Paternidad Forzada

Capitulo 5

Los primeros rayos de luz del sábado se filtraban con crueldad por las rendijas de las persianas. Victoria apenas había logrado conciliar el sueño un par de horas; el llanto intermitente del bebé del otro lado de la pared y las matemáticas financieras que le daban vueltas en la cabeza la habían mantenido despierta casi toda la noche. Estaba en la cocina, con una taza de café negro entre las manos y la mirada fija en el vacío, cuando tres golpes débiles, casi agónicos, sonaron en su puerta principal.

Victoria dejó la taza en la barra, se ajustó la bata de seda y caminó hacia la entrada. Al abrir, la imagen que encontró superó cualquier expectativa apocalíptica.
Liam Vance estaba literalmente de rodillas en el pasillo, apoyando la frente contra el marco de la puerta. Parecía haber sobrevivido a un naufragio: tenía los ojos inyectados en sangre, unas ojeras que parecían moretones y la camisa del día anterior arrugada y mal abotonada. En sus brazos, el bebé milagrosamente dormía, ajeno al colapso de su progenitor.

—Por lo que más quieras, Victoria... apiádate de mí —susurró Liam, levantando la mirada con una súplica tan genuina que le dolió el orgullo—. No hay niñeras disponibles en toda la ciudad. Mis amigos apagaron los teléfonos. Mi madre sigue viendo la Muralla China. Te triplicaré el sueldo. No, olvídate de eso. Te pagaré lo que me pidas. Pon la cifra tú. Pero salva mi vida, por favor.

Victoria lo contempló desde las alturas. Ver al imponente rey de la vida nocturna humillado a sus pies era un espectáculo fascinante. El rechazo inicial luchó contra la fría realidad de su cuenta bancaria. Pensó en la hipoteca, en el financiamiento del auto, en la llamada de Camila y en el hecho de que, al final del día, ese bebé no tenía la culpa de tener un idiota por padre.

—Ponte de pie, Vance. Das lástima —dijo Victoria, cruzándose de brazos—. Voy a aceptar. Pero no bajo tus términos, sino bajo los míos. Y la primera condición es que vamos a firmar un contrato estricto, redactado por mí.

A Liam se le iluminó el rostro deshecho, ignorando por completo la advertencia sobre el contrato. Se levantó con torpeza, tambaleándose un poco.

—Lo que quieras. Firmamos lo que sea, pero entremos a mi apartamento. —pidió Liam, haciéndose a un lado para invitarla a pasar al penthouse.

Victoria lo pensó un par de segundos, se aseguró de que su bata estuviera bien cerrada y cruzó el pasillo por primera vez. Al traspasar el umbral del penthouse, no pudo evitar quedarse maravillada. El lugar era una jodida obra de arte arquitectónica: techos de triple altura, ventanales panorámicos que mostraban toda la ciudad, acabados de mármol negro y un diseño minimalista ultra lujoso. Sin embargo, en esos momentos, el lujo estaba sepultado bajo el caos. Había toallitas húmedas usadas en el suelo, botes de fórmula abiertos en la mesa de centro, ropa tirada y un olor flotante a leche agria que arruinaba la estética de revista.
Liam caminó hacia la sala con una sonrisa de oreja a oreja, una mezcla de alivio extremo y la típica suficiencia que recuperaba en cuanto sentía que tenía el control del dinero. Dejó al bebé con cuidado extremo en su canasta y se giró hacia Victoria, apoyándose en la barra de la cocina americana.

—Muy bien. —dijo Liam, dedicándole una sonrisa cansada pero coqueta—. Tienes mi atención. ¿Cuáles son esas condiciones tan terribles? Te advierto que mi abogado puede revisar cualquier papel en cinco minutos, pero soy un hombre generoso cuando me salvan el pellejo.

Victoria no se dejó amedrentar por su tono. Se acercó a la barra, tomó un bloque de notas que Liam tenía junto al teléfono y un bolígrafo, y clavó sus ojos oscuros en él con una frialdad que lo hizo ponerse serio de inmediato.

—Regla número uno —comenzó Victoria, golpeando el bolígrafo contra el papel—. Cero fiestas en este apartamento. De lunes a domingo. Este lugar ya no es tu club privado, es el hogar de un menor de edad.

Liam parpadeó, asimilando el golpe.

—Espera, ¿cómo que cero fiestas? A veces tengo que reunirme con socios aquí para...

—Dije cero fiestas —lo interrumpió ella con severidad—. Regla número dos: cero mujeres cruzando esa puerta principal. No voy a permitir que este niño crezca viendo un desfile de modelos diferentes cada fin de semana, ni voy a tolerar que mi espacio de trabajo se convierta en un burdel flotante.

—¡Oye, estás exagerando! —protestó Liam, enderezándose, sintiendo que le estaban cortando las alas—. Estás contratada para cuidar al bebé, Victoria. Recibes una fortuna a cambio. Lo que yo haga con mi vida privada, las mujeres que entren o salgan, o cómo maneje mis negocios es asunto mío. Tú solo tienes que asegurarte de que el niño esté bien alimentado y todos podamos dormir. No eres mi esposa.

Victoria sonrió, una sonrisa gélida y calculadora que lo intimidó de inmediato. Se inclinó hacia adelante, apoyando las manos en el granito.

—Ahí es donde te equivocas, Vance. Mi trabajo es asegurar el bienestar del niño, y tu estilo de vida es un riesgo para él. Así que, o aceptas, o te quedas solo con tus pañales al revés. Tú decides.

Liam la miró fijamente. La firmeza en la postura de Victoria, la forma en que sus curvas se marcaban bajo la bata de seda y la seguridad implacable con la que le hablaba le provocaron una extraña mezcla de irritación y una intensa atracción sexual. Nadie le hablaba así. Nadie lo ponía de rodillas, ni literal ni metafóricamente.

—¿Hay más? —gruñó él, cruzándose de brazos, intentando mantener una postura dominante que ya no tenía.

—Mucho más —continuó Victoria, apuntándolo con el bolígrafo—. Regla número tres, y la más importante: vas a cumplir con horarios estrictos de paternidad. No vas a delegar todo en mí. Si yo tengo que salir del apartamento por cualquier motivo de urgencia, tú y el bebé vendrán conmigo. No pienso dejarlo solo contigo hasta que demuestres que eres capaz. Además, tú vas a hacer todo lo que tenga que ver con él bajo mi supervisión: vas a preparar biberones, vas a limpiar vomito, vas a lavar su ropa y vas a aprender a cambiar pañales al derecho. Sí o sí, Liam, vas a aprender a ser un buen papá. No te vas a desentender pagando una mensualidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.