Mantener el ritmo de la noche cuando tu vida se ha convertido en un bucle eterno de biberones, llantos y horarios estrictos era una tarea prácticamente imposible. Sin embargo, Liam Vance se negaba a dejar que su imperio social se desmoronara por completo. Aunque respetaba el contrato a regañadientes, pasaba horas en su computadora coordinando la logística de sus clubes nocturnos, revisando presupuestos y respondiendo mensajes de su personal.
Era un sábado por la tarde. El sol comenzaba a caer, tiñendo el lujoso gran salón del penthouse de tonos dorados. Victoria estaba sentada en el sofá de piel, con el bebé plácidamente dormido en sus brazos tras una larga jornada de juego. Liam, por su parte, caminaba de un lado a otro con el teléfono en la oreja, resolviendo un problema con un proveedor de licores.
De pronto, el timbre del apartamento sonó, rompiendo la calma.
Liam frunció el ceño. No esperaba a nadie, y el acceso al ascensor privado del penthouse requería una autorización estricta. Colgó la llamada, caminó hacia la entrada y abrió la pesada puerta de madera.
No alcanzó a decir ni una sola palabra.
—¡Liam, mi amor! ¡Por fin te encuentro! —exclamó una voz chillona y cargada de perfume caro.
Antes de que el magnate pudiera reaccionar, un torbellino de curvas, cabello rubio platinado y un vestido rojo de diseñador ultra ajustado se le tiró encima. La mujer le rodeó el cuello con los brazos y, aprovechando el factor sorpresa, le plantó un beso apasionado y sonoro directo en los labios.
Liam se quedó completamente estático, con los ojos abiertos de par en par y los brazos rígidos a los costados, como si le hubiera caído un rayo. Su mente tardó tres segundos enteros en identificarla: era Vanessa, una de sus antiguas conquistas más asiduas de la zona VIP de su club principal, una mujer con la que había compartido varias noches de copas y excesos antes de que su vida se pusiera patas arriba.
—Te he extrañado tanto, lobito —ronroneó ella al separarse un milímetro, acariciándole la mandíbula con una sonrisa coqueta—. Desapareciste de la faz de la tierra. Ya no respondes los mensajes, no vas a los reservados...
Liam, reaccionando por fin, la tomó de las muñecas con firmeza y la separó sutilmente de su cuerpo, dando un paso hacia atrás. El sudor frío comenzó a bajarle por la nuca.
—Vanessa... ¿qué haces aquí? —preguntó él, con la voz un poco ronca, tratando de mantener la compostura—. Y más importante aún: ¿quién demonios te dio mi dirección? Tú nunca habías venido a mi apartamento. Sabes que mi penthouse es privado.
La rubia soltó una risita consentida y acomodó su costoso bolso sobre el hombro.
—Ay, por favor, como si fuera un secreto de estado. Tu amigo me la dio anoche en la barra del club. Dijo que estabas "atrapado" en casa y que necesitabas una distracción —respondió ella con un guiño, dando un paso al frente para entrar al apartamento—. Así que decidí venir a ver qué clase de encierro te tiene tan...
La voz de Vanessa se apagó gradualmente cuando sus ojos escanearon el lujoso salón. La modelo ni siquiera se había percatado de que no estaban solos.
Liam, presintiendo el desastre, volteó la mirada lentamente hacia la sala. Sentada en el sofá, Victoria lo estaba asesinando con los ojos. Si las miradas tuvieran el poder de calcinar a una persona, Liam habría sido reducido a cenizas en ese mismo instante. Ella no se había movido, pero su postura era de una rigidez absoluta, y sus ojos oscuros brillaban con una mezcla de desprecio, indignación y algo más que Liam no supo descifrar.
El hombre sintió una presión incómoda en el pecho. Se pasó una mano frustrada por el cabello, desordenándoselo aún más.
—Vanessa, de verdad agradezco el detalle, pero tienes que irte —sentenció Liam, colocándose entre ella y la sala para bloquearle la vista—. Este no es un buen momento. Estoy ocupado con... asuntos personales.
La rubia hizo un puchero exagerado, cruzándose de brazos y dejando salir un quejido de decepción.
—¿Por qué, Liam? Antes no eras tan aburrido. Solo venía a tomar una copa contigo y recordar los viejos tiempos...
Esa palabra fue el detonante. Al escuchar "Italia", Victoria sintió que una chispa se encendía en su interior. Con una elegancia implacable, se levantó del sofá sosteniendo con firmeza al bebé contra su pecho. Caminó a grandes zancadas hacia la entrada, sus caderas curvilíneas marcando un paso firme que obligó a Liam a hacerse a un lado de inmediato.
Victoria se plantó justo al lado de Liam, mirando a Vanessa de arriba abajo con una superioridad corporativa que desarmó a la modelo en un segundo.
—Liam no puede tomar ninguna copa contigo, ni recordar ningún viejo tiempo —soltó Victoria, con una voz tan gélida y cortante que congelaría el infierno—. Porque Liam ahora es un padre de familia. Y este apartamento tiene reglas muy estrictas.
Vanessa abrió los ojos de par en par, perdiendo toda la coquetería de golpe. Miró a Victoria, luego al tierno bebé de cinco meses que bostezaba entre sus brazos, y finalmente a Liam, que miraba al techo como pidiéndole tierra que lo tragara.
—¿Un... un bebé? ¿Te casaste? —tartamudeó la rubia, retrocediendo un paso, aterrorizada ante la sola palabra "compromiso"—. No... no sabía que... Bueno, yo mejor me voy.
Sin decir una sola palabra más, sin despedirse y casi tropezando con sus propios tacones de aguja, Vanessa dio la media vuelta y prácticamente huyó hacia el ascensor.
Liam cerró la puerta de madera con un suspiro pesado y se apoyó contra ella, dejando caer la cabeza hacia atrás.
—Grandioso. Simplemente grandioso —refunfuñó Liam, mirando a Victoria con frustración—. Para el lunes, toda la alta sociedad y los socios de mis clubes pensarán que el rey de la noche se casó en secreto y tiene un hijo. Mi reputación corporativa acaba de irse al demonio.
Victoria hizo una mueca de absoluto desdén, acomodando al bebé en su hombro mientras se daba la vuelta para regresar a la cocina.
Editado: 15.07.2026