Paternidad Forzada

Capitulo 14

Al día siguiente, el peso del domingo por la noche flotaba en el aire como una densa neblina. Victoria ya se sentía lo suficientemente cómoda y segura en su entorno como para no tener que armarse con su armadura de ropa formal desde temprano; bajó a la estancia principal vistiendo una pijama cómoda de algodón suave que, aunque holgada, se amoldaba con deliciosa traición a sus curvas curvilíneas y generosas cada vez que se movía por la cocina.

El problema era que no podía mirarlo. Cada vez que Liam entraba a una habitación, ella desviaba los ojos hacia el piso, hacia el bebé o hacia el infinito. Y en las pocas ocasiones en que sus miradas se cruzaban de frente, un rubor violento y traicionero le teñía las mejillas, obligándola a carraspear y cambiar de tema.

Liam, por su parte, se estaba cansando de la situación. Le divertía su timidez, pero extrañaba la mirada altiva de su vecina.
Al caer la noche, prepararon una cena informal. Se sentaron juntos en los taburetes de la barra de la cocina, compartiendo un par de sándwiches y un tazón de fruta en un silencio que crujía de pura electricidad. Liam, con los brazos apoyados en el granito, no podía quitarle los ojos de encima. Verla en esa ropa de casa, tan natural, tan expuesta y con el cabello cayéndole en ondas desordenadas sobre los hombros, le resultaba mil veces más erótico que cualquiera de las mujeres en vestidos de diseñador que solían frecuentar sus clubes.

En un momento de la cena, Victoria tomó un sorbo de jugo, completamente distraída con sus propios pensamientos. Una pequeña gota de aderezo quedó atrapada justo en la comisura de sus labios, delineando la suavidad de su boca.
Liam lo vio. La tensión sexual que llevaba acumulando desde la noche anterior explotó en su pecho, empujándolo a actuar sin pensar.

—Espera, tienes algo ahí —murmuró con voz ronca.

Antes de que Victoria pudiera reaccionar, Liam estiró su mano grande y, con una lentitud calculada, posó la yema de su dedo pulgar sobre la comisura de sus labios para limpiar la mancha. El contacto de su piel cálida contra la de ella fue como una chispa en un barril de pólvora. El pulgar de Liam se demoró un segundo de más, rozando la curva de su labio inferior con una ternura salvaje.

Victoria contuvo el aliento, abriendo los ojos de par en par. El pánico y el deseo se mezclaron en su pecho, obligándola a echarse hacia atrás bruscamente, alejándose de su toque como si se hubiera quemado.

—Lo siento —intervino Liam de inmediato, retirando la mano y mirándola con los ojos oscuros cargados de una intensidad abrumadora—. Perdón, no quise incomodarte.

El silencio volvió a caer, pero esta vez era insoportable. Victoria sentía que el corazón le salía por la boca. No podía seguir fingiendo que nada había pasado, no cuando el recuerdo de lo que había visto en su habitación la estaba consumiendo viva. Dejó caer la servilleta sobre la barra y lo miró, apretando los puños. No soportaba más la presión.

—Está bien... disúlpame tú a mí, Liam —soltó de golpe, con la voz un poco temblorosa pero decidida—. Disúlpame por haber entrado de esa manera anoche, sin llamar. De verdad... pensé que te habías quedado dormido por el cansancio y me preocupó que dejaras al bebé solo en la cuna. No fue mi intención invadir tu privacidad.

Liam la escuchó en silencio. Al ver que ella finalmente ponía las cartas sobre la mesa, la tensión en sus hombros disminuyó. Se reclinó en el taburete y dejó escapar una pequeña sonrisa perezosa, esa que hacía aparecer sus hoyuelos.

—No pasa nada, Victoria —respondió Liam, con total tranquilidad—. Ya te dije que no tienes que disculparte por cuidar de mi hijo. Tienes la llave por una razón.

Victoria entrecerró los ojos, escudriñando su rostro. El desparpajo del tipo la ponía de los nervios. Él actuaba como si no hubiera estado completamente desnudo y erecto frente a ella hace menos de veinticuatro horas.

—¿De verdad actúas como si nada? —preguntó ella en un susurro indignado, picada por la curiosidad y la molestia.
Liam expandió el pecho, y la chispa del playboy audaz brilló con fuerza en sus ojos. Se inclinó un poco hacia adelante en la barra, acortando la distancia entre sus rostros.

—Créeme, no actúo como si nada —murmuró con esa voz ronca que a ella le derretía las defensas—. Pero es mejor que dejes de mirar con esa cara y no preguntes nada más... porque te aseguro que no te va a gustar lo que tengo por decirte sobre por qué estaba en ese estado cuando entraste.

Victoria se quedó muda, con la garganta seca. El mensaje implícito en las palabras de Liam la golpeó de frente: él había estado pensando en ella. Sin saber qué responder y con el rostro ardiendo en un sonrojo definitivo, tomó su plato, dio la vuelta y se retiró a la cocina, dejando a Liam sonriendo a sus espaldas, sabiendo que la tregua profesional pendía de un hilo muy delgado.




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