Paternidad Forzada

Capitulo 10

El tiempo ya no se medía en horas de fiesta, sino en los mililitros de un biberón. Tras más de un mes desde que una canasta de mimbre azul alteró sus vidas, el caos inicial en el lujoso apartamento se había transformado en una rutina coordinada gracias a la mano implacable de Victoria. Liam ya no era el despojo asustado de las primeras madrugadas; había aprendido a cambiar pañales, manejaba la temperatura de la leche y sus brazos se habían acostumbrado al bebé.

Una tarde lluviosa de julio, mientras el niño jugaba en la alfombra y Victoria revisaba propuestas financieras en su laptop, Liam caminaba con una taza de café en la mano. Se detuvo cerca de la barra de la cocina con una expresión de profunda seriedad.

—Victoria —llamó Liam, deteniendo sus pasos cerca de la barra—. Ya pasó un mes. No puedo seguir teniendo a mi hijo en este apartamento como si fuera un paquete clandestino. Necesito presentarlo legalmente, registrarlo con mi apellido, llevarlo al pediatra con sus papeles en regla. Necesito ser su padre ante la ley.

Victoria levantó la mirada de la pantalla, sorprendida por su madurez, y asintió con gravedad.

—Tienes toda la razón, Liam. Registrarlo es lo correcto. Pero para hacer eso, necesitas saber qué vas a poner en el acta de nacimiento. No puedes presentarlo solo tú sin antes agotar las vías para dar con la madre. Tienes una pista clara: la nota decía que fue en Italia. Siéntate, haz memoria, recuerda a todas esas mujeres que llevaste a ese viaje y empieza a buscarlas, pregúntales directamente. Alguien tiene que darte una respuesta.

Liam soltó un suspiro pesado, se sentó al lado de ella y, lleno de frustración y vergüenza, confesó con la voz baja:
—Ese es el maldito problema, Victoria... Que no sé a quién preguntarle.

Victoria frunció el ceño, cerrando parcialmente la laptop.

—¿Cómo que no sabes a quién preguntarle? Liam, dijeste que fueron cuatro mujeres. No son cien. Solo tienes que buscar sus nombres en tus redes, en tus contactos de hotel, en tus vuelos...

—Victoria, no lo entiendes —la interrumpió él, mirándola finalmente con una mezcla de amargura y honestidad brutal—. El problema es que ni sus nombres recuerdo. Para mí... para mí solo eran rostros efímeros. Mujeres que conocí en un reservado, que subieron a mi avión o que se quedaron en la suite de un hotel por una noche o dos. No les pedí el apellido, no agendé sus números con sus nombres reales, y a algunas ni siquiera les pregunté cómo se llamaban antes de que se marcharan por la mañana. Eran perfectas desconocidas con las que pasé un buen rato. Estoy completamente a ciegas.

Un silencio denso cayó sobre la cocina. Victoria sintió una mezcla de desprecio y compasión ante la crudeza de la confesión. Apoyó los codos en la barra y clavó sus ojos oscuros en él.

—¿Te puedo hacer una pregunta sincera? —inquirió ella, con un tono de voz suave pero desprovisto de cualquier amabilidad.

Liam asintió levemente, preparado para el sermón.

—¿Qué se siente? —preguntó Victoria, ladeando la cabeza—. ¿Qué se siente acostarse con tantas mujeres de esa manera? Ir por la vida usando a la gente, acumulando cuerpos de los que ni siquiera recuerdas el nombre a la mañana siguiente. ¿Qué se siente vivir así?

Liam guardó silencio unos segundos antes de responder con una honestidad que desarmó el ambiente.

—Al principio... supongo que se siente como una victoria —respondió Liam, con honestidad—. Sientes que eres el rey del mundo. Tienes veintitantos años, eres rico, tienes un físico que atrae y el dinero suficiente para comprar cualquier experiencia. Crees que estás viviendo al máximo. Pero si me preguntas qué siento realmente en el momento en que estoy con ellas... Creo que solo uso mi belleza, mi cuerpo y mi dinero para llenar un vacío. Porque de sentir... de sentir de verdad, Victoria, no siento absolutamente nada. Es solo ruido. Despiertas al día siguiente, la cama está vacía, o hay alguien al lado que espera un cheque o una invitación a otra fiesta, y tú sigues sintiéndote exactamente igual de solo que la noche anterior. Es una transacción. Nada más.

Victoria lo fulminó con la mirada, dándose cuenta de que su vida de lujos era solo una fachada brillante.

—Eres un egoísta, Liam —dijo ella, con la voz firme—. Usaste a esas mujeres como objetos, y ahora un niño inocente está pagando las consecuencias de tu vacío existencial.

Liam aceptó el golpe. Intentando desviar la atención de su miseria y buscando comprender a la mujer que ahora gobernaba su casa, la miró fijamente.

—¿Y tú, Victoria? —preguntó él, cambiando el rumbo de la conversación—. Tú me juzgas desde tu pedestal de mujer perfecta, pero casi no hablas de ti. ¿Qué hay de tu vida? ¿Qué hay de tu novio? Porque asumo que un novio debe estar muy molesto por el hecho de que pases veinticuatro horas al día, de lunes a domingo, viviendo en el penthouse de otro hombre.

Victoria soltó una risa seca, reabriendo su computadora con brusquedad.

—No tengo novio.

—¿Ah, no? —Liam arqueó una ceja, con un destello de coquetería—. Qué raro. Una mujer con tu carácter, con tu inteligencia... y con esas curvas que desvelan a cualquiera, debería tener una fila de hombres rogando por una oportunidad. ¿Acaso el último te dejó el corazón roto?

Victoria se tensó, pero mantuvo la mirada firme.

—No tengo novio porque no tengo tiempo para perderlo en idioteces, y para serte muy honesta, tampoco quiero tener uno —sentenció ella con frialdad—. El mercado está lleno de hombres como mi exjefe, que creen que una mujer es un trofeo o una moneda de cambio, o de hombres como tú, que no pueden recordar un nombre después de una noche. Prefiero enfocarme en mi carrera, terminar de pagar mis deudas y asegurar mi estabilidad. No necesito a nadie que venga a complicarme la existencia.
Liam la observó en silencio, fascinado por su orgullo y dignidad. El contraste entre ambos era evidente.




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