Paraíso —park Jimin.

CAP. 18. "El voto del paraíso."

EL SOL de la tarde en Seúl tenía un tono dorado profundo, justo como Taehyung lo había planeado. El jardín de la residencia Park olía a una mezcla embriagadora de brisa fresca y las miles de peonías "rosa cuarzo" que Jin había supervisado personalmente. No había prensa, no había drones; solo un círculo íntimo protegido por un muro de lealtad y seguridad.

​En el altar, Jimin esperaba. Llevaba un traje de seda negra hecho a medida que resaltaba su figura atlética y su porte de hombre decidido. Sus manos, que antes temblaban de ansiedad, ahora estaban quietas, entrelazadas al frente.

​A su derecha, los seis hombres que habían sido su columna vertebral durante una década lucían impecables. Jin, Jungkook y Taehyung intercambiaban miradas cómplices con sus esposas, que ocupaban la primera fila. Namjoon, Suga y J-Hope permanecían de pie con una solemnidad que solo se rompía cuando sus respectivas parejas les dedicaban una sonrisa de aliento desde sus asientos.

​La música cambió. No fue una marcha nupcial tradicional, sino una pieza de piano compuesta por Yoongi, una melodía que empezaba con notas melancólicas y terminaba en un crescendo de esperanza.

​El murmullo de los invitados se convirtió en un suspiro colectivo cuando apareció el primer protagonista. Jungkook, con una sonrisa radiante, caminaba por el pasillo de pétalos empujando un pequeño carro de madera blanca tallada a mano.

​Dentro, sentado con la espalda muy recta y luciendo un mini-esmoquin que le quedaba adorablemente ajustado, iba Ji-won. El bebé de seis meses miraba a la multitud con ojos curiosos y grandes, agitando un pequeño sonajero de plata que hacía juego con los gemelos de su padre. Al llegar al altar, Jungkook se detuvo frente a Jimin y le guiñó un ojo.

​—Misión cumplida, hermano —susurró el maknae antes de tomar a Ji-won en brazos y sentarse junto a su esposa.

​Y entonces, el mundo se detuvo para Park Jimin.
Estrella apareció al final del pasillo. Ya no era la mujer pálida que Jimin había rescatado del sótano, ni la paciente frágil de la habitación de hospital. Caminaba con una gracia recuperada, con la cabeza alta y una luz en la mirada que opacaba al mismísimo sol. Su vestido, una obra de arte de seda fluida, parecía flotar a su alrededor con cada paso.

​Jimin sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Recordó cada noche de insomnio, cada cicatriz y cada lágrima. Todo había valido la pena por este segundo.
​Cuando ella llegó al altar, Jimin tomó su mano. Estaba cálida, firme. Ya no había rastro de temblor.

​—Estás aquí —susurró él, casi para sí mismo.

—Siempre estuve aquí, Jimin —respondió ella con una sonrisa que le devolvió el alma al cuerpo.

​El oficiante comenzó la ceremonia, pero para Jimin y Estrella, el resto del mundo se había desvanecido. Cuando llegó el momento de los votos, Jimin sacó un pequeño papel, pero lo guardó de inmediato. No necesitaba leer lo que su corazón gritaba.

​—Estrella —comenzó él, su voz resonando con una profundidad que hizo que incluso Namjoon bajara la mirada para ocultar su emoción—. Durante mucho tiempo, mi vida fue una actuación constante, una búsqueda de perfección para millones de personas. Pero cuando te encontré, descubrí que el verdadero escenario es este. Te prometí un paraíso y te entregué un campo de batalla. Te pedí paciencia y el mundo nos dio caos. Pero hoy, frente a nuestra familia, prometo no volver a construir muros para escondernos, sino puentes para que camines siempre libre. Eres mi esposa, mi hogar y el motivo por el cual Park Jimin finalmente es un hombre completo.

​Estrella respiró hondo, sintiendo el anillo de compromiso frío contra su piel antes de que Jimin lo reemplazara por la alianza definitiva.

​—Jimin —dijo ella, con una voz clara que sorprendió a todos por su fortaleza—. Durante meses, pensé que el amor era algo que debía ser protegido del mundo. Pero contigo aprendí que el amor es el arma con la que enfrentamos al mundo. Me rescataste de la oscuridad, pero me enseñaste a encender mi propia luz. Prometo ser tu puerto seguro cuando el ruido de la fama sea demasiado fuerte, y la madre que le cuente a Ji-won cada día que su padre es un héroe, no por cantar para multitudes, sino por nunca soltarme la mano en el abismo.

​—Los declaro, marido y mujer. Jimin, puedes besar a tu esposa.

​El beso no fue para las cámaras. Fue un sello de propiedad, de alivio y de triunfo. Los pétalos de flores llovieron sobre ellos mientras los siete miembros de BTS y sus parejas estallaban en aplausos.

​La recepción fue un torbellino de alegría. Hoseok arrastró a todos a la pista de baile, incluyendo a las esposas y parejas, logrando una dinámica donde los "tíos" competían por ver quién hacía reír más a Ji-won mientras Estrella y Jimin compartían su primer baile bajo la luz de las velas.

​En un momento de la noche, Jimin se inclinó hacia el oído de Estrella mientras la música de la orquesta envolvía el jardín.

​—¿Lo sientes? —preguntó él.

—¿El qué?

—El silencio. Ya no hay nadie persiguiéndonos, amor. Ya no hay sombras.

​Estrella miró hacia la mesa donde Namjoon discutía de arte con su pareja, donde Jin reía a carcajadas con su esposa y donde Ji-won dormía plácidamente en brazos de Jungkook. Volvió a mirar a su esposo, el hombre decidido y protector que el mundo finalmente conocía.

​—No es silencio, Jimin —dijo ella, apoyando la cabeza en su pecho—. Es el sonido del paraíso.

La villa sobre el agua estaba sumergida en una penumbra cálida, iluminada solo por el reflejo de la luna en el océano que se filtraba por los grandes ventanales. El sonido de las olas rompiendo suavemente bajo la estructura era el único metrónomo de una noche que ambos habían anhelado durante vidas enteras.




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