Otra vez caminando por estos pasillos. El fin de semana pasó súper rápido y, al mismo tiempo, se siente como si hubieran pasado años. Solo puedo recordar una cosa del viernes y no es algo de lo que me quiera acordar.
Me pregunto si la veré, o si me hablará, o si yo le hablaré. En fin, no es algo que debería hacer y, mucho menos, preocuparme por ello. Es algo que pasó y la vida sigue. Es eso lo que te dicen siempre: dejar ir y seguir con tu vida. Superar. ¿Qué debería superar? No es la muerte de un ser querido o algo así. Incluso se siente más reconfortante, es como si se me hubiera caído el pelo; estaría pelón y posiblemente daría vergüenza, pero es un alivio ya no tener que cuidarlo ni ir semanalmente a la peluquería o algo así.
Me pregunto si me quedaré calvo en algún momento. Mi padre lo era, así que es muy probable que lo herede. Tal vez lo único. Qué gracioso, el único consejo que me dio fue sobre eso.
—Acostumbrate —dice él—, va a llegar un momento en el que no lo vas a poder ocultar, ni con minoxidil, ni gorra, ni nada. Así que tómalo con orgullo.
Tenía mucha autoestima mi viejo, y era bastante sabio. Me hubiera gustado que me enseñara más sobre otras cosas, tal vez cómo reparar un auto o afeitarme, principalmente cómo ligar, eso me habría servido mucho. Él sabía cómo hacerlo muy bien, aunque en vida de casado no es que fuera algo muy bueno. En fin, como siempre he dicho, me alegra no ser alguien mujeriego, eso te trae muchos problemas. Pensándolo así, creo que fue bueno no tenerlo de ejemplo, ya que posiblemente habría terminado igual, o quién sabe.
Lo malo de que te pasen ciertas cosas es que la gente siempre es chismosa. Por ejemplo, creo que estábamos en un lugar apartado cuando discutimos, pero aun así algunos compañeros se dieron cuenta. Apenas llego aquí, sin ni siquiera haber pensado en ello, y lo primero que hacen es preguntarme.
—¿Es cierto que terminaron? —me preguntan.
—No quiero hablar de eso.
—¿Te sentís muy mal? Nos podés contar y así te ayudamos.
No me quieren ayudar, realmente. Quieren saber todo el chisme que hay detrás: las palabras usadas, hechos importantes, hechos no importantes, quién empezó, quién no, si hubo alguien más. Hacen más investigación para esto que para sus tareas de metodología de la investigación. Aunque, ¿quién hace esas tareas?
—¿Es cierto que tus padres se separaron? —pregunta ella.
—¿Quién te contó?
—Mucha gente se dio cuenta. Perdón, no quería molestar con eso.
—No te preocupes, solo… no quiero hablar de eso.
—Entiendo, pero, ¿todo bien?
—Pues sí. Todo normal.
—Está bien, bueno. Si necesitás hablar, me decís.
—¿En serio te importa?
—¿Por qué no lo haría? Sos mi mejor amigo.
—¿Tu mejor amigo? Luego de días sin hablarme.
—Vi que te alejaste, aparte sabés que me sentía muy mal.
—Claro que sí, te sentías mal por alguien a quien no le importabas, y yo…
—Tenés razón, ¿por qué me importaría alguien a quien no le importo?… Adiós.
A veces las cosas escalan muy rápido. Todo empieza con un beso entre dos adultos y luego todo se va a la mierda. Perdés amistades, te sentís mal, actuás raro y luego tratás mal a otras personas que no se lo merecen. Al menos esta vez lo inicié yo, pero parece que siempre sí terminé como él.
Por mucho tiempo me pregunté a dónde se fue. Pensé que le caía bien, al menos, pero no me visitó ni nada de eso. Me pregunto si tendré algún hermano o hermana. Espero que la puedan pasar bien o que estén muy sanos, no lo sé. Si existe, espero que pueda ser una buena persona, con padres presentes, buena educación y amigos cercanos. La mayoría de los amigos que conocés en tu niñez se mantienen el resto de tu vida. Es importante cuidarlos.
La mayoría de los amigos que conocés en tu vida adulta los podés perder en un pestañeo. Es una cuestión de tiempo libre o pereza, o hacés algo que pudo verse raro y ya no te quieren volver a hablar.
—¿Qué comés? —dice ella.
—Compré una hamburguesa, ¿y vos?
—No tenía mucha hambre, solo una galleta.
—Deberías tratar de comer algo, sí.
—Puede ser, la otra semana entro en definición, entonces puede que coma más.
—Y ahora estás en definición, pero de huesos, ¿no?
Nunca he sido bueno para hacer chistes. Pensé que se podría reír, a veces incluso ella hacía chistes así. Supongo que no los sé contar, o solo era gracioso si ella lo decía. Cada que paso y la veo donde nos sentábamos es muy incómodo. Trato de hacer como que no la veo, pero por instantes me centro en sus pupilas y los tres nanosegundos que voltea siento el rechazo. No sé si se acordará de ese comentario cada que me ve. Al menos podría haberme disculpado, no sé, tipo: “Perdón, era un chiste”. Aunque se sobreentienda, la gente siempre quiere que te disculpes.
Volverá a pasar, sí. Supongo que si la encuentro hoy esperará que me acerque a disculparme y volvamos a hablar y seguir de nuevo. Por alguna razón, es lo que espero que pase, porque ha pasado muchas veces. Pero se siente diferente. Tengo tantos nervios porque realmente no sé qué va a pasar.
Cada paso me acerca más a ese pasillo. Camino por las gradas y hay un compañero mirándome raro, preocupado o dudando si me puede preguntar algo. Sabe lo que pasó, seguramente lo vio en algún video que pasaron en algún grupo de amigos. No sé quién es, nunca he hablado con él, pero al momento de preguntar todos pierden la pena.
Doy tres pasos y hay dos chicas afuera del baño hablando, y sí, ahí está esa mirada de tres segundos, esas pupilas que queman como un lanzallamas. Es curioso cómo hay personas que solías conocer y hablar de cualquier cosa y ahora se vuelven desconocidos. Lo contrario también: alguien a quien veías a diario inconscientemente y en dos meses puede convertirse en la persona más importante de tu vida. Como esos chicos, la que lleva una flor en la cabeza y él de lentes redondos. Ellos dos, ¿quiénes son? No lo sé. Es la primera vez que veo sus rostros y, según probabilidades, hay cierto porcentaje de que mañana por la noche esté comiendo en la casa de alguno por su cumpleaños o algo así.