Pasajeros en extinción

5.6 - El regreso

Había regresado de la zona intermedia de cañerías, pero no fue a su camarote, no podía ir con su compañera y su hija allí, se dirigió a su despacho para estar solo. No recuerda si alguien lo vio, si alguien le dijo algo, solo entró y activó la cerradura de la puerta. Tampoco prendió la luz, fue directo hacia su asiento y se dejó caer, viendo a lo oscuro apenas iluminado por unas pantallas que ya no mostraban más nada. Le era imposible sacarse esa imagen de Lyra de la cabeza. Verla allí, escondida, abrazada a ese técnico, congelada. Saber que fue su accionar el que los heló a ambos.

- ¿Qué hacían ahí? ¿Por qué estaban juntos?

Tan cercanos uno del otro, tan cercanos como él solo había podido imaginar estar con ella. La frialdad con la que siempre lo trató, solo era semejante a la que ahora la envolvía y la había apagado.

- ¿Por qué ella? ¿Por qué él? ¿Por qué no yo?

Lyra volvía a ser una herida abierta, una que a pesar del tiempo y de haber seguido adelante, aun le dolía.

- ¿Se veían a escondidas? ¿Por eso desaparecía tanto? ¿Cuánto tiempo pasó sin que yo viera nada? ¿Por qué no me di cuenta?

No había nadie que le respondiera, era él solo en la oscuridad, acumulando más preguntas, repasando su fría imagen una y otra vez. Su cercanía tierna a ese técnico, sus sienes pegadas, sus cuerpos entrelazados. No había respuestas, solo había una verdad, Lyra estaba congelada, y nada la haría regresar. Ni ella ni él la iban a dar las respuestas que tanto buscaba.

Notó un nudo en el medio del pecho que, al darse cuenta, le había reducido la respiración. Tuvo que ser consciente a la hora de tomar aire, sin poder evitar que unas lágrimas se le escapen, sin poderlas definir. ¿Eran de bronca, de tristeza, de traición? Quizás eran de todo eso junto.

Respiró buscando calmarse, no quería pensar más, no quería sentir más. No sentía más nada, no le importaba nada, solo quería abandonarse ahí mismo y desaparecer. Cerró los ojos. Imaginó no volver a abrirlos. Deseaba que el frio lo rodeara ahí mismo a él también, así como a todos los que congeló. Quería que sus latidos se espaciaran hasta detenerse. Todo lo que había hecho salió desastrosamente mal. Sería lo más fácil, dejar de hacer para no volverse a equivocar. Dejar de pensar. Dejar de ser. Dejar de fallar.

Pasó un tiempo hasta que abrió los ojos, no sabía cuánto. Desde la segunda falla del reactor que habían perdido toda forma de medir el tiempo. Uno de los tantos sistemas dañados que no eran prioridad.

- Maldición. Ni para dejarme morir sirvo. ¿Qué voy a hacer ahora?

Se dio cuenta de a poco, que quizás lo que quería no era dejarse morir. Quería paz. Pero el silencio, pensó, no era paz. El silencio solo es ausencia de ruido. Y ya estaba lleno de ausencias, que cuando no lo eran, tampoco le trajeron paz. Se acomodó en su asiento, había estado mucho tiempo en una mala posición. Se levantó de a poco, le dolieron las rodillas, las piernas, la espalda, el pecho, todo le dolía. El estómago también, recordándole que, aunque no lo podían medir, el tiempo pasaba, y necesitaba reponer energías.

Quitó el seguro de la puerta y salió en dirección a la cabina de mando, entró y vio el panorama. Había algunos tripulantes dentro que giraron la vista al darse cuenta de su presencia. Nadie dijo nada, ni los tripulantes ni el Capitán. Estaba claro que no había nada nuevo que decir, nada nuevo que hacer, las pantallas seguían igual que cuando se fue a reactivar los sistemas y la calefacción. Nadie le preguntó dónde había estado. Nadie le pidió explicaciones. La nave seguía funcionando, o lo intentaba, y él era solo una pieza más. Otra pieza dañada, pero en su lugar. Dio media vuelta y se fue.

Caminó directo a su camarote, el que compartía con su familia. Al cruzar la puerta las vio a ambas, tal como las recordaba, tal como debía ser. Finalmente había algo que no había arruinado, al menos hasta ese momento.

- ¡Papi, papi! – Dijo la pequeña, alegre al verlo atravesando la puerta. No importaba la expresión de su rostro, ella no lo notó, solo se dirigió feliz tan rápido como pudo hacia él aferrándose a su pierna. Iván la alzó del suelo y la abrazó besándole la mejilla, mientras la pequeña se aferraba a su cuello. Su compañera también se le acercó, un tanto conmovida, con los ojos cargados. Lo abrazó con fuerzas.

- No tenía noticias tuyas. No sabía que pensar. Me asusté mucho. Esa explosión. Todo oscuro. Temia lo peor. – Soltó finalmente todo el llanto contenido por todo ese tiempo. – Me mantuve fuerte por ella, para no asustarla, pero no podía más. No sabía qué hacer. – Murmuraba entre el llanto que parecía que la iba a ahogar en cualquier momento.

Ahí entendió que ellas no esperaban nada mas de él. No le pedían trucos, no le pedían espera, por primera vez no le pedían hacer nada de nada. Solo con estar ellas eran felices. Entendió en el fondo, que morir no era la peor condena, lo era seguir vivo, sabiendo que había fallado.




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