Paternidad Forzada

Capitulo 6

La primera semana en el penthouse de Liam Vance había sido una prueba de fuego para los nervios y la fuerza de voluntad de Victoria. Tras firmar el contrato —un documento impecable que el abogado de Liam redactó con cara de pocos amigos y que dejaba al magnate prácticamente atado de manos—, Victoria empacó lo esencial y se mudó formalmente de lunes a domingo. El lujo del apartamento, con su vista panorámica de la ciudad y su tecnología de punta, pronto pasó a un segundo plano. El lugar se había transformado en un campo de batalla silencioso donde se medían dos voluntades inquebrantables.

Liam, acostumbrado a que todo el mundo cumpliera sus órdenes con solo chasquear los dedos, intentó por todos los medios evadir sus responsabilidades durante los primeros días.

—Victoria, te pago una fortuna, por favor hazlo tú —le suplicaba el lunes por la tarde, extendiéndole un fajo de billetes extras cuando el bebé comenzó a llorar porque requería un cambio de pañal urgente.

—Guarda tu dinero, Vance. El contrato dice que tú aprendes, o yo me voy y ejecuto la cláusula de penalización —respondía ella, cruzándose de brazos con una firmeza que no admitía réplicas.

Bajo la mirada implacable de ella, el rey de la vida nocturna tuvo que ensuciarse las manos. Victoria lo obligó a madrugar a las cinco de la mañana, interrumpiendo su preciado sueño de playboy. Lo guió paso a paso, con una paciencia estricta, en el arte de medir con precisión milimétrica las onzas de agua tibia, verter la fórmula sin derramarla en el granito y sostener el biberón en el ángulo correcto para que el pequeño no tragara aire. Tampoco hubo escapatoria para los gases: Liam pasaba largos minutos caminando por la sala con el niño apoyado en el hombro, recibiendo de buena gana las bocanadas de leche tibia que arruinaban sus camisetas de diseñador.

La convivencia forzada, la falta de sueño y la constante cercanía física habían encendido una mecha invisible en el ambiente. Las discusiones eran acaloradas, rápidas y cargadas de una electricidad que ninguno de los dos quería admitir. Se desafiaban con la mirada, se rozaban los brazos al pasarse el biberón en la penumbra de la madrugada y se median las palabras como si estuvieran jugando al ajedrez.

El jueves por la mañana, la tensión alcanzó su punto de ebullición.

Victoria estaba en la cocina americana, sosteniendo al bebé que ya estaba completamente despierto y bañado. El sol de la mañana inundaba el gran salón. Ella vestía unos jeans ajustados que remarcaban a la perfección sus curvas curvilíneas y generosas, y una blusa sencilla que se ceñía a su cintura. El niño balbuceaba, agarrándole un mechón de cabello castaño que se había escapado de su coleta.

En ese momento, la puerta de la habitación principal se abrió. Liam salió arrastrando los pies, completamente agotado por la jornada de la noche anterior. No llevaba camisa. Tampoco llevaba pantalones. Salió a la estancia vistiendo únicamente unos bóxers de color oscuro que se ajustaban con descaro a sus caderas.

Sin mirar a su alrededor, impulsado por el automático de la adicción a la cafeína, caminó directo hacia la máquina de café espresso. Sus músculos se tensaron cuando levantó los brazos para tomar una taza de la repisa superior. Victoria, que se había girado al escuchar los pasos, se congeló por completo en medio de la cocina.

Liam presionó el botón de la máquina, esperó a que el líquido oscuro y humeante llenara la taza y, tras darle el primer sorbo largo, se dio la vuelta para sentarse en uno de los taburetes de piel del mesón. Fue en ese preciso instante cuando sus ojos oscuros se encontraron con los de Victoria.
El hombre se quedó inmóvil, con la taza a medio camino de los labios.

Victoria no pudo ocultarlo. Su mente analítica de auditora se desconectó por completo, permitiendo que sus ojos repasaran el cuerpo del hombre frente a ella con un descaro absoluto. Liam era, sin lugar a dudas, un espécimen físico imponente. Tenía un torso perfectamente definido, esculpido con un relieve de abdominales marcados que denotaban horas de entrenamiento y una genética envidiable. Su mirada desaparecía bajo el elástico de los bóxers, los cuales dejaban muy poco a la imaginación, remarcando con firmeza su anatomía. Su cabello oscuro, completamente desordenado por las sábanas, le caía sobre la frente, dándole un aire peligrosamente canalla. Tenía una estructura ósea perfecta y, al notar la fijeza de la mirada de su vecina, una sonrisa lenta, perezosa y cargada de autosuficiencia comenzó a dibujarse en sus labios, acentuando los dos marcados hoyuelos de sus mejillas.

Era un playboy, el dueño de la noche, y le sobraban los motivos para serlo. Cualquier mujer caería rendida ante esa estampa con solo un parpadeo.
Liam expandió el pecho, disfrutando del escrutinio por un par de segundos, dejando que el silencio alimentara la súbita oleada de calor que invadió el espacio entre los dos.

Sin embargo, la burbuja de la vanidad masculina no tardó en estallar. Victoria reaccionó al notar la sonrisa burlona de Liam. Sintió que las mejillas le ardían en un sonrojo intenso que subió directo desde su cuello, pero su orgullo herido fue más rápido que su vergüenza. Ajustó al bebé en sus brazos con firmeza y lo miró con una frialdad cortante.

—¿Se te ofrece algo, Vance, o solo saliste a exhibirte? —soltó ella, intentando mantener la voz firme—. Si quieres que empaque mis cosas y me vaya del apartamento ahora mismo, solo tienes que seguir caminando por aquí como si esto fuera una pasarela de ropa interior. El contrato dice claramente que debemos mantener un ambiente profesional.

Liam levantó la mano libre en un gesto de paz, aunque la diversión seguía bailando en sus ojos oscuros. Dio otro sorbo al café y se acomodó en el taburete, cruzando una pierna con total naturalidad.

—Ya, por favor, deja el estrés, Victoria —dijo Liam, con una voz ronca por el sueño que vibró directo en el vientre de Victoria—. Es muy temprano para tus discursos legales. Además, míralo por el lado amable... —se señaló a sí mismo con el dedo índice, recorriendo su propio torso con arrogancia—. Es solo un cuerpo en forma. No tienes por qué ponerte tan defensiva solo por apreciar el panorama.




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