Paraíso —park Jimin.

CAP. 19. "La voz detrás del brillo."

EL ESTADIO Olímpico de Seúl era un hervidero de luces. Cincuenta mil bombillas de luz blanca y púrpura ondeaban al ritmo de la música, creando un océano artificial que intimidaba incluso al más experimentado. Era el primer concierto de la gira de regreso de BTS, y la atmósfera estaba cargada de una electricidad diferente. Ya no había secretos.

​En el backstage, Estrella apretaba sus manos, sintiendo el sudor frío. Llevaba un vestido sencillo, elegante, de un azul profundo que la hacía destacar entre las sombras. A su lado, Jimin, con su traje de escenario brillante y el micrófono de diadema listo, la tomó de los hombros.

​—No tienes que hacer esto si no quieres —le susurró él, buscando sus ojos-. Puedo salir yo solo y decirles que no te sentías bien. Nadie te juzgará.

​Estrella respiró hondo, mirando a través de la cortina el mar de gente que, durante meses, había llenado sus redes sociales con preguntas, dudas y, en algunos casos, palabras hirientes.

​—Tengo que hacerlo, Jimin. Por Ji-won, por ti... y por mí. Necesito que dejen de ver una sombra y empiecen a ver a una mujer.

​Jimin le dio un beso rápido y lleno de orgullo en la frente.

—Estaré justo ahí, en el lateral. Si me necesitas, solo mírame.

​La música se detuvo. Las luces del escenario se apagaron, dejando solo un foco cenital en el centro de la pasarela. Namjoon tomó el micrófono y, con esa voz que calmaba multitudes, habló:

​–Hoy es una noche de celebración. Pero también es una noche de verdad. Queremos presentarles a alguien que es parte de nuestra familia, no solo de la de Jimin. Por favor, escúchenla con el corazón.

​Estrella caminó hacia el centro del escenario. El ruido fue ensordecedor al principio —una mezcla de vítores, gritos de sorpresa y algunos abucheos aislados que se perdían en la inmensidad—. Pero a medida que ella llegaba al micrófono, el silencio se fue extendiendo como una mancha de aceite. Cincuenta mil personas contuvieron el aliento.


​Estrella se aclaró la garganta. Su voz, proyectada por los altavoces gigantes, sonó sorprendentemente firme.

​—Hola, ARMY —dijo ella, y el estadio vibró levemente—. Sé lo que están pensando. Muchos de ustedes ven en mí a la persona que "se llevó" a su ídolo. Otros ven una historia de drama que parece sacada de una pantalla. Pero hoy no vengo como un personaje de una noticia. Vengo como Estrella.

​Hizo una pausa, mirando hacia el lateral donde Jimin la observaba con el puño apretado sobre su corazón.

​—Durante años, ustedes han amado a Park Jimin por su luz. Y lo entiendo, porque yo también me enamoré de esa luz. Pero amar a un artista es fácil; lo difícil es amar al hombre cuando las luces se apagan y las sombras aparecen. Jimin no es solo un cantante para mí. Es el hombre que me sostuvo cuando yo no tenía fuerzas para ponerme de pie. Es el padre que lloró de alivio cuando escuchó el primer llanto de nuestro hijo en una habitación de hospital.

​Un murmullo recorrió el estadio. Estrella continuó, su voz cargada de una emoción cruda.

​—Muchos me han juzgado por "romper la ilusión". Pero quiero pedirles una reflexión: ¿Qué tipo de amor es aquel que exige que la persona amada viva en soledad para mantener una fantasía? Jimin les ha dado su juventud, su esfuerzo y su arte. ¿No merece él también el refugio de un hogar? ¿No merece que su hijo crezca orgulloso de su padre sin tener que esconderse como si fuera un error?

​Estrella caminó un par de pasos más hacia el frente, acercándose al borde del escenario.

​—Pasé por un infierno para estar aquí hoy. Sufrí el acoso de quienes decían amarlo a él mientras intentaban destruirme a mí. Estuve a punto de perder mi vida y la de mi bebé. Y en esos momentos oscuros, me di cuenta de algo: el odio no nace del amor, nace del miedo. Miedo a que sus ídolos sean humanos. Miedo a que ellos crezcan y cambien. Pero el cambio es vida.

​—Jimin sigue siendo de ustedes —continuó Estrella, con lágrimas brillando en sus ojos—. Sus canciones, su baile, su entrega en este escenario... eso es de ARMY. Pero su corazón, sus miedos y su paz... eso me pertenece a mí. Y les prometo que lo cuidaré mejor de lo que me cuido a mí misma. Solo les pido una cosa: dejen de vernos como enemigos. Somos el soporte que lo mantiene en pie para que él pueda seguir brillando para ustedes.

​Estrella bajó el micrófono. El silencio en el estadio era absoluto, casi doloroso. Por un segundo, ella pensó que había fallado. Que el muro era demasiado alto.

​Entonces, desde la zona VIP, una fan levantó un cartel que decía: "Jimin's happiness is our happiness" (La felicidad de Jimin es nuestra felicidad). Y luego otra. Y otra.

​Un aplauso comenzó en el fondo del estadio, creciendo como una marea, hasta que se convirtió en un rugido de aceptación. No era un grito histérico de fanatismo; era un aplauso de respeto.

​Jimin salió al escenario, sin poder contener las lágrimas. Caminó hacia ella frente a todo el mundo, la rodeó con sus brazos y la besó. No fue el beso de una película; fue el beso de un hombre agradecido, de un esposo orgulloso.

​Esa noche, después del concierto, mientras regresaban a casa en el coche oficial, el silencio era diferente. Ji-won dormía en su silla de seguridad, ajeno a que su madre acababa de cambiar la historia del K-pop.
​Jimin tomó la mano de Estrella y la entrelazó con la suya.

​—Lo hiciste, mi vida. Les hablaste como nadie nunca se atrevió a hacerlo.

​Estrella miró por la ventana las luces de Seúl perdiéndose en la distancia.

​—Ya no tengo miedo, Jimin. Ya no hay nada que esconder.

​—Nunca más —prometió él—. De ahora en adelante, solo somos nosotros. En nuestro propio paraíso, con las puertas abiertas y el corazón en paz.

​Estrella cerró los ojos, apoyando la cabeza en el hombro del hombre que era su mundo. Habían sobrevivido al fuego, a la envidia y al silencio. Y ahora, por fin, podían simplemente vivir.




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