Pastillas con sabor a libertad

Capítulo II

Los meses pasaban y el tratamiento avanzaba esa sensación que tenia de perder el control ya poco a poco desaparecía, en aquel colegio donde estudie en esa pequeña ciudad en mi Lima natal aprendía no solo a sumar y restar también a socializar hablaba de todos mis intereses como jugar futbol o algún videojuego, no sentía tanto miedo, estrés, ansiedad o algún nuevo episodio de perder el control o llorar sin alguna razón ¿Por qué? Me pregunte, era por pasar el tiempo con amigos, eran solo el efecto de las pastillas, quizás aun no descubría totalmente la enfermedad que tenía.

Posiblemente en muchos de los viajes de ida y venida del colegio a mi casa o a la de alguna tía, donde veía niños, adolescentes vendiendo dulces o cantando alguna canción, seguro yo observando el espejo del bus viendo mi uniforme completo, mi mochila con libros y cuadernos, un plato de comida y un lugar donde dormir generaban en mi tan poca empatía por sentir una leve satisfacción al comparar su vida con la mía.

De niño me cuestionaba muchas cosas que de grande pude responder, sabía lo que padecía mas no lo entendía, su naturaleza ¿Cómo llego a mi vida? ¿Cuál era su objetivo?

Me costaba creer que solo el destino lo había dictado para nosotros, en aquel hospital veía muchos niños, adultos que sufrían entonces la única respuesta que a esa edad les daba a aquellas preguntas fue no era el único que luchaba.

A pesar de aquella primaria donde los apodos no faltaban, el mío era “chato” por cierto, era más bajito que todos, que estando en grado sexto parecía de tercero pero a pesar de esa y más bromas o apodos no me dolía a pesar de que en muchos momentos iba al colegio con el dolor, la ansiedad que me genero este mal la noche anterior, no sentía cariño pero tampoco maldad en sus palabras quizás por ser niños que solo lo hacían para reír mas no para herir porque yo no tenía una autoestima hasta el cielo pero sus chistes o burlas sobre mi estatura o la dislexia, mi riña con la letra “R”, tampoco era un infierno de tortura, sus mensajes, sus comentarios eran como una espada sin filo que golpea pero no te dejan sangrando en el piso.

No crean entre tanto trigo siempre habrá la cizaña que a pesar de su edad tenía una espada larga y bien afilada, sin embargo, no era culpa de él, el herrero era el padre y la maestra del esgrima de la violencia la madre porque todo niño, adolescente que utiliza la boca para herir es porque los padres nunca lo supieron corregir, el hogar es el creador de un ser de amor o de un monstruo de dolor, ahora es un pequeño y su espada solo hiere a otro niño pero él crecerá y con él su pasión por aquel arte de hacer dolor a chicos, grandes e incluso ancianos.

Ya llegaba a la adolescencia y con el tiempo según yo ya me había “curado” o eso era lo que yo pensaba, me empezó a gustar la literatura algunos pequeños poemas chiquitos yo había escrito. Si entre versos y poesías así me distraía, lo descubrí en mi secundaria, lo hacía no para atraer a las señoritas sino porque mi corazón y alma bailaban al escribir, al tocar un lápiz y un papel.

Además después de haber pasado momentos de locura gozaba de momentos de cordura en mi mente había ideas que necesitaban ser plasmadas en un papel, pero mi falta de léxico y experiencia me hacían sentir que mis versos aun necesitaban el peso de los años y las aventuras que todo ser humano experimenta a medida que el tiempo lo presiona hacia una edad ya sea los veintes o treintas ¡no importa! pero en aquella época creía que para que mi voz sea escuchada debía no solo madurar mi garganta sino también mis ideas.

No todo era color de rosa, como aves buscando un nido las ideas aun rondaban por mi cabeza que, si no fuera por la fuerza de voluntad, los pequeños problemas con rápidas soluciones, aves cuervos hambrientos hubieran anidado, comido y reproducido en mi mente.

En aquellas aventuras de mi adolescencia como todo proceso biológico conocí lo que a muchos realmente los lleva a la locura la ilusión, el amor a tenido miles de aspectos a lo largo de la historia amor, pasión, cariño, ternura, encanto yo solo lo llame por ahora ilusión, si porque no creo que un muchacho que todavía descubre la vida pueda descifrar el amor menos entenderlo.

Pero si lo podemos sentir quizás por eso nos lleva a la locura porque lo podemos sentir mas no ver ni entender. A mi edad solo puedo rascar la superficie y unas palabras decir:

Hay que estar embriagados de cordura para no cometer locuras al caer en las garras del amor.

Y fue ahí donde me di cuenta que no aun no estaba embriagado solo había tomado una copa de cordura. Una copa de cordura que había sido llenada no solo por pastillas de libertad sino también por amigos que en mi ahora colegio Parroquial conocí, ubicada en mi humilde ciudad con alumnos buenos y malos como en todo lugar siempre variedad para escoger nunca debe faltar.

Con profesores y tutores los cuales algunos me conocieron poco más a profundidad debido a que ese colegio tenía un área de psicología donde algunos jóvenes iban ya sea por necesidad o por un test de personalidad, en aquellas pequeñas sesiones donde la heroína experta en salud mental me otorgo su confianza, junto a las pastillas que en mi hogar aun guardaba por si en algún momento nuevamente llegara a necesitar un poquito de felicidad.

Felicidad que me servía para sobrellevar mi vida y fortalecer mi autoestima en las aulas de mi escuela que a pesar de ser parroquial la crueldad de los alumnos aún no había sido curada por esa santidad.




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