Paternidad Forzada

Capitulo 16

En cuanto el ascensor privado los dejó en su planta, Victoria no pudo contener la marea de emociones que llevaba retenida desde que Liam frenó la camioneta. La confesión en el auto la había dejado desarmada, asustada y, sobre todo, peligrosamente expuesta. Y cuando Victoria se sentía acorralada, su único mecanismo de defensa era atacar con todo su arsenal.

—¡Eres un maldito manipulador, Vance! —le gritó Victoria en mitad del pasillo, dándose la vuelta de golpe, con los puños apretados a los costados y la respiración agitada. Las curvas de su pecho subían y bajaban con fuerza bajo la blusa esmeralda—. ¿Te crees que soy una de las tantas idiotas que frecuentan tus reservados? ¡No voy a caer en tus encantos!

Liam, que cargaba el portabebés con un Víctor afortunadamente dormido, se detuvo en seco, mirándola con una seriedad que helaba la sangre. Pero ella ya no podía parar. Las inseguridades y el orgullo herido hablaban por ella, escupiendo cada palabra con una rabia contenida durante semanas.

—Sé perfectamente cómo operan los hombres como tú. Eres un playboy, Liam. Está en tu maldito código genético. Solo estás obsesionado conmigo porque soy la única mujer en esta ciudad que te ha dicho que no, la única que te pone multas y te obliga a limpiar pañales —continuó ella, con la voz quebrada por la frustración, dándole un par de pasos al frente—. Lo único que quieres es que baje la guardia, que caiga rendida a tus pies para inflar tu estúpido ego de macho alfa. Y en cuanto consigas lo que quieres, en cuanto te canses de la novedad, te vas a ir corriendo con la primera rubia de turno que te sonría en la barra de un club, mientras yo me quedo aquí metida, sola, cuidando a tu hijo como una tonta. ¡No soy tu juguete, Vance!

Los ojos de Liam se encendieron con una furia posesiva e incontenible. La acusación de Victoria, el hecho de que pusiera en duda lo que estaba sintiendo y que lo redujera a un simple cazador de alcoba, terminó por dinamitar su paciencia.

Sin importarle que estuvieran en el pasillo común, Liam dio dos zancadas largas, dejó el portabebés con una suavidad quirúrgica en el suelo alfombrado para no despertar al niño, y avanzó hacia ella como un depredador. Antes de que Victoria pudiera dar un paso atrás, Liam la tomó de los hombros con firmeza y la empujó con suavidad pero con una fuerza imponente contra la pared del pasillo, acorralándola por completo.

Colocó ambas manos a los lados de la cabeza de Victoria, apoyando las palmas en el muro y atrapándola en el espacio que formaba su cuerpo. La distancia se redujo a cero. Victoria podía sentir el calor abrasador que emanaba de su pecho, el aroma a cuero de su chaqueta y la respiración acelerada que le golpeaba el rostro.

—¡Cállate la boca de una buena vez, Victoria! —le espetó Liam en un susurro sibilante, con una intensidad tan profunda y cruda que la hizo temblar de arriba abajo. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía de piedra—. No tienes la menor idea de lo que estás diciendo. ¿Crees que esto es un juego para mi ego? Estoy cayendo rendido por ti, maldita sea. No puedo dormir, no puedo concentrarme en los malditos números del club, y casi le rompo la cara a un tipo en una sala de espera solo porque respiró cerca de ti. No puedo soportar verte con nadie más y punto.

Victoria lo miraba con los ojos desorbitados, con los labios entreabiertos, atrapada por la verdad descarnada que brillaba en las pupilas de su vecino. Liam se inclinó un milímetro más, rozando casi su nariz con la de ella, su voz descendiendo a un tono peligrosamente ronco.

—Te lo estoy diciendo de frente. Si no me crees, si tu maldita terquedad es más grande que lo que está pasando aquí, ya es problema tuyo. Yo ya no sé qué más hacer contigo.

Sin darle tiempo a responder, Liam se separó de la pared con un movimiento brusco. Se agachó, tomó el portabebés con una mano, sacó la tarjeta electrónica de su bolsillo, abrió la puerta del penthouse y entró, dejándola completamente sola, temblando y con la espalda pegada a la pared del pasillo exterior, frente a la puerta de su propio apartamento de invitados.
Victoria se quedó estática durante un minuto entero, escuchando el eco del portazo sutil de Liam. El pulso le iba a mil por hora. Sus mejillas ardían y la adrenalina le recorría las venas. La lógica le decía que se quedara en su espacio, que cerrara su puerta y mantuviera la distancia profesional, pero el fuego que Liam había encendido en su interior era demasiado potente. La terquedad y el orgullo la empujaron a actuar.

Cruzó el pasillo con paso firme, abrió la puerta del penthouse de Liam con su copia de la llave y entró como un torbellino. Caminó por el pasillo interior directo hacia la sala.

—¡Liam! —lo llamó en voz alta.

Liam acababa de salir de la habitación principal tras dejar a Víctor acomodado y seguro en su cuna. Todavía llevaba la chaqueta de cuero abierta y la expresión de su rostro seguía siendo gélida, seria. Al verla irrumpir en su sala, se detuvo junto al gran sofá de piel, cruzándose de brazos.

—¿Qué quieres, Victoria? Pensé que te había quedado claro que la conversación terminó —dijo él, con una frialdad que buscaba marcar distancia.

Victoria lo siguió hasta el centro de la sala, parándose frente a él, desafiándolo con la mirada a pesar de los nervios que la carcomían por dentro.

—Solo dices todas esas ridiculeces porque llevas un mes metido en este apartamento sin ver la luz del sol —le soltó ella, apuntándolo con el dedo, intentando convencerse más a sí misma que a él—. Solo es la abstinencia, Vance. No has estado con una mujer en semanas por estar cuidando al bebé, y como soy la única que tienes cerca, proyectas toda tu frustración en mí. Es puramente físico. Así que, ¿sabes qué? Te doy permiso. Sal de este apartamento esta misma noche, ve a uno de tus clubes, busca a cualquier mujer que esté dispuesta a lamer el suelo por donde caminas y acuéstate con ella. Quítate esa tensión de encima y verás cómo mañana te olvidas de esta supuesta obsesión conmigo.




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