Había pasado mucho tiempo, obviamente no sabía cuánto, el tiempo no se podía contar desde la falla del reactor y los daños ocasionados en el sistema. No tenía idea cuanto pasó desde la última vez que la vio, que la tocó, que ambos fueron reales en el mismo momento y lugar. Hizo un cálculo estimado, solo podía contar cuantas veces tuvo sueño, cuantas veces se acostó a dormir, sin embargo, no era una medida de tiempo fiable. Las acciones ya no eran medidas por tiempo, sino por necesidad. Quien sentía sueño, dormía; quien tenía hambre, comía. Quien necesitaba hacer algo, simplemente lo hacía. Sin embargo, él tenía un deseo, pero no era posible satisfacerlo, no era correcto hacerlo. No podía solo ir arriba a verla, por más deseos que tuviera, sabía que no era bien visto hacerlo, los dejaría muy expuestos.
Solo podía continuar con su rutina, sus tareas de control y mantenimiento, asegurar que lo que aún funcionaba en la nave lo siga haciendo, lo mejor posible. Esa era su tarea, ese era su rol en la misión, no sabría que hacer de su vida si no hiciera eso. Sin embargo, muchas veces hasta la rutina misma se cansa de sí misma, y sin aviso ni señal previa, la hace aparecer en la sala del reactor por sorpresa. Y ahí es cuando menos se puede actuar sin estar preparado.
- ¡Lyra! – Exclamó sin poder contener la sorpresa.
- Hola Anton. – Respondió más calmada, sabiendo que en algún momento podría cruzarlo allí. – Ya termino y me voy.
- Por mí no hay problema. – Respondió acercándose unos pasos.
- Solo vine a tomar unas lecturas – Dijo retrocediendo un paso como estando frente a una situación de peligro -, ya me voy.
- Podes quedarte si quieres.
- No puedo, ya sabes. – Respondió mientras manteniendo la cabeza gacha y moviendo lentamente de lado, como rodeando el peligro latente delante de ella. – Solo vine porque ya sabes, arriba no tengo estas lecturas.
- Entiendo eso, pero… no entiendo, ¿por qué te alejas?
- Me tengo que ir.
Solo eso podía hacer, verla alejarse, verla desaparecer detrás de la puerta mientras esta se cerraba. Aun así, verla era mejor que no hacerlo, era mejor que imaginarla. Nunca la recordaba con perfección, con sus rasgos exactos, no tenía memoria fotográfica para retenerla tal como la veía. Por eso mismo, cada vez que la veía, era una forma de verla por primera vez. - Si solo pudiera verla más seguido, sin que se diera cuenta, solo estar flotando a su alrededor, con eso me conformaría.
Volvía al reactor, sabía que podría haber derivado esta tarea, pero quería verlo, y bajar ella misma a hacer esas mediciones era su única escusa. Ni ella misma estaba segura de por qué quería hacerlo ella misma, pero si quería, en cualquier momento podía delegar la tarea y ya no bajar con esa escusa. Pero hoy de esta manera, le servía. La última vez que bajó lo tuvo allí en frente, pero solo pudo escapar. No podía desear quedarse, no era correcto, y sentía la contradicción de querer hacerlo. Su temor no era ya por lo que podría hacer él, temía más por lo que podría hacer ella si no lograba contenerse. Por eso huía, más que de él, de sí misma.
Esperaba que pasaran un par de veces en que fuese a la sala de tableros nuevamente, y no cruzarlo. Ya había ido varias veces y recién la última habían coincidido. Esta vez esperaba no verlo, pero si derivaba la tarea difícilmente podría recuperarla.
Caminó normal por los pasillos, mirando alerta en los cruces y rincones, no había señales de él. Se aliviaba de no encontrarlo, y al siguiente instante se desencantaba por no hacerlo, huir de alguien termina convirtiéndolo en omnipresente, en cada rincón está, pero no está. Lo imaginó tantas veces que cuando lo vio, creyó que se trataba de una ilusión. Entró a la sala de tableros y no notó que se encontraba de costado a la puerta.
- Te estuve esperando. – Le dijo levantándose del suelo donde estaba sentado. – Hablemos.
- Conoces las reglas Anton, no puedo. – Respondió de espaldas a él mientras tomaba los datos que necesitaba.
- Ya sé eso. Pero vos ¿Qué es lo que quieres?
- Hacer mi trabajo e irme. – Se fue levantando lentamente y girando para dirigirse a la puerta, pero él le obstruía el paso. – Anton, no me lo hagas más difícil por favor, tenemos una misión diferente, ambos.
- Ya no sé cuál es la misión, ya no me interesa ninguna misión, ya ni sabemos a dónde vamos, si llegaremos, casi perdí mi vida por la misión.
- Lo sé, fuiste muy valiente.
- ¿Y si la misión ya está perdida?
- Eso no es verdad.
- No lo puede asegurar, ni vos ni nadie. ¿Por qué seguir una regla ridícula si no logramos llegar? – Dijo con voz suave mientras tomaba su mano libre. - ¿Y si ya no hay misión Lyra, si ya no la hay?
- Me tengo que ir. – Soltó su mano para rodearlo y salir dejándolo dentro de la sala, si más nada que pudiera hacer.
Había pasado tiempo desde ese último encuentro, varias veces en que cerró los ojos pensando en todo lo que pasó. Hubo un momento que ya ni recuerda en que se levantó de su escritorio y comenzó a andar por los pasillos con rumbo fijo. Casi que podía verse desde arriba, como si la escena la estuviese pensando ella sentada delante de sus pantallas, desde donde siempre observaba y controlaba todo. Pero ya no tenía control. Paso a paso cada latido golpeaba con más fuerza, cada latido la hacía temblar como los golpes del reactor aquella vez. Cada temblor la hacía ponerse más en alerta. Se sentía en peligro, pero nadie la seguía, nada temblaba, nada se estaba cayendo alrededor de ella, pero adentro sí.
Siguió caminando, casi obligándose, si no lo hacía ahora quizás ya no lo haría. Bajó escaleras, anduvo los pasillos, casi ni notó como la luz se atenuaba en el sector bajo. Caminó hasta llegar a la puerta, estirando cada suspiro, cada paso más lento y corto, cada latido parecía que le iba a arrancar el pecho. Ese era el punto sin retorno, hasta ese momento podía dar la vuelta y regresar. Lo pensó unos segundos, - ¿Qué hago? Me duele el pecho. Esto no está bien. Ya no puedo volver. – Dio un paso y levantó su mano completamente temblorosa, llamó con tres golpes tan dudosos que uno de ellos no se oyó. Le nació retroceder mientras esperaba, los momentos más largos de su vida, los latidos más fuertes de los que tuviera memoria, los pensamientos más nublados que nunca tuvo. Finalmente, la puerta se abrió, lo vio ralentizado centímetro a centímetro. Del otro lado, la cara de sorpresa y confusión de Anton. Se quedó unos instantes viéndola, estática y sin reacción, a pesar de que dentro de ella sucedía de todo menos quietud.