Paternidad Forzada

Capitulo 3

Liam se quedó de pie en el pasillo alfombrado, mirando fijamente la puerta del apartamento de Victoria. En sus brazos, el pequeño bulto azul comenzaba a agitarse de nuevo. El magnate de la noche, el hombre que controlaba los accesos más VIP de la ciudad, se sentía como un náufrago buscando una balsa.

—A ver, campeón —le susurró Liam al bebé, mirándolo con un ojo medio cerrado por el cansancio—. Vamos a hacer un trato. Yo toco el timbre, ella sale, tú pones tu mejor cara de lástima y salvas a tu viejo de morir de un colapso nervioso. ¿Entendido?

El bebé solo soltó un balbuceo húmedo y arrugó la nariz, preparándose para estallar en llanto por enecima vez en la mañana. Liam suspiró, tragándose lo que le quedaba de dignidad, y presionó el timbre.
Nada. El silencio al otro lado de la madera lo puso nervioso.

Esperó unos segundos, sintiendo el sudor frío correrle por la espalda, y volvió a presionar el botón, esta vez dejando el dedo un par de segundos más. Tampoco hubo respuesta. La desesperación comenzó a cerrarse en su garganta. Apretó los dientes y, por tercera vez, castigó el timbre con insistencia, combinándolo con unos golpes suaves con el puño.

—¡Ya voy! ¡Usted se va a ganar una denuncia por acoso, maldita sea! —se escuchó un grito furioso desde el interior.

La puerta se abrió de golpe, revelando a una Victoria que daba auténtico miedo. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado, una franela tres tallas más grande y unas ojeras que demostraban que ella tampoco había pasado la mejor noche de su vida; el estrés de perder su empleo y los llantos intermitentes que se colaban por las paredes le habían robado el sueño.

—¿¡Se puede saber qué demonios te pasa, Va...!? —el grito de Victoria se cortó en seco cuando sus ojos escanearon la escena.

Liam estaba pálido, con la mirada desorbitada, el cabello que parecía un nido de pájaros y su hombro perfectamente decorado con una mancha blanca de fórmula seca. El grito de Victoria fue tan fuerte y repentino que el bebé, asustado, abrió la boca y comenzó a llorar a todo pulmón, rompiendo la tensa calma del pasillo.

—¡No, no, no! Por favor, otra vez no... —suplicó Liam, intentando mecer al niño como si fuera una coctelera, lo que solo empeoró el llanto—. Trato de hablar... ¡pero es que esta cosa no tiene botón de apagado! ¡Lleva toda la noche así, te lo juro!

Victoria sintió que la cabeza le iba a estallar. Su plan era insultarlo, recordarle que no quería saber nada de él ni de sus escándalos y cerrarle la puerta en la cara. Pero ver a ese hombre de negocios, siempre tan pulcro y arrogante, completamente deshecho, y escuchar el llanto genuino de desamparo del pequeño de cinco meses activó algo dentro de ella. El instinto de protección pudo más que el odio acumulado hacia su vecino.

—Dámelo acá, pedazo de inútil —le arrebató al bebé de los brazos con brusquedad.

En cuanto el niño pasó a los brazos de Victoria, ella lo acomodó contra su pecho con una naturalidad que Liam envidió profundamente. Comenzó a darle palmaditas suaves en la espalda mientras caminaba en círculos por el pasillo, susurrándole palabras cariñosas en un tono suave y arrullador. En menos de un minuto, los desgarradores gritos del bebé se transformaron en pequeños hipos, hasta que finalmente se calmó, apoyando la cabecita en el hombro de Victoria.

Liam, viendo el milagro con los ojos abiertos de par en par, aprovechó el momento de distracción y se coló en el apartamento de Victoria sin ser invitado, desplomándose en el primer sillón que encontró. El lugar olía a vainilla y limpieza, un contraste absoluto con el desastre de su penthouse.

—Nadie te dio permiso de entrar, Vance —le siseó Victoria, entrando detrás de él, pero manteniendo la voz baja para no alterar al niño.

—Pagaré la multa que quieras, pero si me levanto de aquí me voy a desmayar —gimió él, tapándose los ojos con las manos—. Por favor, enséñame cómo haces eso. Te lo suplico. Le puse el pañal al revés, me vomitó el hombro y siento que lo estoy matando de hambre o de sueño.

Victoria suspiró, mirando al pequeño que ya empezaba a cerrar los ojos, exhausto. Sintiéndose un poco mal por el estado deplorable de Liam, decidió apiadarse de él. Durante los siguientes cinco minutos, le dio un curso intensivo y acelerado de supervivencia con bebés.

—Mira bien —le dijo, mostrándole cómo sostener la cabeza—. El biberón no se agita como si estuvieras en la barra de tu club, se mezcla con suavidad para que no agarre aire, o le darás cólicos. El pañal tiene los dibujos al frente, Liam, por el amor de Dios. Y cuando termine de comer, lo pones en esta posición y le das masajes ascendentes, no golpes. ¿Entendiste?

Liam la miraba como si estuviera presenciando a una deidad explicando los secretos del universo. La eficiencia de Victoria, combinada con la firmeza de su carácter, encendió una chispa de desesperada genialidad en su mente. Él tenía demasiado dinero y cero habilidades paternas.

—Victoria... necesito que seas su niñera —soltó de golpe, enderezándose en el sofá—. Te pagaré una cantidad absurda de dinero. El triple de lo que ganas en tu firma de auditoría, mensualmente. Solo de aquí a que encuentre a la madre. La nota decía que fue en ese viaje a Italia, así que no debe ser tan difícil rastrearla.

Victoria alzó una ceja, claramente tentada por la mención del dinero debido a sus deudas, pero mantuvo la cordura.

—Vaya, al menos tienes una pista. No va a ser difícil encontrarla si ya sabes perfectamente con quién te viste en Italia y dónde. Solo revisa tus mensajes, tus llamadas de esas fechas y listo. Le entregas a su hijo.

Al escucharla, Liam se tensó. Lentamente, levantó una mano y se rascó la cabeza, desviando la mirada hacia la ventana, completamente avergonzado. Un tinte rojizo subió por su cuello pálido.

Victoria entornó los ojos, detectando la señal de inmediato.

—¿Qué? —preguntó ella, endureciendo la voz—. ¿Cuál es el problema, Liam?




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