La cena había transcurrido en un silencio inusual tras la intensa conversación de la tarde. Victoria había preparado algo sencillo, pero su mente seguía dándole vueltas a la confesión de Liam. Saber que el gran playboy de la ciudad no sentía absolutamente nada en sus encuentros íntimos le había dejado un sabor de boca extraño, una mezcla de rechazo por su estilo de vida y una sutil e imperceptible curiosidad. Liam, por su parte, se había mantenido inusualmente pensativo, observándola de reojo mientras ayudaba a recoger los platos de la barra.
A las ocho de la noche, el apartamento se transformó en una oficina de alta dirección. Liam tenía una videollamada internacional sumamente importante con dos de sus socios inversores más tradicionales, unos empresarios de la vieja escuela con sede en Nueva York que estaban evaluando financiar la expansión de su franquicia de clubes nocturnos. El contrato era multimillonario y vital para consolidar su imperio corporativo.
Liam se instaló en el gran salón. Colocó su computadora portátil sobre la mesa de granito, encendió la cámara web y ajustó la iluminación. Vestía una camisa negra de botones, con las mangas pulcramente remangadas hasta los antebrazos, revelando su reloj de lujo y esa estampa impecable de hombre de negocios que tanto imponía.
Victoria se había retirado al corral con el pequeño, intentando mantenerlo entretenido en silencio para no interferir. Sin embargo, justo cuando la reunión alcanzaba su punto más crítico y Liam desglosaba los gráficos de proyección de ganancias en la pantalla, el bebé, agobiado por el sueño o por un repentino espasmo, soltó un llanto agudo y desgarrador que resonó en todo el penthouse.
Liam se tensó visiblemente, deteniendo su discurso a mitad de una frase.
—Disculpen un segundo, señores... —pidió Liam a la pantalla, intentando mantener la voz calmada mientras el sudor frío amenazaba con brotar en su nuca.
Victoria, al ver la desesperación de él y sabiendo lo mucho que se jugaba en esa llamada, reaccionó por puro instinto de ayuda. Caminó rápidamente hacia la sala, se agachó y tomó al pequeño en brazos, pegándolo a su pecho para arrullarlo. En su afán por calmarlo rápido, no midió la distancia y terminó entrando de lleno en el encuadre de la cámara de alta definición de la computadora.
A través de la pantalla, los dos socios norteamericanos —hombres de cabello cano y trajes impecables— se quedaron mudos por un microsegundo antes de que sus rostros serios se transformaran en amplias sonrisas de sorpresa.
—¡Oh, pero miren esto! Vance, no nos habías dicho que tenías compañía —exclamó el socio principal, un hombre llamado Arthur, visiblemente emocionado—. Pero qué hermosa es tu esposa, Vance. Y no teníamos idea de que ya eras padre. ¡Eso es una bendición!
Victoria se congeló por completo. Sintió que la sangre se le subía directo a las mejillas en un sonrojo violento al escucharse llamada "esposa". Abrió la boca dispuesta a desmentir el malentendido de inmediato, dispuesta a aclarar que ella solo era solo la niñera contratada bajo un régimen estricto. Sin embargo, antes de que pudiera emitir un solo sonido, Liam intervino.
La tensión en el ambiente subió de golpe cuando el magnate, lejos de negar la afirmación o corregir a sus socios, giró la cabeza lentamente hacia Victoria. Una sonrisa perezosa, coqueta y cargada de una audacia peligrosa se dibujó en sus labios, acentuando los hoyuelos de sus mejillas. Clavó sus ojos oscuros en ella con un descaro absoluto.
—Sí, señores, es el secreto mejor guardado de la empresa —dijo Liam a la cámara, sin quitarle la mirada de encima a una Victoria que parecía querer fulminarlo con los ojos—. Lo que pasa es que ella... bueno, ella es una mujer difícil. Desapareció de mi vida por un tiempo, me tuvo sufriendo, pero ahora que ha regresado, les aseguro que no la voy a dejar ir. Al fin y al cabo, ahora somos una familia, y ellos dos son mi absoluta prioridad.
Arthur y el otro socio soltaron una carcajada de aprobación a través de las bocinas.
—¡Eso es lo que queríamos escuchar, muchachos! Un hombre de familia es un hombre de confianza para los negocios. Nos encanta ver este lado tuyo, Liam. Te enviaremos el contrato firmado a primera hora de la mañana. Saludos a la hermosa dama y al pequeño.
Liam se despidió con elegancia y presionó el botón para colgar la llamada. La pantalla de la computadora se fue a negro, y el silencio que cayó sobre el gran salón fue tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo.
Victoria caminó dos pasos al frente, acomodó al bebé —que ya se había calmado tras el exabrupto— en su hombro, y se cruzó de brazos, clavándole una mirada cargada de pura molestia e indignación.
—¿Se puede saber qué demonios fue eso, Vance? —soltó Victoria, con la voz temblando de rabia contenida—. ¿"Esposa"? ¿Que "regresé" y que "no me vas a dejar ir"? ¿Te has vuelto completamente loco? El contrato dice explícitamente que nuestra relación es estrictamente profesional. Acabas de mentirle descaradamente a tus socios inversores utilizándome a mí y a tu hijo.
Liam se reclinó en su taburete, soltando un suspiro largo y relajado. Se pasó una mano por el cabello oscuro, mirándola con una tranquilidad que a ella le encendía los nervios.
—Por favor, Victoria, baja las armas un segundo —pidió él, con una sonrisa leve—. Solo fue una pequeña broma, una salida rápida para evitar que empezaran a hacer preguntas incómodas sobre por qué había un bebé llorando en mi apartamento a esta hora. Además, fue una estrategia de negocios perfecta. Arthur es un hombre sumamente conservador que cree ciegamente en los valores de la familia. Al ver que el "playboy de la ciudad" ahora tiene una mujer increíble a su lado y un hijo por el cual responder, el tipo no dudó un segundo en aceptar el trato. Ese contrato se va a firmar mucho más rápido gracias a la escena de recién.
Victoria entornó los ojos, dando un paso hacia adelante. La cercanía física de él, con su camisa negra desabrochada en los primeros dos botones y ese aroma a loción cara, comenzaba a desestabilizarla, pero su orgullo fue más fuerte.
Editado: 15.07.2026