Paternidad Forzada

Capitulo 4

La desesperación de Liam había alcanzado niveles estratosféricos. Sentado en el suelo de su enorme sala, con el teléfono celular prensado entre la oreja y el hombro, escuchaba por quinta vez en la tarde el tono de llamada que terminaba en la misma odiosa grabación.

—¡Mamá, por favor! —exclamó al buzón, con la voz quebrada—. Sé que estás desconectada en China subiendo montañas o lo que sea, pero esto es una emergencia real. ¡Tengo un hijo! ¡Un bebé de verdad en mi casa! Regresa ya, te lo suplico.

Colgó el teléfono y lo arrojó a la alfombra. Había intentado todo. Pasó la tarde llamando a agencias de cuidado infantil de élite, solicitando específicamente niñeras mayores, mujeres de rostro severo e impecables referencias que bajo ninguna circunstancia se sintieran atraídas por su dinero o por sus encantos. Necesitaba profesionalismo puro, alguien que no quisiera meterse en su cama. Pero el destino parecía ensañarse con él: un prestigioso congreso internacional de pedagogía en la ciudad había dejado a las mejores agencias sin personal calificado disponible hasta dentro de dos semanas. Dos semanas para Liam eran una sentencia de muerte.

Por si fuera poco, sus supuestos hermanos de la vida le habían dado la espalda de forma olímpica. Al llamar a sus amigos para rogarles que al menos le hicieran compañía o le ayudaran a comprar pañales, solo recibió excusas baratas:
«Hermano, sabes que los niños me dan alergia»
«Tengo una reunión con unos inversores»
«Justo voy saliendo de la ciudad».

El gran Liam Vance, el rey de la noche, descubrió de la peor manera que sus amigos solo servían para destapar botellas de champán, no para cambiar pañales sucios.
Al caer la noche, el apartamento se convirtió en una zona de guerra. El bebé, irritable por el ambiente tenso y la torpeza de Liam, no se durmió. El llanto comenzó siendo un quejido suave que, para la medianoche, se había transformado en un grito ensordecedor y constante que rebotaba en las paredes minimalistas del penthouse.

Al otro lado de la pared, Victoria caminaba de un lado a otro en su habitación, apretando los dientes. El llanto del niño se colaba nítidamente por la estructura del edificio, taladrándole los oídos y el corazón. Llevaba dos horas intentando leer un libro sobre finanzas corporativas, pero le era imposible concentrarse. Cada chillido del bebé le generaba una punzada de angustia y, al mismo tiempo, una oleada de rabia contra el inútil de su vecino.
Incapaz de soportarlo más, tomó su teléfono y marcó a su mejor amiga.

—Camila, te juro que voy a perder la cabeza —soltó Victoria en cuanto escuchó el clic de la llamada, sin siquiera saludar.

—¿Qué pasó? ¿El acosador de tu exjefe te volvió a buscar? —preguntó Camila, alarmada.

—No, ojalá fuera eso. Es el idiota de mi vecino. Liam Vance.

—¿Qué hizo ahora? ¿Puso la música a todo volumen a la una de la mañana?

—Peor. Le dejaron un bebé en la puerta de su casa con una nota que dice que es su hijo —Victoria se sentó en la cama, pasándose una mano por la frente—. Un bebé hermoso, Camila, como de cinco meses. El tipo está completamente solo, su madre está en China y no tiene la menor idea de qué hacer. Bajó a mi apartamento esta mañana hecho un desastre, pálido, cubierto de leche vomitada, a rogarme que lo ayudara.

—¡¿Qué?! —el grito de Camila al otro lado de la línea fue tan fuerte que Victoria tuvo que despegar el teléfono de su oreja—. ¡No me lo puedo creer! El playboy de la ciudad atrapado por su propio invento. ¿Y qué hiciste tú?

—¿Qué iba a hacer? El pobrecito niño estaba llorando a mares. Lo bañé, lo alimenté, lo hice dormir y le enseñé a Liam lo básico en cinco minutos. El tipo me ofreció una cantidad absurda de dinero, Camila. El triple de mi sueldo anterior de forma mensual, con tal de que sea la niñera mientras encuentra a la madre. Dice que fue en un viaje a Italia... ¡donde se acostó con cuatro mujeres distintas y no sabe cuál es! Un asco total. Por supuesto, le dije que no y lo corrí de mi apartamento.

Camila se quedó en silencio por unos segundos, procesando la información, antes de hablar con un tono mucho más serio y analítico.

—A ver, Vic... Analicemos esto con la cabeza fría, como tú lo harías con una empresa. Tienes la cuota del auto último modelo encima. Debes la mitad de la hipoteca de ese apartamento donde estás parada. No tienes empleo, el mercado laboral está difícil y un tipo millonario te está ofreciendo triplicar tus ingresos senior por cuidar a un bebé que, por lo que me cuentas, ya sabes cómo manejar. ¿Estás loca? Ese dinero te caería del cielo. Saldrías de todas tus deudas en un par de meses.

—¡Camila, es Liam Vance! —protestó Victoria, levantándose de nuevo—. No quiero tener nada que ver con él. Es un ególatra, vive rodeado de escándalos y mujeres extrañas. No pienso poner un pie en su mundo de excesos.

—Vic... te conozco —la voz de Camila sonó astuta—. Estás muy alterada por esto. ¿No será que te da miedo aceptar porque te atrae el tipo y estás huyendo de él? Porque una cosa es que te caiga mal y otra muy distinta es rechazar una fortuna que resolvería tu vida entera solo por orgullo.

A Victoria se le cortó la respiración por un segundo. Sintió un calor extraño subirle por las mejillas al recordar las infinitas noches que lo había escuchado azotar a sus conquistas y a esas mujeres gritar como locas mientras eran invadidas por él. Recordó el torso desnudo de Liam esa mañana, su cabello alborotado y la vulnerabilidad en sus ojos oscuros cuando le suplicó ayuda.

—No digas estupideces, Camila —respondió Victoria a la defensiva, endureciendo la voz—. No huyo de nadie. Simplemente tengo dignidad y valores. Además, ya es tarde, tengo que colgar. Mañana tengo que revisar portales de empleo. Hablamos luego.

Cortó la llamada sin esperar réplica y arrojó el teléfono sobre las sábanas. Se cruzó de brazos y se quedó mirando al vacío en la penumbra de su habitación.
A través de la pared, el llanto sordo del bebé continuaba, debilitándose por el cansancio pero sin detenerse. Victoria suspiró profundamente y se sentó en el borde de la cama, sacando la cuenta mentalmente. Pensó en las cartas de cobranza que llegarían pronto, en el saldo de sus tarjetas y en la presión en su pecho cada vez que revisaba su cuenta bancaria.




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