LA SALA DE JUNTAS de HYBE nunca se había sentido tan fría. Frente a Jimin, el CEO y los abogados de la agencia revisaban los informes de daños. El caos mediático tras el asalto a la casa del lago era incontrolable.
—Jimin, los medios están inventando teorías sobre un secuestro, un ajuste de cuentas... —dijo el CEO con cansancio—. Necesitamos emitir un comunicado negando la relación y diciendo que fuiste a rescatar a una "conocida" por una cuestión de seguridad civil.
Jimin se levantó lentamente. No gritó, pero su voz cortó el aire como un cuchillo de hielo.
—No voy a mentir más. No es una conocida. Es la madre de mi hijo y mi futura esposa. Si ustedes no redactan el comunicado diciendo la verdad, lo haré yo desde mi cuenta personal en cinco minutos. Y créanme, no les gustará cómo queda su gestión en mi versión de los hechos.
El silencio fue absoluto. Por primera vez, el "dulce Jimin" se había transformado en el patriarca de los Park.
Esa noche, a las 10:00 PM, todas las redes sociales de BTS y la agencia se congelaron. Se publicó una imagen simple: una fotografía en blanco y negro de las manos de Jimin y Estrella entrelazadas, con una pequeña manita de bebé descansando sobre ellas.
Debajo, el texto escrito de puño y letra por Jimin (traducido a diez idiomas):
"Durante años, mi vida ha pertenecido al escenario y a ustedes, ARMY. Pero en la oscuridad, hubo alguien que sostuvo mi corazón para que yo pudiera seguir brillando. Ella ha pasado por el fuego por mí. Ella ha luchado batallas que nadie debería luchar sola. Hoy, presento al mundo a mi familia. No pido permiso, pido respeto. Estrella es mi prometida, y Park Ji-won es nuestro hijo. He decidido tomarme un tiempo indefinido para ser el hombre que ellos merecen, porque antes que artista, soy padre y esposo. Gracias a quienes caminan conmigo en la luz."
El internet explotó. Los servidores de Weverse se cayeron en segundos. En las calles de Seúl, las pantallas gigantes que usualmente mostraban anuncios de perfumes ahora mostraban la carta de Jimin.
Había odio, sí. Algunas fans quemaron fotos, otras lloraron de traición. Pero ocurrió algo inesperado: una marea de apoyo de millones de personas que admiraron su valentía. El hashtag #RespectParkFamily fue tendencia mundial durante tres días.
Dentro del hospital, Jimin apagó su teléfono. No le importaban las acciones de la bolsa ni los contratos de patrocinio.
Los chicos entraron en la habitación de Estrella. Traían globos, comida de contrabando y una energía que iluminó el cuarto.
—¡Lo hiciste, enano! —gritó Yoongi, dándole un golpe afectuoso en la espalda a Jimin—. Esa carta fue lo más punk que he leído en mi vida.
—Hyung, casi me da un infarto cuando vi el post —dijo Jungkook, cargando a Ji-won con una facilidad asombrosa—. Pero ahora, nadie puede tocarlos. Somos una fortaleza de siete, más tres.
Taehyung se acercó a Estrella y le entregó un pequeño peluche de un tigre.
—Para el pequeño guerrero. Y para ti... gracias por hacer que Jimin por fin madure.
Rieron, y por primera vez en meses, el ambiente no era de miedo, sino de una victoria ganada con sangre y alma.
Cuando los chicos se fueron y Ji-won se quedó dormido en su pequeña cuna, Jimin se arrodilló formalmente al lado de la cama de Estrella. No había cámaras, no había fans, solo ellos dos.
Sacó una cajita de terciopelo azul. Dentro, un diamante de corte esmeralda que brillaba como una estrella solitaria.
—Sé que ya aceptaste en el pasillo del hospital —susurró él, tomando su mano—, pero quiero hacerlo bien. Estrella, me salvaste de la soledad de la cima. Me diste un hijo que es mi vida entera. ¿Quieres ser mi esposa, legalmente, ante Dios y ante los hombres, y dejar que te haga la mujer más feliz de este mundo?
Estrella lo miró, las lágrimas rodando libres.
—Sí, Jimin. Mil veces sí.
Después de que el brillo del diamante se asentara en el dedo de Estrella, el silencio de la habitación de hospital cambió. Ya no era un silencio de espera o de miedo, sino uno denso, aterciopelado, que los envolvía como una manta pesada.
Jimin no se alejó. Se sentó con cuidado en el borde de la cama, evitando lastimar las heridas de Estrella, y simplemente se quedó ahí, observándola bajo la tenue luz azulada de los monitores. Extendió su mano y, con la punta de los dedos, comenzó a delinear el contorno de su rostro, como si estuviera memorizando cada milímetro de ella por si el mundo intentaba arrebatársela de nuevo.
—¿En qué piensas? —susurró Estrella, cerrando los ojos ante su tacto.
—En que todavía puedo oler el miedo en mi piel —respondió él con una voz tan baja que era casi un aliento—. Pero cuando te toco... cuando siento tu pulso bajo mis dedos, ese ruido se apaga. Eres mi ancla, Estrella. Siempre lo has sido, incluso cuando yo estaba demasiado perdido para verlo.
Él se inclinó hacia adelante, reduciendo el espacio entre ellos hasta que sus frentes se tocaron. Estrella pudo sentir el calor que emanaba de él, ese aroma a cedro y a la colonia suave que siempre lo acompañaba, mezclado ahora con el olor metálico y limpio del hospital. Fue un contacto eléctrico; no hubo necesidad de palabras ni de movimientos bruscos. Solo la presión compartida de sus sienes y el ritmo sincronizado de su respiración.
Jimin bajó la mano hasta su nuca, enredando sus dedos en su cabello, y tiró suavemente de ella hacia él. No fue un beso de fuego, sino un beso de pertenencia. Fue un roce lento de labios que sabía a promesas cumplidas y a alivio puro. Estrella soltó un suspiro trémulo,
entregándose a esa calidez, sintiendo cómo los vellos de sus brazos se erizaban. No era lujuria; era la sensación abrumadora de saber que, después de caminar por el infierno, finalmente habían llegado a casa.
—Hueles a vida —murmuró Jimin contra sus labios, su voz vibrando directamente en el pecho de ella—. Te prometo que nunca más tendrás que luchar sola. Ni siquiera por tu propia mente. Yo seré el guardián de tus sueños de ahora en adelante.