SEIS MESES DESPUÉS.
EL TIEMPO tiene una forma curiosa de lamer las heridas hasta que solo quedan cicatrices blancas y brillantes. Seis meses habían pasado desde que el mundo se detuvo con una carta escrita a mano y una foto en blanco y negro. Seis meses desde que Estrella salió del hospital, no como una víctima, sino como una mujer que había reclamado su derecho a existir.
La recuperación no fue un camino recto. Hubo noches de fisioterapia dolorosa para recuperar la fuerza en sus músculos abdominales tras la traumática cesárea, y mañanas de terapia psicológica donde Estrella aprendió que no tenía que pedir perdón por estar asustada. Pero hoy, mientras el sol de primavera bañaba la nueva residencia Park —una propiedad rodeada de seguridad de grado militar pero diseñada con la calidez de un hogar de campo—, Estrella se sentía, por fin, entera.
Ji-won, con sus seis meses recién cumplidos, ya no era la criatura frágil de la incubadora. Era un bebé robusto, de muslos redondos y risa escandalosa, que ya intentaba sentarse por sí solo y que tenía a todo el equipo de seguridad de HYBE comiendo de su mano.
El domingo de preparativos finales para la boda no fue una reunión tranquila. Fue una invasión.
—¡Si vuelvo a ver una peonía de color rosa palo en lugar de rosa cuarzo, juro que cancelo mi solo en la recepción! —la voz de Jin resonó en el gran salón.
Jin, el "casado veterano" del grupo, se había tomado su papel de coordinador de protocolo con una seriedad aterradora. Su esposa, una mujer de una calma infinita que solía ser la única capaz de bajarle los humos, estaba sentada en la isla de la cocina, compartiendo un té con Estrella mientras observaban el caos.
—Déjalo, Estrella —rio la esposa de Jin—. Cree que si la boda no es perfecta, su reputación de World Wide Handsome se verá afectada por asociación.
—Es el mejor —admitió Estrella, mirando a Jimin, quien intentaba (sin éxito) convencer a Yoongi de que el set de música para la cena no podía ser exclusivamente hip-hop de los 90.
Suga, aunque técnicamente seguía soltero y disfrutando de su soledad creativa, había traído a una "amiga cercana" —una productora musical de perfil bajo y mirada inteligente— que asentía ante sus explicaciones técnicas sobre la acústica del jardín.
—Jimin-ah, el piano tiene que ir aquí —decía Yoongi con su tono monótono pero decidido—. Si lo pones allá, el viento se llevará las frecuencias medias. ¿Quieres que tu boda suene como un video de YouTube de baja calidad? No en mi guardia.
En el jardín, la escena era aún más pintoresca. Jungkook, que llevaba tres años casado y tenía una hija pequeña que corría tras las mariposas, estaba en el suelo, sobre la hierba, haciendo "vuelos" con Ji-won.
—¡Mira eso, Jimin! ¡Tiene los reflejos de un atleta! —exclamó Jungkook mientras Ji-won intentaba atraparle la nariz con sus manitas regordetas.
La esposa de Jungkook, que perseguía a su propia hija con un sombrero de sol, se detuvo para darle un beso rápido a su marido.
—Kook, no lo canses tanto que luego no querrá dormir la siesta y Estrella nos matará.
—¡Es un entrenamiento de alto rendimiento, cariño! —respondió el maknae de oro, provocando una carcajada general.
Cerca de ellos, Taehyung y su esposa —una fotógrafa de moda con un ojo clínico para la estética— estaban montando un "moodboard" gigante en caballetes. Taehyung, también casado y con ese aire de sofisticación bohemia que el tiempo solo había acentuado, discutía sobre la paleta de colores del atardecer.
—No, no, el filtro tiene que ser velvet —insistía V—. Quiero que cuando Estrella camine por el pasillo, parezca una pintura renacentista que ha cobrado vida.
Su esposa simplemente asentía, retocando los bocetos con un lápiz, acostumbrada a las visiones artísticas y a veces abstractas de su marido. Eran la pareja perfecta: él soñaba y ella hacía que los sueños se vieran bien en cámara.
Mientras tanto, en el despacho de Jimin, los que aún no habían pasado por el altar mantenían una dinámica diferente.
Namjoon, que estaba saliendo con una curadora de arte de un museo nacional, estaba hundido en una montaña de listas de invitados y protocolos de seguridad.
—Jimin, la logística para los padres de Estrella ya está lista. Tendrán un equipo de escolta desde el aeropuerto hasta el hotel. Nadie sabrá en qué coche viajan.
La pareja de Namjoon, una mujer elegante y de voz pausada, lo ayudaba a organizar los asientos.
—Joonie, deja de sonar como si estuvieras planeando una cumbre del G20. Es una boda, no una invasión.
—Es la boda de Jimin —corrigió Namjoon con una sonrisa hoyuelos—. Para el mundo, es la noticia del siglo. Para nosotros, es proteger lo más sagrado que tenemos.
J-Hope, rebosante de energía y con su "amiga especial" (una bailarina principal de la ópera de Seúl), se encargaba de la parte más divertida: la coreografía del primer baile.
—¡Uno, dos, giro y abrazo! —Hobi marcaba los pasos en medio del despacho—. Jimin, tienes que guiarla con seguridad. Estrella todavía está recuperando la fuerza en el core, así que nada de cargadas pesadas. Movimientos fluidos, como el agua. ¡Energía, esperanza!
Al caer la tarde, las parejas se dispersaron por la propiedad. El ambiente se volvió más íntimo. Estrella subió a la habitación para acostar a Ji-won, y Jimin la siguió poco después.
Se detuvo en el umbral de la puerta, observando la escena. Estrella mecía la cuna con un movimiento rítmico, cantando en voz baja una melodía que Jimin reconoció como una de sus propias baladas inéditas.
Seis meses atrás, ella no podía caminar sin ayuda. Seis meses atrás, él no podía dormir sin despertarse gritando por el miedo a perderlos.