Paraíso —park Jimin.

CAP. 12. "La última frontera."

​La oscuridad en la casa no era vacía; era densa, cargada con el aroma metálico del miedo. El sonido de la caja de música desde el piso de arriba—una melodía infantil y tintineante—se sentía como una burla macabra en medio del silencio.

​—¡Estrella, no sueltes mi mano! —ordenó Taehyung, cuya voz usualmente aterciopelada ahora era un látigo de mando.

​—¡Jungkook, a la izquierda! —gritó Jimin a través del altavoz del teléfono de Tae, que seguía conectado—. ¡Llévenla al sótano, la puerta de acero reforzado tiene una batería independiente!

​Jungkook, moviéndose con la agilidad de un depredador nocturno, guiaba al grupo usando la visión periférica y el instinto. Estrella caminaba tropezando, con una mano en su vientre y la otra aferrada a la chaqueta de Taehyung. De repente, un dolor agudo, como un rayo que le partiera la pelvis, la hizo caer de rodillas.

​—¡Ahg! —el grito de Estrella desgarró el aire.

​—¿Qué pasa? ¿Te golpeaste? —Taehyung se arrodilló a su lado, buscando su rostro en la negrura.

​—No... es... ¡me duele! —jadeó ella, apretando los dientes—. Jimin... algo anda mal... el bebé...

​En el coche, a kilómetros de distancia, Jimin golpeó el volante con tal fuerza que sus nudillos sangraron. —¡No, no, no! ¡Aguanta, Estrella! ¡Respira por mí! ¡Kook, levántala, llévenla a la sala de pánico YA!

​Lograron llegar a la pesada puerta de acero oculta tras una estantería en el estudio. Jungkook introdujo el código con dedos frenéticos. La puerta se deslizó con un zumbido hidráulico y los tres entraron. Al cerrarse, las luces de emergencia rojas se encendieron, bañando el búnker en un tono sangriento.

​Era una habitación pequeña, equipada con suministros médicos, monitores y un sofá. Pero no estaban a salvo.

​—¡Miren los monitores! —gritó Estrella, señalando las pantallas que mostraban el exterior de la casa.

​En las cámaras, no había una sola sasaeng. Había tres figuras vestidas de blanco, moviéndose con una parsimonia aterradora por el salón que acababan de abandonar. Pero lo que les heló la sangre fue el monitor central: la cámara interna de la sala de pánico donde estaban.

​En la esquina de la pantalla, un mensaje de chat apareció sobrepuesto a su propia imagen en tiempo real:

"¿Creyeron que el código era secreto? El técnico que instaló esto ama mis regalos. Bienvenida a tu nueva guardería, Estrella."

​Un gas blanquecino empezó a salir de los conductos de ventilación.

​—¡Es somnífero! —advirtió Jungkook, cubriéndose la boca con su camiseta—. ¡Tae, la máscara de oxígeno bajo el asiento!

​Pero antes de que pudieran reaccionar, el mecanismo de la puerta emitió un chirrido eléctrico. Se había bloqueado por fuera. Estaban encerrados en su propio refugio mientras el gas llenaba el espacio.

​Estrella se desplomó en el sofá, retorciéndose. El estrés extremo había desencadenado lo que el cuerpo más temía: un parto prematuro. Las contracciones no eran sutiles; eran olas de fuego que le robaban el aliento.

​—¡Jimin! —gritó ella hacia el teléfono que yacía en el suelo—. ¡Está naciendo! ¡No puedo... es demasiado pronto!

​—¡Escúchame, Estrella! —la voz de Jimin sonaba desesperada, con el sonido del viento rugiendo por su ventanilla abierta—. No te rindas. Jungkook, busca el kit médico. Taehyung, manténla despierta. ¡Estoy entrando en el camino de grava! ¡Veo las luces apagadas!

​Jungkook luchaba contra el mareo del gas, intentando abrir el kit médico, pero sus movimientos se volvieron lentos, torpes. Taehyung se desplomó al lado de Estrella, tratando de ponerle la única máscara de oxígeno disponible, pero ella se la quitó para gritar.

​—¡Llévense al bebé! —suplicó ella, con los ojos nublados por el químico y el dolor—. Si entran... no dejen que la vean...

​La puerta de la sala de pánico se abrió lentamente. Pero no fue Jimin quien entró.

​Fue una mujer joven, de aspecto pulcro, con un delantal de enfermera impecable y una jeringuilla en la mano. Detrás de ella, dos hombres Corpulentos sujetaron a un Jungkook casi inconsciente y a un Taehyung que luchaba por levantarse.

​—Shhh —susurró la mujer, acercándose a Estrella y acariciándole el sudor de la frente con una ternura enfermiza—. Mamá está muy cansada. Yo me encargaré de que el ángel nazca en un lugar donde no haya cámaras, ni fans, ni ruido. Solo nosotros.

​—No... la toques... —balbuceó Taehyung antes de que el gas terminara de apagar sus sentidos.

​Cuando Jimin frenó en seco frente al porche, la casa estaba sumida en un silencio sepulcral. Entró con el arma que legalmente se le permitía tener por protección personal, moviéndose como un fantasma.

​—¡ESTRELLA! ¡JUNGKOOK!

​Corrió hacia el estudio. La puerta de la sala de pánico estaba abierta de par en par. El rastro de gas aún flotaba en el aire. En el suelo, encontró el teléfono de Taehyung, destrozado. Jungkook y Taehyung yacían inconscientes, pero vivos.

​El sofá estaba vacío.

​Había una mancha de sangre fresca en la alfombra y, sobre el cojín, una pequeña nota escrita con la misma caligrafía perfecta:

"El hospital es muy peligroso para un bebé tan especial. Nos vemos en el final del arcoíris, Papá. No tardes, o se olvidará de tu voz."

​Jimin cayó de rodillas, soltando un grito que no parecía humano. El hombre que había movido cielo y tierra para construir una fortaleza acababa de descubrir que el enemigo no había saltado el muro; el enemigo había construido el muro para él.




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