El día a día era bueno muy simple, con un poco de acción, la razón de llevar conmigo esas pastillas tenían un motivo no era para prevenir era para usarlo en el momento adecuado, porque sí, yo tengo la certeza de que va a llegar, pero como buen enemigo que esta tantos años contigo ya te agarra un poco de cariño y ya desde un par de meses antes de mi examen de admisión ya me iba avisando.
El enemigo sabe que con ventaja o desventaja ya llegara el momento donde seguro estaremos con la guardia baja, en mi academia en pleno salón de clase había reído con mis amigos, había compartido conocimiento con ellos, pero lo que no compartí fue esta ansiedad y miedo.
En la clase de trigonometría mi ojo izquierdo como la luna de un carro en medio de un aguacero se nublo, se empapo, veía todo borroso no era por lagrimas o suciedad era el miedo y la ansiedad, dos compañeros del enemigo que los había enviado para darle temor a mi situación, sin algún familiar o amigo de total confianza que me pueda auxiliar y ninguna pastilla de felicidad, en ese momento no las llevaba me sentía tan bien durante muchos días que decía “no creo que las vuelva a necesitar”.
En mi como en muchas personas se manifiesta de varias formas dependiendo del cuerpo y que tanto lo puedas controlar, sensación de nauseas, dolores de cabeza, hinchazón del estómago, etc. Entonces antes de cada sensación yo me hacia un pequeño análisis.
En mi mente decía (tengo ganas de vomitar, pero no eh comido nada malogrado ni pesado)
Me hacía algunas preguntas en mi cabeza y no encontraba otra repuesta, estaba teniendo un ataque de ansiedad.
Corrí desesperado al baño, me mojé la cara y todo seguía igual, quería irme corriendo a mi hogar, pero aún faltaban muchas horas de clase por escuchar, no pedí ayuda al auxiliar no quería que me tildara de loco ni él ni mis compañeros. Contando las horas para la salida, salí disparado a la avenida quise tomar un carro, pero el temor a que la ansiedad me dé ganas de vomitar, porque los autos de transporte publico muchos de ellos son muy pequeños y estrechos, que al avanzar me da mareos por el poco oxigeno que en esos momentos siento.
En el paradero pensé detenidamente lo que era mejor para mí, preferí sentarme en un parque con una botella de alcohol medicinal, para sentir que el olor llega a mi cerebro y saber que puedo respirar con normalidad, obviamente no era un elixir de agua sanadora que compré en la botica, muchos que hace un tiempo me veían con la botella en mano tenían una mirada de rareza no era de extrañar había hechos comprobados sobre sus efectos, uno de ellos era que daba sueño, pero a mí por los años no me tumbaba ni un litro entero, aun así, tomaba precaución de no tomar mucho en la calle.
Después de una hora fui a mi casa, tomé una pastilla para dormir de las que tenía almacenada y me tiré en mi cama solo en esa habitación, me dormí al rato, luego de un par de horas desperté y mi visión había vuelto a la normalidad.
Fue esa experiencia que me hizo entender, los monstruos nunca habían desaparecido, fue algo nuevo para mi jamás me había dado después de un momento de risas y aprendizaje con amigos y compañeros, los conocía de meses no eran desconocidos.
El más conocido de mis enemigos me decía -Las reglas del juego están establecidas, de la nada si quiero puedo aparecer en tu vida-
Con eso en mi mente y viendo lo madura que ahora es la gente en la universidad, quería contarle a un conocido sobre este detalle mío, no para que me ayuden a solucionarlo sino por si en la universidad me llegara a pasar, tengan el conocimiento de lo que sucede en ese momento conmigo.
En mi centro de estudios tres personas sabían sobre lo que me diagnosticaron de niño Tony y Pilar mi gran amiga, ella desde un inicio curiosamente se volvió eso un pilar en muchas partes de mi vida y también les di pautas de que es lo que debían hacer si en algún momento les pido ayuda. Amigos al fin entendieron muy bien mi situación, pero faltaba alguien más, si Erika, le conté a medias la verdad.
- ¿Estás loco? – pregunto Erika, con dudas en los ojos.
Me quede pensando unos segundos y saque una frase de la manga:
-A mí me han dicho “loco es el que tira piedras en las esquinas”- dijo Sergio, con total seguridad, ellos son los que perdieron la batalla y cayeron en la locura los que jamás o muy poco recibieron ternura.
-En eso si tienes razón perdón si te ofendí- dijo Erika.
-Tranquila no pasa nada, además mi diagnostico dice ataques de pánico y ansiedad- dijo Sergio, con un suspiro de tranquilidad.
No la culpaba a la que quería que fuera mi compañera de vida, ella no podía comprender porque eran términos que jamás había escuchado, tampoco la culparía por su falta de empatía ella no trabajaba en un hospital ni estaba haciendo conmigo una obra social, éramos solo jóvenes enamorados descifrando el amor.
Al confesarle esa tarde, como toda mujer de análisis que se sabe proyectar opto por la duda y no cegar sus ojos por amor, afortunadamente somos seres sociables porque a costa de un amor dudoso una amistad sincera permanecerá.
Meses después camino a la universidad en el carro estaba yo mirando el reloj que marcaba las ocho de la mañana, un tráfico tan desesperante como solo en mi país, la hora ya comenzaba a presionar, carro por carro pasaban el semáforo y sin ninguna claridad en las ideas tome la más errada ponerme a caminar hasta el otro paradero que estaba a muchas cuadras, con el reloj pendiente y mis pies no tan rápidos no veía la meta final, ansiedad, ruido de los carros que mis oídos apenas y podían soportar, impactante dos personas peleando porque su auto rozo el otro y cuando llegue a la meta otra vez de la nada mi visión estaba tapada, esta vez no era solo un ojo eran ambos el síntoma era más potente.