Tras la aparatosa huida de Vanessa y la jugosa multa que Victoria le había asentado sin parpadear, el ambiente en el penthouse se volvió extrañamente denso. Victoria había intentado salir del paso respondiendo de manera atropellada, con el rostro encendido como una llamarada y fingiendo una indignación fría y meramente profesional, pero para Liam eso no significaba nada. Conocía demasiado bien las reacciones humanas, especialmente las de las mujeres. Debajo de esa coraza de auditora terca e implacable, él sospechaba con una certeza casi divertida que algo se estaba cocinando en la cabeza de su vecina.
Durante el resto del día, ella se dedicó a ignorarlo con un esmero sospechoso. Solo le dirigía la palabra para lo estrictamente necesario: recordarle las onzas de la fórmula o indicarle qué ropa debía ir a la lavadora. Liam, lejos de molestarse, aceptó el silencio con una madurez que incluso a él mismo lo sorprendió.
Se instaló en el mesón de la cocina con su computadora portátil. Con el rostro serio y la mirada fija en la pantalla, se enfrascó durante horas en los números reales de su cadena de clubes. Había contratos que renegociar y la inesperada "multa" de Victoria —que ya figuraba formalmente en sus egresos personales— requería ciertos ajustes en sus cuentas de ocio. Victoria, que pasaba de vez en cuando con el niño en brazos, lo observaba de reojo. Ver al playboy desenfadado convertido en un hombre de negocios enfocado, con la mandíbula tensa y tecleando con agilidad, le provocaba una extraña punzada de respeto que se esforzaba por aplastar.
Al caer la noche, el agotamiento físico volvió a pasarles factura. Eran cerca de la una de la mañana cuando Liam, con los ojos secos de tanto mirar la pantalla, estiró los brazos y decidió cerrar la computadora. El silencio del apartamento era total, excepto por un sutil y constante gemido que provenía de la habitación del bebé.
Intrigado y con el instinto de alerta ya encendido, Liam caminó a pasos silenciosos por el pasillo y se asomó al cuarto del pequeño.
La luz de la lámpara de noche estaba encendida en su nivel más bajo, bañando el espacio con un tono cálido y tenue. Victoria estaba sentada en la mecedora, vistiendo un pantalón de pijama cómodo que abrazaba sus curvas curvilíneas y una camiseta suave.
Tenía al bebé acostado boca arriba sobre sus muslos y, con una paciencia infinita, le flexionaba las piernecitas hacia el abdomen en un movimiento circular y rítmico. El bebé hacía pequeñas muecas de dolor y soltaba quejidos lastimeros.
—¿Qué pasa? —preguntó Liam en un susurro, adentrándose en la habitación con cautela.
Victoria levantó la mirada. El cansancio en sus ojos oscuros era evidente; el cabello castaño se le desparramaba por los hombros en ondas desordenadas.
—Tiene cólicos —respondió ella, con la voz suave para no alterar más al niño—. El pobre lleva así la última hora. Le duele mucho el estómago, la leche nueva a veces les genera gases atrapados.
Liam no lo dudó. Se acercó y se arrodilló frente a la mecedora, quedando a la altura de las rodillas de Victoria. Su cercanía física envió una ráfaga de calor instantánea por el cuerpo de ella, pero ambos se obligaron a concentrarse en la prioridad.
—Déjame ayudarte. Dime qué hago —pidió Liam, extendiendo sus manos grandes.
—Pon tus manos aquí, en su pancita —le indicó Victoria, guiándolo—. Haz círculos suaves, en el sentido de las agujas del reloj. El calor de tus manos lo va a aliviar. Pero hazlo despacio, Liam.
Durante las siguientes dos horas, el penthouse se convirtió en un refugio de cuidados compartidos. Tuvieron que turnarse. Cuando a Victoria se le acalambraban los brazos de mecerlo, Liam entraba al relevo, paseando al bebé por el cuarto mientras le daba palmaditas suaves y le susurraba tonterías al oído con su voz ronca y profunda. Cuando el niño volvía a quejarse, Victoria aplicaba compresas tibias en su vientre. No hubo espacio para el orgullo, ni para los contratos, ni para los reproches de los celos de la tarde. Eran solo dos personas uniendo fuerzas para consolar a un pequeño indefenso.
A eso de las tres y media de la madrugada, el milagro ocurrió. Tras un largo suspiro y un par de eructos que Liam celebró como si fueran un gol de campeonato, el cuerpo del bebé se relajó por completo. Sus ojos se cerraron y su respiración se volvió pausada y profunda. Los cólicos finalmente habían cedido.
Con un cuidado extremo, casi sin respirar, Liam lo depositó en la cuna. Victoria lo cubrió con la manta azul con movimientos de cirujano.
Ambos se quedaron congelados junto a la baranda de la cuna, observándolo durante lo que parecieron una eternidad de minutos, temiendo que el más mínimo ruido desatara la tormenta de nuevo. Los hombros de los dos se rozaban; la respiración de Liam le acariciaba la coronilla a Victoria. El cansancio que les cayó encima de golpe fue tan pesado que las piernas les temblaron.
Casi por instinto, buscando un apoyo inmediato mientras esperaban los minutos de seguridad para asegurarse de que el niño no se despertara, ambos se giraron hacia la cama matrimonial de invitados que estaba en la misma habitación, diseñada justamente para las noches difíciles.
Se dejaron caer de espaldas sobre el colchón, soltando un suspiro unísono que rompió el silencio de la madrugada.
—Dios... siento que me pasó un camión por encima —murmuró Liam, con los ojos cerrados, estirando las piernas.
—Ni que lo digas —alcanzó a responder Victoria, acomodándose de lado, dándole la espalda a él de forma automática para mantener una distancia prudente.
Sin embargo, el sueño no pide permiso y el frío del aire acondicionado de la habitación comenzó a calarles en los huesos de los cuerpos exhaustos. En la penumbra y el letargo de la inconsciencia inminente, la distancia prudente se evaporó. Sin planearlo, sin esperarlo y arrastrados por la pura necesidad humana de confort y calor, sus cuerpos buscaron el centro de la cama.
Liam se giró de lado y, de manera completamente natural, estiró un brazo largo y musculoso, pasándolo por encima de la cintura de Victoria. La atrajo hacia sí con suavidad, encajando la espalda de ella contra su pecho en una "cucharita" perfecta. Victoria, demasiado dormida para protestar y sintiendo que ese cuerpo cálido y firme era el mejor refugio contra el frío de la noche, se acomodó contra él, entrelazando inconscientemente una de sus manos con los dedos de Liam sobre su vientre.
Editado: 15.07.2026