Paraíso —park Jimin.

CAP. 14. "Sangre de leona."

EL SÓTANO del orfanato abandonado apestaba a humedad, antiséptico barato y miedo. Estrella sentía que su cuerpo se partía en dos. Las contracciones ya no tenían pausa; eran una marea continua de agonía que le nublaba la vista.

​Hana, con el uniforme de enfermera manchado de sudor, había dejado de fingir dulzura. Sus ojos estaban desorbitados, moviéndose frenéticamente entre el monitor cardíaco que había robado y el instrumental quirúrgico dispuesto en una bandeja metálica junto a la camilla.

​—¡Puja! ¡Puja ahora si no quieres matarlo! —gritó Hana, presionando el vientre de Estrella con una fuerza brutal.

​Estrella gritó, un sonido gutural que rasgó su propia garganta. No pujaba porque Hana se lo ordenara; pujaba porque su hijo estaba luchando por salir de ese infierno.

​—Ya casi... ya casi veo la cabeza —murmuró Hana, su voz temblando con una mezcla de euforia y psicosis—. Es pequeño... perfecto. Jimin estará tan orgulloso de mí.

​Estrella vio cómo Hana tomaba un bisturí de la bandeja. No era para el cordón umbilical. La forma en que Hana miraba el cuello de Estrella mientras sostenía la hoja le confirmó su peor temor: una vez que el bebé estuviera fuera, el "envase" sería desechado.

​—No vas a... tocarlo —jadeó Estrella, reuniendo una fuerza que no sabía que tenía.

​Arriba, en la superficie, el sonido de motores rugiendo rompió la quietud del bosque. La camioneta de Jimin derrapó en la entrada de grava del viejo edificio, seguida de cerca por las de seguridad.

​Jimin saltó del vehículo antes de que se detuviera por completo. Llevaba un chaleco táctico que le quedaba grande y una barra de hierro en la mano. Sus ojos eran dos pozos de oscuridad.

​—¡Taehyung, bloquea la salida trasera! ¡Jungkook, conmigo! —ordenó Jimin. Su voz no era la de un cantante; era la de un comandante en guerra.

​Patearon la puerta principal podrida. El eco de los pasos apresurados y las órdenes gritadas resonó en el edificio vacío, bajando por las escaleras hacia el sótano como una promesa de retribución.

​En el sótano, el tiempo se detuvo. Con un último esfuerzo sobrehumano, Estrella sintió la liberación de la presión. Y entonces, el sonido más hermoso y frágil del mundo llenó la habitación: el llanto débil y agudo de un bebé prematuro.

​Hana soltó una risa histérica, casi devota.

—¡Lo logré! ¡Es mío!

​Hana envolvió rápidamente al bebé, que estaba azulado y pequeño, en una manta estéril. Luego, con el bebé en un brazo, se giró hacia Estrella. La locura en sus ojos ya no tenía filtro. Levantó el bisturí.

​—Gracias por el servicio, "mamá" —dijo Hana con desprecio—. Ahora puedes descansar para siempre. Jimin no necesita ver lo rota que quedaste.

​Estrella vio el brillo del metal acercándose a su garganta. El sonido de su hijo llorando en brazos de esa lunática encendió algo primitivo en su cerebro. El dolor del parto desapareció, reemplazado por adrenalina pura.

​Su mano derecha, que Hana había desatado momentos antes para que pudiera pujar mejor, se movió con la velocidad de una serpiente.

​Estrella no trató de apartar el bisturí. Agarró la pesada bandeja metálica de instrumental que estaba a su lado. Con un rugido que opacó el llanto del bebé, Estrella estrelló la bandeja con todas sus fuerzas contra el rostro de Hana.

¡CLANG!

​El sonido del metal contra el hueso fue nauseabundo. Hana gritó, soltando el bisturí y tambaleándose hacia atrás, con la nariz rota y sangre brotando de su frente. A pesar del golpe, su brazo protector alrededor del bebé no se aflojó; la locura era más fuerte que el dolor.

​—¡Maldita perra! —chilló Hana, escupiendo sangre, preparándose para atacar de nuevo con las manos desnudas.

​Estrella intentó incorporarse, pero estaba demasiado débil, sangrando profusamente. Solo pudo levantar una mano temblorosa en defensa.

​Fue entonces cuando la puerta de madera del sótano explotó hacia adentro.

​Jimin entró como una tormenta. La escena que encontró le heló la sangre: Estrella en la camilla, cubierta de sangre, con el brazo levantado en defensa; Hana en el suelo, con la cara destrozada, sujetando un bulto que lloraba.

​—¡JIMIN! —gritó Hana al verlo, con una sonrisa grotesca a través de la sangre—. ¡Llegaste! ¡Mira, nuestro bebé! ¡Ella intentó matarnos, pero yo lo salvé!

​Jimin no dudó ni un microsegundo. No hubo palabras, no hubo negociación. Se abalanzó sobre Hana, apartándola del bebé con un empujón que la envió contra la pared opuesta. Hana quedó inconsciente al instante.

​Jungkook entró detrás de él, asegurando el perímetro con el arma en alto.

​Jimin recogió el pequeño bulto del suelo con manos temblorosas. El bebé era diminuto, demasiado pequeño, pero estaba vivo. Luego, miró a la camilla.

​Estrella estaba pálida, sus ojos luchaban por mantenerse abiertos. Cuando vio a Jimin con su hijo en brazos, dejó escapar un suspiro que sonó como una despedida.

​—Lo... defendí, Jimin —susurró ella, antes de que su cabeza cayera hacia un lado y la oscuridad final la reclamara.

​—¿Estrella? ¡Estrella! —Jimin corrió hacia ella con el bebé en un brazo, sacudiéndola suavemente—. ¡Kook! ¡Trae a los médicos! ¡Ahora! ¡No respira bien!

​El silencio del sótano volvió, roto solo por el llanto del bebé y los gritos desesperados de Jimin pidiéndole a la mujer que amaba que no se atreviera a dejarlo solo ahora que tenían todo.




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