En esta habitación las luces se empiezan a apagar, siento que mi vida va llegando a su final, un bombeo tenue, lento de mi corazón toma un golpe repentino de éxtasis de cero a cien a punto de explotar, esta vez fui derrotado o solo es otra de las batallas de las tantas que durante mi vida eh tenido que librar. Pasado unas horas me despierto triunfador sigo en esta realidad, pero realmente gane o solo fue un empate, porque no siento que mi enemigo este en la lona, ganar una batalla no significa ganar la guerra.
Una guerra fría de más de quince años, a pesar de ello, mi vida está en un buen momento, pero ¿Quién soy? ¿Quién es el protagonista de esta historia? unos cincuenta y cinco kilos aproximadamente de carne y hueso luchando en este mundo, un hombre de sueños y metas, limeño de corazón y escritor por amor.
Sergio así me llaman mis familiares y mis tres amigos más cercanos, mi mente un tanto paranoica me hace desconfiar de medio mundo o quizás mi timidez hace que mis conversaciones sean aburridas, pero no me siento infeliz con pocos amigos más bien soy afortunado por al menos tener uno.
Son en mis épocas de cordura donde me siento amado, querido y libre. Libertad que durante muchos años se me fue arrebatada por un enemigo que ya durante estos años se cómo combatir mas no destruir.
En mi infancia lo conocí por primera vez me ataco, una tarde recuerdo que como muchas de ellas llegaba del colegio me calentaba la comida, prendía el televisor y mirando algún programa yo comía al almuerzo del día. Era una casa pequeña donde yo vivía con mi madre ella trabajaba todo el día porque mi padre apenas nos mandaba unos cuantos soles lo que alcanzaba para comer mas no para pagar el alquiler, los servicios o cualquier otra cosa que necesitáramos.
Su ausencia brillaba más que cualquier zapato bien lustrado y además era más duro que zuela de caucho de llanta de tractor, mi enemigo como buen oportunista espero que estuviera solo en aquella habitación y de repente un escalofrió subió por mi cuerpo, deje a un lado el plato porque ya no sentía el sabor de la comida, solo probaba el sabor del miedo, por mi nariz el aire apenas entraba, mis ojos con aquel programa ya no se entretenían.
En ese momento necesitaba que la voz de mi madre entrara por mi oído, pero no, ella estaba lejos y yo no entendía nada, que es esta sensación porque tengo miedo sin razón, que me está pasando empecé a llorar de la desesperación, abrí la puerta por si algo me pasaba aunque mi madre siempre me decía no le abras la puerta a nadie pero me entro una idea una sensación de que me iba a morir que dije, necesito tomar aire, prefiero estar en la calle mirando las aves que en este espacio tan cerrado, por alguna razón el día de hoy lo siento muy pesado, si aquel enemigo había entrado en mi cabeza como si tuviera la llave de la puerta de su hogar, se instaló y desde entonces mi vida cambio.
Llegada la noche me encontró mi madre con una mirada perdida y totalmente asustado en la puerta.
- ¿Qué paso? ¿Por qué estas triste te han hecho algo en el colegio o de camino a casa? – pregunto mi madre la señora Sonia, preocupada, mientras me servía un poco de agua y se sentaba a mi costado en el viejo sofá.
-Hoy en la tarde me paso algo tan fuerte que no sé ni cómo explicar, solo sé que sentí mucho miedo y ganas de llorar- respondió Sergio, con una voz temblorosa y con la mirada fuera de este mundo.
-Tranquilo ya estoy aquí y te prometo que nada malo pasara- dijo mi madre, preguntando ¿Qué sientes? ¿Qué piensas?
-Tengo una sensación muy escalofriante en el pecho, no lo puedo controlar, tengo muchas ideas malas en mi cabeza que no se quieren ir por más que intento ya no pensar- respondió Sergio, abrazando fuerte a su madre.
A pesar de que estaba entre sus brazos no tenía calma no paraba de llorar y solo vociferaba tengo miedo sentía que algo malo iba a pasar, la tengo a ella y su compañía, pero esta enfermedad te ciega tanto que igual te sientes solo.
-Mejor voy un momento a la farmacia a comprar una botellita de agua sanadora esa que es buena para que te relajes y puedas dormir- dijo Doña Sonia, alistando su monedero y la llave.
-No te vallas, no quiero estar solo- dijo Sergio, con el corazón muy agitado.
-No te preocupes, no me iré, mejor dicho, tu vendrás conmigo- dijo Doña Sonia.
-Es que tampoco quiero salir solo me quiero quedar aquí, tengo miedo- dijo Sergio.
-Necesitas esa medicina para dormir tranquilo, solo vamos y venimos, es por tu bien- dijo Doña Sonia.
-Está bien- dijo Sergio, cuando estoy embriagado de esas sensaciones, de esos sabores tan amargos, solo prefiero quedarme en casa, baja tanto mi ánimo que no me da ganas de salir ni a la esquina.
Fui con mi madre a la botica más cercana, en el camino pude respirar aire puro, pero ni eso me calmaba, veía mucha gente sonriendo, ni eso me daba alegría, solo quería que el tiempo pasara hasta que la medicina me haga efecto, solo quería sentirme como hace un día, sin miedo, sin agonía.
En la botica la mujer que atendía le dio las respectivas indicaciones de cómo y cuánto tomar, era un niño, debía tener cuidado en cuanta dosis me iba a dar, me entrego a mí la botella para que yo la lleve hasta la casa, al ver el líquido que estaba por dentro solo parecía agua normal, del mismo color, pero al destaparlo tenía un olor no solo para tranquilizar, incluso para desmayar.