Paternidad Forzada

Capitulo 18

Victoria caminaba de un lado a otro en la solidad de su apartamento, maldiciéndose en todos los idiomas que conocía. Tenía las mejillas encendidas y las manos aún le temblaban levemente. No podía creer que ella, la auditora implacable, la mujer que se jactaba de tener un control absoluto sobre su vida y sus emociones, hubiera terminado convulsionando de puro placer en el sofá de su jefe, cediendo ante el juego del playboy que tanto había criticado.

Lo peor de todo no era el arrepentimiento; lo verdaderamente terrorífico era que, cada vez que cerraba los ojos y el recuerdo de las manos grandes de Liam masajeando sus pechos regresaba a su mente, una oleada de calor líquido volvía a instalarse en su entrepierna. Su cuerpo recordaba la fricción, la dureza de su erección y la forma en que él la había dominado. Sintiendo una punzada de pánico ante su propia vulnerabilidad, Victoria se sentó en el borde de la cama y tomó una decisión radical: haría cualquier cosa para demostrarle a Liam —y a sí misma— que lo del domingo no había sido más que un arrebato físico, una simple debilidad del momento sin la más mínima importancia.

La oportunidad perfecta se presentó a mitad de semana cuando Julián, un excompañero de la universidad que llevaba meses intentando agendar una salida con ella, le escribió por mensaje de texto. En un acto de pura desesperación por marcar distancia, Victoria aceptó salir a cenar con él el siguiente domingo, su día libre.

Llegado el fin de semana, Victoria se esmeró en su arreglo. Se colocó un vestido de punto acanalado en color negro que abrazaba de manera espectacular sus curvas, dejando al descubierto sus hombros y resaltando la calidez de su piel. Justo cuando terminaba de retocarse el labial frente al espejo, su teléfono celular vibró sobre la mesa de noche. Era un mensaje de Liam.

Liam: Victoria, de verdad lamento lo que pasó el otro día. Fui un cavernícola y no debí presionarte así. Víctor y yo te extrañamos. ¿Qué te parece si compramos pizza y vemos una película los tres juntos esta noche? Olvidemos el trabajo por unas horas.

Victoria apretó los dientes, sintiendo una dolorosa punzada de nostalgia en el pecho. Estuvo a punto de ceder, pero el orgullo fue más fuerte. Con los dedos rígidos, tecleó la respuesta que sabía que funcionaría como una declaración de guerra.

Victoria: Agradezco la invitación y las disculpas, Liam, pero no podré asistir. Estoy fuera del edificio, en una cita.

En el penthouse, Liam Vance se quedó congelado a mitad de la sala con el teléfono en la mano. Leyó el mensaje una, dos, tres veces, sintiendo que la sangre le subía a la cabeza a una velocidad alarmante. ¿Una cita? ¿Después de la manera en que se habían entregado en ese mismo sofá? La rabia y una posesividad salvaje se apoderaron de él. Caminó de un lado a otro del salón con Víctor en brazos, con la mandíbula tan apretada que le dolían los dientes. No iba a quedarse de brazos cruzados cuidando al bebé mientras otro imbécil intentaba tocar lo que, en su mente y en su piel, ya le pertenecía.

A través de un rápido rastreo de la ubicación, Liam no tardó más de veinte minutos en averiguar el lugar: Le Boulevard, uno de los restaurantes más lujosos y exclusivos de la zona alta de la ciudad.

Una hora más tarde, Victoria se encontraba sentada a una mesa iluminada por velas, intentando prestar atención a la interminable y egocéntrica conversación de Julián sobre sus logros en la bolsa de valores. Sin embargo, la velada se interrumpió de golpe cuando un murmullo generalizado recorrió el elegante comedor.
Victoria levantó la vista y casi se le cae la copa de vino de las manos.

Ahí estaba Liam Vance. El hombre de la vida nocturna caminaba entre las mesas de manteles largos vistiendo unos jeans oscuros, una camisa de lino blanca ligeramente desabrochada en el pecho y su habitual chaqueta de cuero. Pero el accesorio que dejó a todo el restaurante en shock era el bebé de pocas semanas que cargaba en un elegante fular azul marino contra su pecho. Liam lucía increíblemente atractivo, una mezcla perfecta de peligro masculino y ternura paternal que hacía que todas las mujeres del lugar suspiraran.

Con total desparpajo y una sonrisa perezosa adornándole el rostro, Liam caminó directo hacia la mesa de Victoria.

—¡Vaya, qué coincidencia tan maravillosa! —exclamó Liam con una voz impostada, deteniéndose justo al lado de la silla de Victoria.

Julián se tensó en su asiento, mirando al intruso con una mezcla de molestia y confusión.

—¿Liam? ¿Qué haces aquí? —siseó Victoria a través de los dientes, con los ojos oscuros echando chispas.

—Oh, disculpa que interrumpa, de verdad —dijo Liam, ignorando por completo la furia de la mujer y girándose hacia el pretendiente con una condescendencia brutal. Le plantó una de sus mejores sonrisas con hoyuelos y le extendió la mano—. Hola, soy Liam Vance. El... jefe de Victoria. Verás, es que el pequeño Víctor no quería tomarse el biberón y no paraba de llorar por su mami, así que tuvimos que salir a buscarla. Sabes cómo son estas emergencias familiares, ¿no? A veces las empleadas confunden sus días libres con desentenderse de sus obligaciones más... íntimas.

Julián se puso completamente rojo, mirando a Victoria y luego al bebé, sintiéndose el tonto más grande de la noche ante la imponente y arrolladora presencia del millonario.

—Yo... no sabía que tenías un hijo, Victoria... ni que estabas tan comprometida con tu... jefe —tartamudeó Julián, completamente intimidado por la mirada oscura y posesiva que Liam le estaba clavando.

—No te preocupes, amigo, suele pasar —remató Liam, dándole una palmada condescendiente en el hombro al hombre—. Nosotros ya nos retirasmos para que terminen su... cena de negocios. Nos vemos en casa, Victoria. No tardes, el niño te extraña en la cama.

Con un guiño descarado, Liam se dio la vuelta y caminó hacia la salida con paso firme, dejando un rastro de caos a su paso.
Victoria sentía que la sangre le hervía de la humillación y la furia. Julián pidió la cuenta cinco minutos después, balbuceando excusas baratas para terminar la cita de inmediato. Sin embargo, mientras Victoria caminaba hacia el estacionamiento para tomar un taxi de regreso, sintió que el corazón le latía a mil por hora en el pecho.
Estaba enfurecida, sí, pero la audacia descarada, los celos primitivos y el despliegue de poder de Liam para sabotearle la noche le habían provocado un escalofrío de puro deseo que no podía ocultar.




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