando de sombras... Jimin, esto te interesará como curiosidad —dijo Choi, deslizando el teléfono sobre la mesa—. Hay un foro en la deep web, un lugar oscuro para coleccionistas de alto nivel. Alguien está subiendo fotos de una propiedad en Gapyeong. Dicen que es "el santuario del pequeño ángel".

​El corazón de Jimin se detuvo. El mundo a su alrededor se volvió un zumbido sordo. Tomó el teléfono con dedos que se sentían como hielo. En la pantalla, no había fotos borrosas. Había una galería nítida.

​Una de la camioneta de Jimin entrando al garaje.
​Otra de la ropa del bebé secándose en el porche.
​Y la última... una foto de Estrella de espaldas, pintando frente al ventanal, con el título: "Pronto le quitaremos el pincel para que sostenga su mano verdadera".

​—¿De dónde salió esto? —la voz de Jimin fue un susurro letal que hizo que las copas de la mesa vibraran ligeramente.

​—Apareció hace una hora —dijo Choi, recuperando su teléfono con una expresión de fingida preocupación—. Dicen que la fuente está "dentro del perímetro". Jimin, creo que tu muro tiene una grieta... o quizás el enemigo ya está cenando contigo.

​Jimin se puso de pie tan violentamente que su silla cayó hacia atrás, resonando en el elegante salón como un disparo. No se despidió. No firmó nada más. Salió del restaurante a zancadas, marcando el número de Jungkook mientras corría hacia el ascensor.

​En la casa del lago, el ambiente era sospechosamente tranquilo. Taehyung estaba en la sala con Estrella, mostrándole algunas de sus fotografías antiguas para mantenerla distraída, mientras Jungkook había decidido salir a "revisar los sensores" antes de que la oscuridad total se tragara el bosque.

​Jungkook caminaba por el sendero lateral, cerca del sauce llorón. Llevaba una linterna táctica, pero no la encendió; sus ojos se habían acostumbrado a la penumbra. El frío calaba en sus huesos, pero lo que más le molestaba era el silencio. En Gapyeong siempre había ruidos de grillos o el viento, pero hoy... hoy el bosque parecía estar conteniendo el aliento.

​Se detuvo cerca del muelle. El saco de boxeo que había instalado en el garaje seguía allí, balanceándose levemente. Entonces, lo escuchó.

​Un tarareo.

​Era una melodía dulce, una canción de cuna coreana que su propia madre solía cantarle. Venía de la espesura, justo detrás del cobertizo de herramientas.

​—¿Quién está ahí? —preguntó Jungkook, su voz de barítono cortando el aire con autoridad. Se puso en guardia, sus pies moviéndose instintivamente en la posición de combate que tanto había practicado.

​El tarareo se detuvo. Unos pasos ligeros sobre las hojas secas indicaron que alguien se alejaba, pero no hacia afuera de la propiedad, sino rodeando la casa.

​Jungkook encendió la linterna. El haz de luz barrió los pinos hasta que chocó con algo: una figura pequeña, vestida con un impermeable amarillo chillón, parada justo en el borde del muelle. Tenía el cabello largo y oscuro, y en su mano sostenía una cámara profesional de lente larga.

​—¡Quieta! —rugió Jungkook, corriendo hacia ella.

​La mujer no se asustó. Se giró lentamente. Tenía una sonrisa plácida, casi angelical, que no encajaba con la situación.

​—Hola, Jungkookie —dijo ella con una voz infantil—. Viniste a jugar. Pero no es tu turno. Es el turno de Mamá.

​Antes de que Jungkook pudiera alcanzarla, la mujer saltó del muelle. Jungkook pensó que caería al agua, pero ella aterrizó en una pequeña lancha de motor que estaba oculta bajo las ramas del sauce, una lancha que no pertenecía a la propiedad. El motor rugió a la primera, y la mujer se alejó hacia el centro del lago, desapareciendo en la bruma antes de que Jungkook pudiera reaccionar.

​Pero lo peor no fue su huida. Lo peor fue lo que Jungkook encontró en el poste del muelle donde ella había estado apoyada. Había un pequeño auricular inalámbrico pegado con cinta adhesiva.

​Jungkook lo tomó y se lo puso en el oído.

​—...entonces, cuando Jimin-hyung llegue, le diremos que el bebé es de todos nosotros —era la voz de Estrella, grabada. Pero no era una conversación actual. Era un montaje de audios robados de los micrófonos de la casa, editados para que pareciera una confesión macabra.

​Jungkook regresó a la casa corriendo, entrando por la puerta trasera con el auricular en la mano. Se encontró con Taehyung y Estrella en la cocina; Estrella estaba bebiendo un vaso de leche tibia, ajena al terror que acababa de ocurrir a metros de ella.

​—¡Taehyung! ¡Cierra todas las persianas eléctricas ahora! —ordenó Jungkook, su respiración agitada—. ¡Kang! ¡A la sala, todos los hombres adentro!

​—¿Qué pasa, Kook? —preguntó Estrella, dejando caer el vaso, que se hizo añicos contra el suelo—. Me estás asustando.




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