Había pasado tiempo desde que se paseaba los pasillos de los hermanos comunes. Pasó desapercibido manteniéndose en la periferia del grupo, donde sabia que los hermanos cercanos no asistían, eran lugares más oscuros y alejados del gran salón, lugares menos glamorosos para que un hermano cercano merodeara. Él lo sabía, por eso se escondía en esos lugares. Conseguía alimento en la periferia de los hermanos, sin acercarse a quienes pudieran reconocerlo. El resto del tiempo lo dedicaba a leer las anotaciones de Primero, a estudiar y reflexionar lo que sus palabras le indicaban. Así de a poco fue sintiéndose con fe creciente en el conteo. Fue haciendo amistad con mas hermanos en la periferia. Gente rezagada por diferentes motivos. Por ser alejados, castigados, por tener algún problema o simplemente por ser poco queridos entre los hermanos más comunes, obligándolos a vivir en lugares periféricos para poder sentirse más libres, aunque solitarios. Algunos murmuraban solos, con ellos mismos, o vaya uno a saber con qué o quién, pasaban todo el tiempo solos. Fue con uno de ellos, que desarrolló una particular amistad. A Milo le gustaba escuchar lo que Giovanni leía de las anotaciones de Primero.
- Primero era distinto. Te escucho y lo recuerdo a él – Le decía mientras miraba a los lados como siempre, era difícil que se mantuviese quieto o concentrado en una sola cosa por mucho tiempo.
- Es que son sus palabras, no las mías.
- Si, pero si lo dice otro, no es lo mismo.
Poco a poco Giovanni fue leyendo a mas rezagados las palabras de Primero. Estos lo escuchaban atentos. también oían como en la experiencia de quien les hablaba, Segundo no era digno de ser Contador, no estaba cumpliendo con las guías y mandatos de Primero. Fue en una de estas reuniones entre rezagados que se escuchó la frase que comenzó a cambiar todo. Alguien le dijo "Gracias Contador". En cualquier otro momento esta frase habría pasado desapercibida, todos habrían entendido que era una simple frase de un alma dubitativa y poco conectada con la realidad. Pero en ese lugar, la realidad era otra, y muchas eran las mentes irreales presentes. Al oír esto, Milo se dirigió ante Giovanni, abriendo grande los ojos y asintiendo.
- Vos sos el Contador. El verdadero Contador.
En ese momento, los rezagados presentes comenzaron a llamarle a coro "Contador, Contador". Cada vez mas fervientemente iban levantando la voz y haciendo un solo coro entre lo oscuro y frio del sector. Ya nadie recuerda como exactamente comenzaron los disturbios. En tan eufórico momento entre los rezagados, comenzaron a desparramarse entre los pasillos, algunos mas se sumaron al coro, y otros comenzaron a romper cosas. A los saltos, parecían animales, algunos inclusos colgados de objetos, otros lanzándolos por ahí. Los disturbios llegaron al salón principal, donde los hermanos cercanos ya se habían acercado puesto que era difícil no escuchar el alboroto. De los hermanos intermedios, solo algunos se sumaron a los disturbios, los mas cercanos a los rezagados, a pesar de no entender bien que sucedía. Los hermanos intermedios hasta los más cercanos solo atinaron a esconderse, temían sufrir algún daño, eran muy temerosos como para sumarse a la locura colectiva. Al llegar al gran salón, los hermanos cercanos corrieron hacia su pasillo privado, el mismo que hace un tiempo había sido el hogar de Giovanni, ahora era el refugio de los Hermanos Cercanos que solo atinaron a amontonarse en la entrada.
Los rezagados pasaron todo y a todos por arriba, golpeando y rompiendo a su paso. Sin entender palabra ni nada que los pudiera hacer razonar, no se había visto un evento así antes en ese lugar.
Llegaron hasta la habitación final, la de Contador Segundo. Lograron forzarla luego de muchos golpes y forcejeos. El interior de la habitación y sus ocupantes corrieron con la misma suerte que el resto de las habitaciones. Alguien había dado un golpe fuerte en la cabeza de Segundo, y los Cercanos dentro también, habían sido golpeados hasta que no se movían más. El Cuerpo del Contador desmallado fue llevado entre varios de los rezagados a hombros hasta el salón principal, entre gritos y mas coros de "Contador, Contador". Allí fue tirado al suelo a la mitad del lugar, frente a la tarima que los hermanos cercanos usaban para hablar a los hermanos. Fue allí donde Milo subió, y a los gritos apuntó hacia Segundo que comenzaba a recuperarse del golpe.
- ¡Tú no eres Contador! ¡Tú no eres Contador!
Segundo solo podía reincorporarse un poco para ver como desde el suelo, rodeado de gente que le gritaba, lo pinchaban con objetos, golpeaban cerca de él.
- ¡Que hacen! ¡Que creen que están haciendo!
- ¡Tú no eres Contador!
Milo saltó desde la tarima, fue corriendo entre los hermanos a los gritos y tomó del brazo a Giovanni que se encontraba en una puerta opuesta apenas viendo atónito todo el disturbio, lo llevó consigo a través del salón y se subieron a la tarima.
- ¡Él es el Contador! – Gritó Milo levantando el brazo de su compañero.
Los gritos fueron cesando, mientras los rezagados iban colocando sus miradas sobre el joven en la tarima. Éste los iba mirando uno a uno con los ojos bien abiertos, hasta que su mirada se posó sobre el hombre tendido en el suelo, a la vez que este levanta la cabeza y cruza la mirada con la suya.
- ¿Qué te crees que estás haciendo?
En ese momento, los ojos del joven ardieron en ira mientras con su mano levantaba el cuaderno, busca brevemente en una pagina marcada y dice a toda voz.
- ¡El hermano que solo escucha su voz, no es digno de contar tiempo!
Levantó su mano hacia Segundo y dijo con voz estruendosa y su rostro desfigurado en ira.
- ¡Tú, no eres digno!
Los presentes alrededor se unieron en un grito a coro. Repitiendo las palabras de Giovanni, comenzaron a golpear a Segundo en medio de la ronda, incluso después de ya no dar señales de vida. Fue así como el joven se convirtió en el nuevo Contador, elegido por los rezagados de los hermanos, los que más sufrían el aislamiento grupal, los que no encajaban, los que unidos acabaron por dar vuelta la pirámide social que hasta entonces regia. Pero a Giovanni no lo impulsaba la comodidad, lujos, ni los placeres en los que Segundo había caído. Él solo se sentía atrapado, convencido, poseído por las palabras de Primero que claramente estaban opuestas al accionar de su sucesor, y que él ahora como nuevo Contador, elegido por los rezagados, iba a respetar y hacer que los demás también lo hicieran.