20 AÑOS DESPUÉS.
EL JARDÍN de la familia Park seguía siendo el mismo refugio de paz, aunque los árboles ahora eran mucho más altos y las peonías de Jin habían sido reemplazadas por un diseño paisajista más moderno. Park Jimin, con unas elegantes líneas de expresión marcando las comisuras de sus ojos y ese aire de madurez que solo el tiempo otorga, observaba la escena desde el porche con una taza de té en la mano.
A su lado, Estrella, que conservaba esa luz clara en la mirada, le apretó suavemente el brazo.
—Están muy callados allá atrás, ¿no crees? —susurró ella con una sonrisa traviesa.
Jimin suspiró, una mezcla de resignación y ternura. —Es el silencio que precede a la tormenta, mi vida. O al menos, al drama.
Al fondo del jardín, cerca del estanque donde Jimin solía llevar a su hijo a ver los peces, dos figuras jóvenes conversaban en voz baja.
Park Ji-won, a sus veinte años, era la viva imagen de su padre: la misma mandíbula decidida, el mismo carisma magnético, pero con la serenidad que había heredado de su madre. Y frente a él, Jeon Miso, la hija de Jungkook. Miso era un torbellino de energía, con los ojos grandes y brillantes de su padre y una risa que, según Jimin, "podría despertar a un estadio entero".
Ji-won estaba visiblemente nervioso, pasándose una mano por el cabello, un gesto que le había copiado inconscientemente a Jimin.
—Miso, lo digo en serio —decía Ji-won, su voz grave vibrando con sinceridad—. He intentado que no me importara. He intentado verte solo como la hija de mi tío Kook, como mi compañera de juegos... pero ya no puedo.
Miso inclinó la cabeza, su cabello oscuro cayendo sobre sus hombros.
—¿Y qué vas a hacer al respecto, Ji-won? Sabes que mi papá es capaz de ponernos seguridad de grado militar si se entera de que me miras así.
—Que lo haga —respondió Ji-won, dando un paso adelante con una valentía que recordaba al Jimin del rescate—. Porque no pienso soltarte.
Desde el porche, la puerta se abrió de golpe. Jungkook entró como un huracán, luciendo una chaqueta de cuero y esa energía inagotable que los años no habían logrado apagar.
—¡Jimin-ah! ¿Has visto a Miso? —preguntó Jungkook, escaneando el jardín con ojos de águila—. Dijo que venía a devolverle un libro a Ji-won, pero ya pasaron veinte minutos. Ese chico Park tiene una mirada muy parecida a la tuya cuando querías conquistar al mundo, y no me fío ni un pelo.
Jimin soltó una carcajada limpia, dejando su té en la mesa.
—Kook, relájate. Ji-won es un caballero —dijo Jimin, aunque por dentro disfrutaba ver a su amigo sufrir lo mismo que él sintió hace décadas—. Además, ¿no fuiste tú el que siempre dijo que querías que nuestras familias estuvieran unidas para siempre?
—¡Unidas de ir a cenar, Jimin! ¡No de que mi "bebé" se enamore del hijo del hombre que me enseñó todos los trucos de seducción en los 2000! —rezongó Jungkook, cruzándose de brazos mientras observaba a lo lejos cómo Ji-won le tomaba la mano a Miso bajo la sombra de un sauce.
Estrella se acercó a Jungkook y le puso una mano en el hombro, divertida.
—Es la ironía de la vida, Kook. Tú protegiste a Jimin cuando él rescató a su familia... ahora te toca a ti confiar en que criamos a un buen hombre.
Jungkook suspiró, viendo cómo su hija reía ante algo que Ji-won le decía al oído. La escena era un espejo perfecto de lo que Jimin y Estrella habían vivido: un amor joven, intenso y rodeado de una familia que, a pesar de las bromas, daría la vida por ellos.
—Si le rompe el corazón, lo pondré a hacer flexiones hasta que cumpla los cuarenta —gruñó Jungkook, aunque su mirada se suavizó.
Jimin rodeó la cintura de Estrella con su brazo y miró al cielo. El paraíso no era un destino final, era eso: el ciclo de la vida repitiéndose, el amor naciendo en los mismos rincones donde ellos habían luchado por su libertad, y la seguridad de saber que, pase lo que pase, los Park y los Jeon siempre estarían ahí para cuidarse.
—Bienvenido a la familia, "consuegro" —se burló Jimin.
—Cállate, Jimin-ah. Dame una cerveza —respondió Jungkook, rindiéndose finalmente ante la evidencia de que el amor, una vez más, había ganado la partida.
FIN (Ahora sí, de verdad).