Paternidad Forzada

Capitulo 1

—¡Es que no me lo puedo creer, camila! ¡Ese imbécil tuvo la audacia de decirme que mis informes "carecían de visión corporativa"! —Victoria sostenía el teléfono entre la oreja y el hombro mientras caminaba a zancadas por su sala, dejando marcas invisibles de pura frustración en el suelo—. ¡Visión corporativa! Traducido al cristiano: «Como no me abriste las piernas el viernes en el hotel de la convención, hoy estás despedida». ¡Un maldito acosador, eso es lo que es!

Al otro lado de la línea, la voz de su mejor amiga sonaba llena de indignación, pero también de una fría dosis de realidad.

—Vic, sé que tienes toda la razón para querer quemar la oficina con él adentro, pero piensa con la cabeza fría. Eres la mejor auditora senior que tenía esa firma. Puedes demandarlo, dejarlos en la calle.

—¿Y con qué pago los abogados mientras tanto? —Victoria se desplomó en el sofá, hundiéndose el rostro entre las manos. La rabia inicial empezaba a ceder el paso a esa opresión en el pecho que provoca la incertidumbre—. Camila, tengo el financiamiento del auto último modelo respirándome en el cuello y la hipoteca de este apartamento a medio pagar. No puedo pasarme tres meses viviendo de mis ahorros mientras peleo contra los abogados de una multinacional. Necesito ingresos ya.

Camila soltó una pequeña risa nerviosa, intentando aligerar el ambiente.

—Bueno... siempre puedes tocarle la puerta a tu vecino millonario. Ese tipo maneja media vida nocturna de la ciudad. Seguro que necesita a alguien que le revise las cuentas de sus clubes, o mínimo una administradora para su imperio de excesos.

Victoria rodó los ojos con tanta fuerza que casi le dolió.

—¿Liam Vance? ¿El playboy incorregible del penthouse? Por favor. Antes muerta que acercarme a pedirle un favor a ese idiota egocéntrico. Su única "visión corporativa" consiste en ver cuántas modelos caben en su jacuzzi el mismo fin de semana. No, gracias. Prefiero comer piedras.

Tras unos minutos más de desahogo y promesas de buscar vacantes al día siguiente, Victoria colgó. El silencio de su apartamento se sintió repentinamente denso. Miró el reloj de la pared; habían pasado unos veinte minutos desde que llegó a casa con la caja de sus pertenencias. El estómago le rugió, recordándole que el estrés consumía sus energías.

Decidida a no dejarse vencer por el pánico, fue a la cocina. Cocinar siempre la relajaba. Sacó un filete de salmón, unos espárragos y se dispuso a preparar una cena ligera mientras su mente trabajaba a mil por hora, trazando estrategias financieras y puliendo su currículum mentalmente.

Estaba sirviendo el plato cuando un sonido extraño la obligó a congelarse con las pinzas en la mano.

Un llanto. Pero no cualquier llanto. No era el eco de la música electrónica que Vance solía poner a todo volumen, ni los gritos de sus escandalosos amigos. Era un llanto agudo, desgarrador, lleno de desamparo.

Victoria frunció el ceño, apagando la estufa. Al principio intentó convencerse de que era parte de alguna canción extraña de los remixes de su vecino. Pero el sonido persistió, volviéndose más fuerte, más nítido y desgarrador. Una punzada de preocupación le atravesó el pecho. Eso no era música. Era un bebé de verdad, y sonaba como si estuviera sufriendo.

Dejando la cena a medio servir, Victoria caminó hacia la entrada. Abrió su puerta y se asomó al lujoso pasillo de paredes alfombradas. Miró a la izquierda, luego a la derecha, y entonces su corazón se detuvo por un segundo antes de encenderse en una furia incandescente.

Frente a la puerta del penthouse de Liam, directamente sobre el piso, había una canasta de mimbre adornada con una manta azul. Y dentro, un bebé de unos cinco meses se agitaba con el rostro completamente rojo por el llanto.

—No puede ser... —murmuró Victoria, abriendo los ojos de par en par.

La indignación la cegó por completo. En su mente, la película se armó sola: alguna de las tantas "amigas" de fin de semana de Liam había tenido la irresponsabilidad de dejar al niño ahí tirado, o quizás estaban jugando a una broma de pésimo gusto dentro del apartamento mientras el pobre ángel se desgarraba la garganta afuera.
Olvidándose por completo de la diplomacia, Victoria caminó a grandes zancadas hacia la puerta de Liam. Ignoró el timbre y, levantando la pierna, plantó una patada ensordecedora contra la madera fina, lista para la guerra.

—¡Abre la maldita puerta, Vance! —gritó, golpeando ahora con los puños.

A los pocos segundos, la cerradura electrónica hizo un clic y la pesada puerta se abrió. Liam apareció en el umbral. Tenía una sonrisa perezosa y autosuficiente en los labios, el cabello oscuro perfectamente alborotado y andaba completamente descalzo y sin camisa, exhibiendo un torso esculpido que Victoria se obligó a ignorar de inmediato. Detrás de él, se escuchaba el murmullo de voces y una música chill-out de fondo.

—Vaya, vecina —la repasó Liam con una mirada lenta y coqueta, apoyando el hombro en el marco—. Qué forma tan violenta de pedir una taza de azúcar. ¿Te enteraste de que la fiesta es adentro y te quieres unir? Siempre hay espacio para una mujer hermosa en mi...

—¡Cállate y no seas idiota! —lo cortó ella, señalando con el dedo índice hacia abajo, directo a la canasta. Su voz temblaba de pura rabia—. Haz el favor de decirle a la madre de este bebé que salga a recogerlo ahora mismo. ¿Qué clase de enfermos son ustedes para dejar a un niño de meses llorando en el pasillo como si fuera un paquete de correo?

Liam parpadeó, la sonrisa se le borró del rostro gradualmente. Siguiendo la dirección del dedo de Victoria, bajó la mirada. Sus ojos se abrieron con genuina sorpresa al encontrarse con los ojos llorosos del pequeño, que al ver movimiento pareció calmar un poco su llanto, hipnotizado por las luces del pasillo.

—¿Qué demonios...? —Liam frunció el ceño profundamente, agachándose un poco—. Oye, te juro que nadie ha llegado con un niño a mi apartamento hoy. Mis amigos están adentro bebiendo desde hace una hora.




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