Pasajeros en extinción

4.1 - Daño colateral

Al llegar por primera vez al sector de atrás, Lugus se sintió horrorizado. Hasta ese entonces apenas si había lidiado con los pasajeros del sector de atrás. Eran gente formada, pero en disciplinas poco relevantes en ese punto del viaje. Sabía que el viaje debía tener ese equilibrio. Diferentes pasajeros con diversas disciplinas, debían mantener sus conocimientos vivos para cumplir con su misión, transmitirlos de generación en generación, como era en alguna era antigua de la especie. Sabía que se le había encomendado a la mayoría de los pasajeros esta misión, sin embargo, no lo entendía. Por su formación, creía entender las motivaciones de los demás, sabía entender que, naturalmente nadie quería sentirse menos, por lo cual defenderían su disciplina con uñas y dientes, buscarían defender sus conocimientos y transmitirlos a las siguientes generaciones, de lo contrario estas se perderían en el transcurso del viaje y no lograrían concretar su misión, sobrevivir al olvido. Así lo entendía él. Sin embargo, no respetaba todas las disciplinas por igual. Entendía que había algunas más importantes que otras. Él venia de una rama curiosa de todas las disciplinas a bordo, la psicología y sociología, era tan ambiguo, pero tan aplicable a todos, porque todos eran sujeto de observación, toda la especie, todos a bordo. En alguna parte de si mismo, sentía que entendía todo, sin necesidad de entender las complejidades que los demás pasajeros, principalmente los del sector delantero, entendían.

Al llegar allí, no podía levantar la mirada. Se sentía humillado, desterrado, caído en desgracia. Quizás habría preferido otra clase de castigo, pero muchas veces seguir vivo y vivir la humillación, es el castigo más grande que puede atravesar el ego.

- Con el vacío del espacio, no. Uno simplemente flota, en la nada, siendo olvidado, castigado a la nada absoluta por defender lo que creía. En cambio, seguir vivo y enfrentar la humillación, es una herida que desangra sin matarte. Te ven allí, herido, sangrante, pero no lo suficiente para permitirte ir de una vez y no soportar ese ardor continuo. El ego es lo que mas puede dolerle a alguien.

Pasaba su tiempo en la periferia, en los bordes del gran salón y de cualquier grupo que rondara. Sabía que, siendo un desterrado, solo podría ser menospreciado en el sector de atrás, no sería recibido como alguien superior, todos pisotean al caído. Simplemente podía intentar pasar tan desapercibido como fuese posible. Para mantenerse lo mas intacto posible, para entender la nueva dinámica a la que tendría que adaptarse, y para no ser mas humillado de lo que ya estaba siendo.

Se mantenía en los márgenes, tomaba notas, apoyado en las paredes, se cubría de la vista de los demás, no quería hacer contacto visual con nadie. No quería destacar, no quería exponerse, sabía que allí atrás no se había desarrollado todo como habían previsto, sino que se habían desarrollado situaciones poco pensadas.

Se mantenía en los márgenes, pero observaba. Observaba todo lo que podía, a todo el que podía. Necesitaba descifrar la dinámica del lugar, identificar con quien no convenia enfrentarse, y de ser posible, buscar un rol en el que poder mantenerse a salvo. Todas las comunidades tienen roles, y sabía bien que esta también la tenía, solo la debía analizar y descubrir.

Veo la gente pasar, los veo ir y venir. Creen que sus acciones son aleatorias, que hay algo de especial o de trascendente en lo que hacen, en lo que dicen, en sus motivaciones. Solo porque son ellos, porque tienen solo una vida y no tendrán otra, porque lo que ven es lo único que conocen. No ven más allá, hablan, pero no escuchan. Creen que por ser ellos, sus caprichos deben ser saciados sin otro motivo alguno, sin responsabilidades que cumplir, terminan siendo pasajeros de lujo, por más que lujo les falte. Pero no están más que programados, como esta nave. No hay azar, aquí no hay nada nuevo, no hay más que repeticiones, una y otra vez. Solo cambia el escenario, pero los eventos son siempre los mismos: comer, dormir, comer, dormir, esperar a la transmisión en la pantalla, comer dormir. No hay mucho más. ¿Qué sería de la vida de muchos sin esa transmisión? Para muchos, es el único entretenimiento que tienen, el único momento en que piensan en algo más que no sea sus miserables existencias. En nuestra miserable existencia en la parte trasera de una nave.

Mucho le costaba acostumbrarse a ese lugar, sin comodidades, sin un lugar propio. De a poco se animaba a moverse mas por la periferia, notando que allí quedaban relegados los mas indeseables, solitarios y raros del grupo. Le resultaba curiosa esta actividad, no se había considerado que en un grupo selecto con diversas disciplinas se pudieran desarrollar conductas de esta clase. ¿Cómo es que sucedió? ¿Será parte de algún castigo o de elección? Sabía bien que no todos necesitan ser parte de un grupo mayor para tener sentido.

- Que ingenuos. Que todos los artífices de este viaje no hayan considerado esta posibilidad, es decepcionante como interesante para mi mismo. Deberían humillarlos por sus errores, así como me humillan por los míos, que tampoco sé si son errores precisamente. Los pensadores nunca sufren consecuencias, porque nunca hacen, siempre se mantendrán en sus teorías que flotan en las infinitas posibilidades. Pero a la hora de aplicarlas, nunca son ellos quienes las llevan a cabo. Nunca son ellos los que arriesgan el pescuezo ensuciándose las manos, son solo teóricos que en sus mentes salvan el universo, pero nunca llevan a los hechos nada. No ponen las manos en el fuego ni por sus propias ideas. ¿Qué son sino unos cobardes? Idear como deben vivir o comportarse los demás, teorías que salvaran millones, pero al aplicarlas no salvan a nadie. Ni siquiera la humillación a sus egos son capaces de afrontar, ya que, si algo falla, a alguien externo responsabilizaran. Ellos seguirán siendo teóricos, y yo caí en la trampa, de hacerme responsable de mis teorías. Yo vi ese momento, en el que la teoría me decía que debía parar y ser como esos teóricos, donde nunca nada te puede tocar. Pero quizás por cansancio, por aburrimiento de saber el final, fui más allá, poniendo mi propia existencia en riesgo. El aburrimiento, ya no lo siento, pero la humillación, es un daño colateral.




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