EL HOSPITAL Universitario de Seúl estaba bajo un bloqueo total. La planta de cuidados intensivos neonatales y la de obstetricia de alto riesgo parecían una zona militarizada. Pero dentro, en la sala de espera privada, el silencio era tan pesado que se sentía en los pulmones.
Jimin estaba sentado en una silla de plástico, con la cabeza gacha y las manos entrelazadas. Seguía llevando la misma ropa del rescate: la camisa blanca ahora estaba seca, manchada con el rastro castaño de la sangre de Estrella. Se negaba a lavarse. Se negaba a moverse.
Sentía que, si se alejaba un solo metro de esas puertas, el hilo que mantenía a Estrella en este mundo se rompería.
La puerta de la sala se abrió suavemente. No eran los médicos. Eran ellos.
Jin entró primero, llevando una bolsa con comida que nadie iba a tocar. Detrás de él, Namjoon, Yoongi y Hoseok se movían con una reverencia casi fúnebre. Jungkook y Taehyung, que ya estaban allí desde que terminó la declaración policial, se levantaron para recibirlos.
—Jimin-ah —susurró Jin, acercándose y poniendo una mano en su hombro.
Jimin no levantó la cabeza.
—No pude protegerla, Jin-hyung. Estaba en la habitación de pánico... y no pude protegerla.
—Estaba dentro del sistema, Jimin. Nadie podría haberlo previsto —dijo Namjoon con voz firme pero cargada de tristeza—. El mánager ya se encargó de la denuncia formal. Hana no volverá a ver la luz del sol en una institución normal; irá a un pabellón psiquiátrico de máxima seguridad.
—No me importa Hana —rugió Jimin, levantando por fin la vista. Sus ojos estaban rojos, inyectados en sangre, vacíos de la chispa que lo hacía brillar—. Me importa que mi hijo está en una caja de cristal luchando por respirar porque nació en un sótano sucio. Me importa que Estrella perdió tanta sangre que los médicos no me aseguran que despierte sin secuelas.
Jimin se levantó de golpe, la silla chirriando contra el suelo.
—¡Todo esto es por mi culpa! Por mi nombre, por mi cara, por este maldito mundo en el que vivimos. ¡Ella casi muere defendiendo a un bebé que no debería haber nacido así!
En ese momento, una mujer pequeña pero de presencia fuerte entró en la sala. Era la madre de Jimin. Al ver a su hijo desmoronándose, no dijo palabras de consuelo vacías. Simplemente caminó hacia él y lo envolvió en un abrazo que olía a su infancia en Busan.
Jimin, el ídolo mundial, el hombre que acababa de asaltar un edificio para salvar a su familia, se rompió. Se hundió en el hombro de su madre y sollozó con un sonido desgarrador que hizo que incluso Yoongi tuviera que desviar la mirada para ocultar sus lágrimas.
—Ella es fuerte, Jimin-ah —murmuró su madre, acariciando su cabello—. La mujer que defendió a su hijo con sus propias manos no se va a rendir ahora. Tienes que estar listo para cuando ella abra los ojos. Tienes que ser su roca, no sus escombros.
Unas horas más tarde, un médico de la unidad neonatal salió a buscarlos. Jimin se separó de su madre al instante.
—El bebé está estable —dijo el doctor, permitiéndose una pequeña sonrisa—. Es pequeño, apenas pesa dos kilos, pero sus pulmones están respondiendo bien al tratamiento. Es un luchador, como su madre. Pueden pasar a verlo, solo un minuto. Solo el padre.
Jimin caminó hacia la unidad neonatal como si caminara hacia un altar. A través del cristal de la incubadora, vio a su hijo. Era una criatura minúscula, rodeada de cables y sensores, pero tenía la nariz de Estrella y el ceño fruncido que Jimin ponía cuando se concentraba.
—Hola, pequeño —susurró Jimin, pegando la frente al cristal—. Perdóname. Perdóname por el lugar donde llegaste. Pero te juro... te juro que el resto de tu vida será luz. Papá está aquí. Y mamá... mamá vendrá pronto.
Jimin regresó a la habitación de Estrella. Ella seguía conectada a un monitor cardíaco, con el rostro pálido pero sereno. El mánager de Jimin estaba fuera, gestionando las llamadas incesantes de la prensa que ya olía que algo grande había pasado.
Jimin se sentó al lado de la cama de Estrella y tomó su mano. Estaba fría, pero el pulso era constante.
—Ya atrapamos a todos, amor —le dijo al oído—. Hana, el técnico, todos. Ya no hay muros, solo nosotros. El bebé te está esperando. Es hermoso... es tan hermoso como tú.
El primer sonido que Estrella escuchó no fue el llanto de un bebé, ni el ruido del hospital. Fue un latido. Un ritmo constante, cálido y familiar. Tardó unos segundos en darse cuenta de que era el corazón de Jimin, cuya mano apretaba la suya como si su propia vida dependiera de ese contacto.
Abrió los ojos lentamente. La luz blanca del techo la cegó por un instante, pero pronto el rostro de Jimin se enfocó frente a ella. Estaba despeinado, con ojeras profundas y la piel pálida, pero nunca lo había visto tan hermoso.
—¿Jimin? —su voz salió como un susurro roto.
Él se enderezó de golpe, sus ojos llenándose de lágrimas instantáneas al verla consciente.
—Estrella... Oh, Dios, mi vida. Estás aquí. Estás de vuelta.
Ella intentó moverse, pero un dolor agudo en el abdomen la ancló a la cama. Entonces, el recuerdo la golpeó como un rayo: el sótano, el frío, el bisturí de Hana y el peso de la bandeja metálica en sus manos.
—El bebé... —jadeó ella, el pánico empezando a asomar—. Jimin, se lo llevó... Hana lo tenía...
—Shhh, tranquila. Mira a tu izquierda, amor —dijo Jimin, su voz temblando de emoción.
Junto a la cama, una pequeña cuna térmica de cristal resguardaba un bulto envuelto en mantas blancas. Una enfermera se acercó y, con una sonrisa cómplice, levantó al pequeño con sumo cuidado y se lo entregó a Estrella.
En cuanto el peso de su hijo toca su pecho, algo dentro de Estrella se reparó. La oscuridad de la depresión que la había perseguido durante meses se evaporó. Al mirar esa carita minúscula, Estrella comprendió que no era una víctima. Era una superviviente. Era la mujer que había vencido a un monstruo para proteger su milagro.