Pasillo 33

Capítulo 3

El fin de semana se hizo muy largo. Llevo tres días sin salir de aquí, sin hablar con nadie, ni siquiera por texto. Me perturba mucho la idea de volver mañana a clases y tener que pasar por ese pasillo. De solo pensarlo siento acidez en el estómago... Tal vez he comido demasiada basura estos días. Debo ir al baño.

Es extraño cómo el sentimiento de nervios es muy similar al de tener ganas de defecar. Es un cosquilleo muy extraño en la parte de arriba del estómago; incluso muchas veces que me siento ansioso por cualquier cosa sin razón, confundo este sentimiento con el de ir al baño. La soledad se siente igual, es un sentimiento de angustia en el estómago, ese sentimiento de que no podés contar con nadie. Debería sentirme libre, de poder hacer lo que quiere, de comer tanta comida chatarra como quiera sin tener que ver con nadie, pero solo me siento muy vacío.

—Me siento vacío.

¿De dónde viene esta palabra? Se escucha muy extraño. No estoy vacío, tengo órganos, nervios y comida en el estómago; estoy vivo y tengo salud. En efecto, estoy lleno de cosas. Pero sientes algo, una sensación de que algo falta, de que deberías estar haciendo algo. Analizo mi cuerpo y trato de buscar en dónde está ese sentimiento, es un poco más arriba del estómago, abajo del pecho; no es el corazón porque este se encuentra arriba a la izquierda, pero es más en el centro del tórax. Ahí está, es como si tuviera algo atravesado ahí, como si hubiera comido algo sin masticar y ahora está ahí prohibiendo el paso.

Antes se sentía diferente, como si estuviera asustado, como si me iba a morir en cualquier momento. Era un dolor punzante parecido a un golpe, o más bien como uno de esos microinfartos que te dan cuando te levantás de una silla en la que estabas mal sentado.

—Me lo encontré el otro día —dice ella—, pero no pasó nada, solo nos pusimos al día.

—Espero que todo estuviera bien. ¿Terminaron de mala forma?

—La verdad no.

—¿Y por qué pasó?, ¿se portaba medio raro?

—Pues... Lo que pasa es que a mi padre no le caía muy bien, entonces me obligó a terminar con él.

Así se sentía siempre, como si fuera un pedazo de cartón tratando de reemplazar la pieza de rompecabezas que hace falta. Pero ¿a mí qué me falta? Siempre me sentí muy tranquilo estando solo. Me sentía más incómodo con el resto de personas. Por eso me salía afuera a fumar, estaba sentado viendo cómo entre ellos hablan y yo solo no tengo nada que decir. Por eso te dejan, por no decir nada.

—¿No vas a decir nada? —dice ella.

—Ya te lo dije siete veces, necesitaba ayuda para terminar el trabajo.

—¿Y besarse es parte de eso?

¿Qué carajos puedo responder a eso?, ¿mi cara no es suficiente? Ahí está de nuevo ese sentimiento, estás solo otra vez, ella se va enojada y vos te quedás acá, pensando en qué pudiste haber dicho algo. Lo bueno es que esas conversaciones se terminaron. Me gustaría poder hablar con alguien y simplemente conversar de lo rico que es el mango con chile. No sé, puede ser cualquier cosa banal sin importancia, alguna vez se puede decir algo profundo. Otras veces solo necesitás disfrutar el silencio juntos. No extrañaría para nada estas conversaciones, no entiendo cómo hablábamos diario.

Supongo que esta vez sí se molestó mucho, no me mandó ningún mensaje ni nada estos días. Me pregunto si se sentirá mal, aunque un día de estos la escuché hablando por teléfono y quedó con alguien para una pijamada. Supongo que con algunas amigas o algo así. Aunque cuando lo escuché volvió ese sentimiento, tal vez un mal presentimiento, aunque no creo en esas babosadas.

Me alegra que no me haya hablado, me estresaría más en pensar en la conversación que sea que tendríamos en caso de que me hablara, aunque no sé si simplemente trataría de que quedáramos bien una vez más, pero ya lo habría hecho. No quiero que me hable, simplemente me tenía acostumbrado a recibir sus mensajes casi diario, entonces se siente algo vacío no recibirlos. Pero tal vez es mejor sentirse mal por no tenerlos a sentirme peor leyéndolos. ¿De qué putas estás hablando? Llevás como cuarenta minutos en el baño viendo la pared.

Hay una araña, me ve fijamente. Si fuera una araña no estaría pensando en estupideces, simplemente actuaría por el instinto de hambre y supervivencia. Ella no se siente mal por estar sola, y no está sola, me tiene a mí; y yo la tengo a ella. Me acompaña en el baño y me cuida de algunos insectos. Es la mejor amiga que he tenido hasta ahora, aunque me gustaría poder hablar con ella. Podría simplemente abrazarla, si fuera grande, y contarle mi día.

—Me estuve sintiendo muy mal.

—¿Por qué? —dice ella.

—No sé... Solo he estado algo solo.

—No estás solo, aquí estoy con vos.

—Es diferente.

—¿No te gusta estar conmigo?

—No es eso, me refiero cuando no estoy aquí.

—Te puedo acompañar a donde te guste, así ya no te sentís solo.

—Me encantaría mucho.

—Dejame abrazarte, necesitás descansar un poco. Lo has hecho muy bien.

—Quisiera abrazarte así todo el día.

—Si querés después de clase vamos a tu cuarto y estamos así el resto de la tarde. ¿Te gustaría?

No voy a extrañar esas conversaciones, siempre discutiendo por cualquier estupidez. Aunque ya no tengo a nadie con quien hablar, la araña no entiende lo que le digo. Podría buscar algún nuevo amigo, pero no sé cómo podría. Los amigos que tenía, me habían hablado ellos primero. La única vez que traté fue en tercer año, había una chica nueva y supongo que me sentía diferente, algo más seguro. Me acerqué a hablarle y le dije que me gustaba su mochila. Tenía un pin de un personaje que nos gustaba a mí y a mi... Es cierto, tenía un mejor amigo. Podía hablar con él de cualquier cosa, nos gustaba prácticamente lo mismo. No recuerdo por qué no seguimos hablando.

—¿Te gusta? —pregunta ella.

—Sí, me he visto esa serie como cinco veces.

—Oh, entiendo. Mi novio igual, le encanta, por eso me la regaló.




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