Cada día estoy en mejor forma, me siento con más energía, me siento más tranquilo, supongo. Empecé a hacer ejercicio, nada necesariamente pesado, solo lo suficiente para mantenerme activo y poder correr en una situación en la que me llegaran a asaltar o algo parecido. Leí que hacer ejercicio te ayuda a liberar el estrés y es verdad; antes me sentía muy cansado en las mañanas.
Me causa mucha gracia, pero tampoco quiero proyectarme demasiado con Travis Bickle. Es el ejemplo para hombres solitarios e inseguros que no entendieron la película, pero, aun así, es curioso cómo todos acabamos en este ciclo, en el que alguien o algo te hace sentir tan mal que empiezas a ir al gimnasio o trabajar en algo para demostrarle a alguien, o a ti mismo, que eres una mejor persona. Igual, pensándolo bien, está mejor esto a terminar drogándome en alguna esquina.
—¿Vos qué pensás, Wilson? ¿Alguna vez una arañita te rompió el corazón?
Puedo ver en tus ojos que sí. Me agrada tenerte cerca; estamos rotos, pero juntos nos apoyamos.
—¿Qué te gusta comer?
—Hola —dice él—. ¿Cómo estás?
—Sí, quería preguntarte. Tengo una araña que me encontré, es algo grande y velluda.
—Suena a que puede ser una tarántula, pero normalmente no aparecen por ahí.
—¿Sabés qué comen?
—Le podés dar algunos insectos vivos, aunque normalmente cazan solas. Pero, si la vas a tener, lo mejor sería que le hicieras un hábitat con una pecera.
—Está bien, gracias.
Voy a comprar una pecera luego, o tal vez algún contenedor grande. Lo voy a dejar bastante bonito. No puede ser que vivás en este chiquero, aquí en el baño, sucio y con moho. No puede ser que vivás en este chiquero; de por sí es un cuarto pequeño y, mirá, un calcetín en el suelo, cáscaras de huevo en la mesa. Necesito limpiar este lugar. Wilson merece vivir bien.
Hola, soy la muchacha que te pidió el número. ¿Cómo estás?
Oh, me había olvidado de ella. No pensé que me fuera a escribir, la verdad.
Hola, yo estoy muy bien, gracias. ¿Y vos qué tal?
No sé qué estoy haciendo. Odio conocer personas por primera vez; siempre es muy incómodo preguntar sobre su día, sus gustos. Quisiera que fuera más fácil. Podría verla en persona, posiblemente. Tal vez así podemos conversar más cómodamente.
—Hola —dice ella.
—Hola, todo bien. Te llamaba para preguntarte si te gustaría vernos en persona, para conversar y así.
—Eh… sí, está bien.
—¿Segura? Si no, no hay problema.
—Sí, no hay problema. Solo te confirmo porque debo pedir permiso.
Hace un bonito día en el parque. Me gusta este clima frío con brisa. Hace mucho no venía por aquí.
—¿Me comprás un helado? —dice ella.
—¿Debo comprártelo yo siempre?
La invitaré a un helado. Tal vez eso le caiga bien. ¿Dónde estará? Quedamos hace como media hora, tal vez. Como pensé, ni siquiera le debe interesar mucho, si no fue ella a pedírmelo en persona. Supongo que igual esperaré una media hora más y me voy. Total, es un momento agradable aquí.
Ver tantas personas, con mascotas, compartiendo, me hace pensar en muchas cosas. Me hace pensar en cómo existen tantas vidas además de las nuestras y que hay instantes en donde sentimos que estamos únicamente nosotros, pero en otro lado del mundo hay una persona cagando. No es el mejor ejemplo, pero cuesta aceptar cómo la vida sigue a pesar de que no estemos presentes. Realmente no importamos. Solo me pregunto qué estarán haciendo algunas personas en este instante; algunos famosos o personas que conozco. Me pregunto si la estarán pasando mal o si les irá bien en la vida.
Solo han pasado cinco minutos. Cuando más querés que pase el tiempo, más lento pasa. Cada segundo me pone más ansioso. No veo a nadie alrededor; o sea, no sé qué esperar. Podría ser cualquiera, podría ser ese señor gordo de la mirada rara. Creo que fue una mala idea. Mejor me voy a hacer otras cosas.
—Hola —dice ella—. ¿Me extrañaste?
—¿Perdón?
—Que si me esperaste mucho tiempo.
—Ah, no, recién vine.
—Está bien, mucho gusto.
—Igual… ¿Querés un helado?
—Ah, no, gracias. No como helado.
—Está bien… ¿Y algo más?
—No te preocupés, vengo llena.
—Está bien, nos sentamos aquí entonces.
—Bueno…
Hay personas con las que es muy difícil conversar. A veces conocés a alguien durante mucho tiempo y suponés cómo va a responder, pero un desconocido es completamente impredecible.
—Me gusta tu camiseta —dice ella.
—Ah, gracias. ¿Conocés la banda?
—No soy mucho de escuchar esa música, pero me gusta el diseño.
No sabés qué decir. Solo asentís con la cabeza y sonreís.
—Me gusta venir aquí, es muy tranquilo.