Paternidad Forzada

Capitulo 2

El sonido del portazo final de sus amigos aún vibraba en el aire cuando la realidad golpeó a Liam como un balde de agua helada. Se habían largado. En cuanto la conmoción de la carta dio paso a las incómodas preguntas y a las bromas nerviosas, todos recordaron de repente que tenían compromisos urgentes. Las chicas se marcharon murmurando entre dientes y sus supuestos hermanos de la vida lo palmaron en el hombro con miradas que mezclaban lástima y alivio por no estar en sus zapatos.

Liam se quedó completamente solo en la inmensidad de su sala minimalista. El silencio duró apenas unos segundos.
Desde la mesa de centro, un llanto agudo y estridente volvió a romper el ambiente. El bebé, libre ya del letargo del viaje o del frío del pasillo, comenzó a agitar las piernas y las manos con desesperación. El rostro del pequeño pasó de un tono rosado a un rojo encendido en cuestión de parpadeos.

—Oye, oye... frena un poco —murmuró Liam, dando un paso hacia atrás, levantando las manos como si estuviera frente a un artefacto explosivo—. No llores. Por lo que más quieras, no llores.

El niño, lógicamente, ignoró la petición de su supuesto padre y aumentó los decibelios.
El pánico, frío y punzante, se instaló en el pecho de Liam. Sentía que el aire del penthouse se estaba agotando. Con veintisiete años, Liam Vance sentía que lo tenía todo bajo absoluto control. Había levantado un imperio de clubes nocturnos, manejaba contratos millonarios con marcas de licores y lograba mantener su vida privada blindada, lejos del ojo público y de los paparazis que morían por una foto del codiciado magnate de la vida nocturna. Le gustaba su vida. Amaba la libertad de su penthouse, la facilidad de dirigir sus negocios en pijama desde el sofá y la adrenalina de salir de fiesta como si aún fuera un universitario sin un centavo en el bolsillo, pero con millones en la cuenta bancaria.

La palabra "paternidad" ni siquiera figuraba en su diccionario personal. Hasta esa noche.

—Mamá. Sí, mamá lo resolverá —se dijo a sí mismo, buscando el celular con los dedos torpes y temblorosos.

Marcó el número en marcado rápido, rezando para que contestara al primer tono. Su madre era una mujer práctica, de carácter fuerte, la única capaz de poner orden en su caos. El teléfono sonó una vez. Dos veces. Liam contuvo el aliento, pero en lugar de la voz reconfortante de su madre, una grabación automatizada y alegre lo abofeteó:

«¡Hola! En este momento no puedo atenderte. Estoy disfrutando de un maravilloso tour místico por la Gran Muralla China y los templos de Pekín. Deja tu mensaje y te responderé cuando regrese el próximo mes. ¡Besos!».

Liam despegó el teléfono de su oreja y lo miró con incredulidad antes de soltar un gemido de frustración.

—¿China? ¿Tenías que irte precisamente a China este mes? —le reclamó a la pantalla antes de arrojar el aparato sobre el cojín del sofá.

El llanto del bebé se volvió más ronco, un sonido desgarrador que empezaba a calarle a Liam en los nervios. Sintiéndose el hombre más incompetente del planeta, se acercó a la canasta. El niño lo miraba con unos ojos enormes y húmedos que, muy a su pesar, guardaban un parecido alarmante con los suyos.

—Muy bien, Vance, piensa. Has negociado con mafiosos de la noche y con inspectores de impuestos. Esto no te va a quedar grande —se arengó a sí mismo, aunque las piernas le temblaban.

Se arrodilló junto a la mesa y comenzó a revisar la canasta con cuidado. Al fondo, debajo de la manta, la madre del niño había dejado una pañalera pequeña que Liam no había visto antes. La abrió como quien inspecciona contrabando: dentro había un termo con agua tibia, un bote de fórmula láctea en polvo, dos biberones limpios y un paquete de pañales.

—Ok, comida. Tienes hambre, ¿verdad? Eso lo puedo solucionar.

Con el corazón en la boca, tomó el teléfono de nuevo y abrió la aplicación de YouTube. Sus búsquedas habituales de estrategias de marketing, análisis financieros y resúmenes de fútbol fueron reemplazadas bruscamente en el historial por un humillante: «Cómo preparar un biberón para bebé de 5 meses» y «Por qué llora un bebé y cómo hacerlo callar rápido».

Siguiendo las instrucciones de un tutorial narrado por una mujer con voz exasperadamente calmada, Liam midió las onzas de agua y vertió las cucharadas de polvo. Sus manos, que solían preparar los cócteles más sofisticados sin derramar una sola gota, temblaron tanto que terminó esparciendo polvo blanco por toda la impecable barra de granito de su cocina. Tras agitar el biberón con una energía desmesurada, probó la temperatura en su muñeca tal como indicaba el video. Estaba perfecta.

Regresó a la sala, tomó al bebé en brazos con una torpeza infinita, temiendo romperle algún hueso en el proceso, y le acercó la tetina a la boca. El efecto fue instantáneo. El pequeño se prendió del biberón con desesperación, succionando con fuerza mientras un silencio bendito y celestial volvía a reinar en el apartamento.

Liam soltó un suspiro largo, dejando caer la cabeza hacia atrás. Por diez minutos, creyó que había ganado la batalla. El bebé terminó el contenido, sus ojos se entrecerraron y su respiración se volvió pesada. Estaba dormido. Con un cuidado digno de un cirujano, Liam lo recostó de nuevo en la canasta, rodeándolo con la manta.
Sin embargo, la tregua duró poco. Apenas se había sentado en el sofá para intentar procesar la locura de su nueva realidad, un olor penetrante, agrio y absolutamente ofensivo inundó el aire purificado de su sala.
Liam arrugó la nariz. Miró la canasta. El bebé acababa de hacer una mueca de incomodidad mientras dormía.

—No... no me hagas esto —suplicó Liam, acercándose con dos dedos sobre la nariz.

Una nueva búsqueda en YouTube: «Cómo cambiar un pañal sin morir en el intento».
Liam cargó al niño y lo llevó hasta su enorme cama con sábanas de seda de mil hilos, un lugar diseñado para el placer que ahora se convertía en una mesa de operaciones bastante peligrosa. Despegó las cintas del pañal usado y lo que vio casi lo hace devolver la cena. Con los ojos llorosos por el olor y usando la mitad de un paquete de toallitas húmedas para dejar al bebé impecable, procedió a colocar el pañal limpio.




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