Pasajeros en extinción

3.1 - Error estadístico

En una nave como esta, donde la misión comenzó con una generación, pero son sus descendientes quienes la culminarán, es necesario garantizar la formación de parejas y la procreación. Podríamos decir que las parejas no son del todo libres, son necesarias. Si uno mira las relaciones a bordo, se puede adivinar el final antes del comienzo. Genealogía, misión, coeficiente. Todo encaja. Las combinaciones son casi inevitables y predecibles. Lo extraño no es quien se junta. Lo extraño es cuando algo falla en la ecuación. Porque el romance, si somos sinceros, rara vez es un acto de libertad, es un error estadístico.

¿Quién puede querer a quién? Las relaciones de pareja no era una cuestión romántica, sino infraestructura emocional de los pasajeros y tripulantes. Se fue construyendo un mandato genético con dos grupos diferenciados. En el sector delantero de la nave, se encontraban los tripulantes. Distintas clases de profesionales, principalmente ingenieros y científicos, aunque también con disciplinas necesarias, como médicos y psicólogos. Y los del sector de atrás, que eran considerados más bien pasajeros, sin mayor influencia durante el viaje, cuyo rol estaba más orientado a la diversificación cultural, con disciplinas mas orientadas a lo artístico y menos técnico.

Los de adelante, como eran llamados, sabían que, para asegurar el éxito de su misión, debían de transferir sus conocimientos a sus hijos, para que estos el día de mañana pudieran reemplazarlos en su rol en la nave. Estaba demostrado que los descendientes directos tienen mayor facilidad y predisposición en aprender las disciplinas de sus padres, cuando estos son quienes las enseñan. Sumando que inculcar el sentimiento de deber y responsabilidad con la misión, y el rol que se esperaba de ellos, facilitaría el éxito del aprendizaje. Por lo tanto, para asegurar la mayor chance de traer a la nave a hijos con mayor inteligencia y aptitudes, tanto científicas y técnicas, los tripulantes debían emparejarse con tripulantes, y los pasajeros con otros pasajeros.

De igual forma, la tolerancia al error es una variable que siempre debe ser considerada. Y los cálculos resultantes, sobredimensionarlos, para disminuir la influencia del error. Fue de esta manera que se eligieron las parejas tripulantes y los pasajeros a bordo, todo en base de entrevistas, estudios, cálculos y proyecciones de cómo podría convivir un grupo de personas diversificados, pero con la misma misión de fondo.

A pesar de tantos avances científicos, la forma de reproducción natural sigue siendo superior, por genética y sociología. Apego, identidad, estabilidad y desarrollo emocional, siempre resultaron más eficientes a través de los métodos naturales y primitivos de la especie. En cada experimento de la historia, solo reforzó este hecho que los científicos nunca lograron cuantificar, y que están relacionados con los sentimientos y las dinámicas de vincularse con otros seres de la especie.

Sin embargo, en la sociedad que se formó en la nave, se buscó racionalizar tanto como fuera posible. Era una misión de mucho tiempo y muchas vidas involucradas como para permitir que la emocionalidad humana la hiciera peligrar de alguna forma. Por un lado, se debía asegurar las relaciones interpersonales fluidas, pero por otro, orientarlas – por no decir controlarlas – para que no desvíen el objetivo de la misión.

Es curioso, como los sentimientos negativos pueden nombrarse fácilmente: culpa, celos, inseguridad, dependencia. El amor, sin embargo, es un sentimiento de una ambigüedad tan grande, que es difícil de describirlo sin el uso de los sentimientos negativos nombrados.

En el sector delantero, el amor es parte de la misión, una obligación social. En el sector de atrás, dicen elegir con más libertad, pero es relativo. En el análisis, eligen de maneras similares, con el mismo fin de transmitir sus conocimientos, sean más o menos útiles desde el punto de vista práctico, es su misión, y buscaran que su conocimiento no se pierda en las generaciones futuras. La diferencia estaba en la responsabilidad del sector delantero, donde equivocarse, puede costarles más a las generaciones venideras.

Se denominaba tripulante de primera generación a quienes hubieran nacido en la nave, siendo hijos directos de los tripulantes originales o generación cero. Eso era Lyra, tripulante de primera generación. Posiblemente la de mayor intelecto de su grupo, algo indiscutible para los demás tripulantes. Ya de niña, se anticipaba que iba a emparejarse con Iván, otro tripulante de primera generación, de prácticamente su misma edad, y con mucha capacidad intelectual igual que ella. Aunque era que ella quien siempre lograba sacar ventaja.

Parecían destinados a emparejarse y tener descendencia. Sus padres eran tripulantes de generación cero en roles muy importantes dentro de la nave, por lo que las expectativas puestas en ambos eran altas. Eran, en cierta manera, el experimento que todos deseaban ver realizado: la descendencia de dos intelectos así de grandes que pudieran asegurar la continuidad y cumplimiento de la misión. Era algo necesario, asegurar la descendencia, y que estos fuesen capaces de hacer frente a los roles fundamentales. Sin embargo, no todo es seguro ni cuantificable. Incluso los sistemas más precisos fallan, y el margen de error, por pequeño que fuera, terminó abriéndoles un destino que nadie había anticipado.




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