Un llanto suave, casi un quejido perezoso, comenzó a filtrarse en la penumbra de la habitación. Los primeros rayos de sol de la mañana cruzaban las cortinas, iluminando la cama.
Victoria se removió entre las sábanas, sintiéndose inusualmente cómoda, envuelta en un calor denso y un aroma a madera, café y piel que la arrullaba. Tardó unos segundos en salir del letargo del sueño, estirando los músculos entumecidos tras la caótica noche de cólicos. Sin embargo, a medida que la conciencia regresaba a su cuerpo, se dio cuenta de la posición exacta en la que se encontraba: estaba encajada a la perfección en una cucharita milimétrica contra el pecho de Liam.
Pero eso no fue lo que disparó sus alarmas.
Justo contra sus glúteos, presionando con una firmeza inequívoca a través de la fina tela de sus pijamas, Victoria sintió una prominente y abrumadora erección matutina. El impacto de la realidad la golpeó como una descarga eléctrica.
—¡Ah! —Victoria pegó un grito ensordecedor que terminó de espantar el llanto del bebé.
Se impulsó hacia adelante, rodando fuera de la cama con una agilidad desesperada. Se puso de pie de un salto, acomodándose la camiseta de pijama con las manos temblorosas, el rostro encendido en un rojo escarlata y los ojos desorbitados de pura indignación.
—¡Eres un cerdo, Vance! ¡Un maldito pervertido! —le gritó, apuntándolo con el dedo, con la respiración entrecortada—. ¿Se puede saber qué demonios te pasa? ¡Estábamos durmiendo!
Liam, que se había despertado de golpe por el grito, se frotó los ojos con pesadez, estirando los brazos sobre el colchón. Lejos de mostrarse avergonzado, soltó una risa ronca, esa risa baja que a Victoria siempre le calaba en los nervios. Se sentó en el borde de la cama, vistiendo únicamente su pantalón de pijama gris de algodón, el cual, debido a la naturaleza de la tela, no dejaba absolutamente nada a la imaginación.
—Oye, ya va, frena el drama, Viki —dijo Liam, con la voz pastosa y profundamente grave por el sueño—. Es una reacción biológica normal de cualquier hombre por la mañana. Además... —él arqueó una ceja con una sonrisa descarada—, si tengo este problema, es por tu culpa, por correr a todas las mujeres que intentan cruzar esa puerta. Me tienes en una sequía total.
—¡No metas mi contrato en tus cochinadas! —lo insultó Victoria, cruzándose de brazos para evitar desviar la mirada hacia donde no debía—. Eres un desvergonzado.
—¿Desvergonzado yo? —Liam se puso de pie, acortando la distancia. Con una audacia que rozaba el peligro, se llevó una mano a la cintura del pantalón, tensando la tela de algodón hacia adelante para remarcar aún más su anatomía, obligándola a ver el paquete que se perfilaba con orgullo—. Tú estás aquí adentro, debiste hacerte cargo de la situación si tanto te molestaba el panorama.
Victoria sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. El descaro del tipo era monumental, pero ver la firmeza de su cuerpo y la seguridad con la que se exhibía la hizo tambalear por un microsegundo.
—Escúchame bien, Liam —amenazó ella, tragando saliva y forzando una voz de acero—. Si sigues por ese camino, si vuelves a faltarme al respeto o a insinuar una sola idiotez como esa, vas a tener que buscarte a otra niñera hoy mismo. Me largo, ejecuto la cláusula y te quedas solo con el niño. No estoy jugando.
Al ver el destello de furia real en los ojos oscuros de Victoria, la sonrisa de Liam se desvaneció por completo. El juego había ido demasiado lejos. Se soltó el pantalón, enderezó la postura y la miró con total seriedad, borrando cualquier rastro de burla.
—Está bien, está bien. Perdón —pidió Liam, levantando las manos en son de paz—. Tienes razón, me pasé de la raya. No volverá a pasar, te lo prometo. El cansancio me hace decir estupideces. Lo siento de verdad.
Victoria lo sostuvo la mirada por unos segundos, evaluando la sinceridad de su disculpa. Soltó un suspiro largo para calmar sus propios latidos, caminó hacia la cuna y tomó al bebé en brazos, quien ya la miraba con los ojos abiertos. Sin decir una sola palabra más, salió de la habitación a grandes zancadas.
Mientras cruzaba el pasillo hacia la sala, Victoria estrechó al pequeño contra su pecho y le susurró al oído con una sonrisa nerviosa que no pudo ocultar:
—Tu papá es el hombre más tonto y engreído del planeta, mi amor... un verdadero idiota.
Se rió por lo bajo, sintiendo un escalofrío interno. Por más que quisiera negarlo y hacerse la indignada, recordar la rigidez y el tamaño de lo que había sentido contra su cuerpo la había dejado completamente acalorada.
Minutos después, Liam salió de la habitación. Ya se había lavado la cara, pero su expresión era de absoluta frustración, cargada de una seriedad inusual. Caminó hacia el ventanal de la sala, mirando hacia la ciudad sin emitir sonido.
Victoria, que estaba acomodando las cosas del bebé en el corral, lo observó de reojo. Le extrañó verlo tan callado.
—¿Qué te pasa? —le preguntó, rompiendo el hielo—. Te noto serio. ¿Qué te molesta ahora?
Liam no respondió. Siguió mirando el horizonte con los brazos cruzados.
Victoria rodó los ojos, fastidiada por la actitud infantil. Se acercó un poco más, manteniendo al bebé apoyado en su cadera.
—Te estoy hablando, Liam. ¿Qué es lo que te tiene de tan mal humor?
Nuevamente, él guardó un silencio sepulcral, ignorándola por completo.
Victoria soltó una risita burlona, cruzándose de brazos también.
—¿Sabe qué creo? Que deberías probar el celibato por un tiempo —soltó ella con tono mordaz—. Un hombre no se va a morir por pasar unos meses sin sexo, Vance. Te aseguro que sería buenísimo para ti; te ayudaría a limpiar todas esas malas energías y la tensión acumulada. Así, cuando decidas madurar y te cases, estarás listo para la mujer que realmente esté dispuesta a ser una compañera para ti y una madre para tu hijo.
Liam se giró lentamente. Sus ojos oscuros se clavaron en los de ella con una intensidad que congeló las palabras en la garganta de Victoria. Caminó hacia ella con pasos lentos y calculados, deteniéndose a escasos centímetros.
Editado: 15.07.2026