Paternidad Forzada

Capitulo 19

El viaje de regreso en el taxi había sido un calvario de silencio para Victoria, una tortura alimentada por la indignación y el eco de los latidos de su propio corazón. Cuando abrió la puerta del penthouse con su copia de la llave, el silencio del lugar la recibió como una burla. Escuchó los pasos apagados de Liam en el pasillo del fondo, moviéndose con esa familiaridad de quien ya sabe cómo acunar a un niño para devolverlo al sueño sin perturbar la noche.

Victoria se quedó de pie en el centro del gran salón. El vestido negro de punto acanalado todavía se ceñía a sus curvas, pero la sofisticación de la cita ya se había evaporado, reemplazada por una vibración de pura rabia que le tensaba los hombros. Cuando Liam apareció en el umbral del pasillo, habiéndose quitado ya la chaqueta de cuero y quedando solo en esa maldita camisa de lino blanca con las mangas remangadas hasta los antebrazos, ella no lo dejó ni respirar.

—Eres un cavernícola, un imbécil arrogante y un maldito manipulador, Liam Vance —soltó Victoria, con la voz temblando por la furia contenida, apuntándolo con el dedo mientras daba un paso hacia él—. ¿Quién demonios te crees que eres para aparecerte en un restaurante público a montar semejante circo? Humillaste a Julián, me dejaste en ridículo frente a todo el mundo y utilizaste a tu propio hijo como un escudo para tus arranques de macho herido. ¡No tienes ningún derecho sobre mí!

Liam se detuvo a unos metros de ella, apoyando una mano en el respaldo del sofá de piel, el mismo escenario de la locura del domingo anterior. No parecía enfadado; su rostro reflejaba una calma densa, cansada, e impregnada de esa seriedad brutal que adoptaba cuando dejaba de lado la máscara de playboy.

—Ya te lo dije en el auto el otro día, Victoria —respondió él, con la voz baja, un tono grave que pareció ocupar todo el espacio de la sala—. Te lo dije con todas las letras y sin rodeos. Lo que siento por ti no es un juego, ni un capricho. No puedo soportar la idea de que estés con alguien más. Te estoy diciendo que siento algo real por ti, maldita sea.

Victoria soltó una carcajada amarga, una risa seca cargada de escepticismo que pretendía ocultar el vuelco que le había dado el estómago.

—¿Sientes algo por mí? ¡Por favor, Liam! —exclamó, cruzándose de brazos, forzando un tono de desprecio—. Tú sientes algo por todas las mujeres que se te cruzan por delante. Es tu naturaleza. Te encanta el proceso, te fascina la cacería. Sientes algo por la rubia de la barra, por la modelo del reservado y ahora, como estás encerrado, decidiste que sientes algo por la auditora que te pone los puntos sobre las íes. No eres más que un adicto a la novedad.

Liam no pestañeó. La distancia que los separaba comenzó a acortarse con pasos lentos, calculados, que hicieron que el aire del salón se volviera espeso en un segundo.

—¿Eso es lo que de verdad crees? —preguntó él, deteniéndose a escasos centímetros de ella, obligándola a levantar la barbilla para sostenerle la mirada—. ¿Crees que esto es solo una cacería? Entonces dime una cosa, Victoria... ¿Tú sientes algo por mí?

Ella abrió la boca para soltar un "no" rotundo, pero Liam se le adelantó, inclinándose apenas lo suficiente para que su aliento cálido le rozara la frente.

—Dime que no sientes nada. Dime que cuando estás conmigo no se te acelera el pulso. Y más importante aún... —una sonrisa perezosa, cargada de una sensualidad canalla, delineó sus labios—. Dime si todavía recuerdas el orgasmo que tuviste en este mismo sofá. Dime que no te acuerdas de cómo temblabas entre mis manos.

El golpe bajo de la mención de su propia rendición física desestabilizó a Victoria por completo. El rubor traicionero le tiñó las mejillas de un rojo violento.

—No... no me acuerdo de nada. Fue un error, un arrebato físico que no significó absolutamente nada —mintió con desesperación, dando un paso atrás para escapar de la presión de su presencia.
Pero Liam no la dejó ir. Continuó avanzando, acortando el espacio con una parsimonia implacable hasta que la espalda de Victoria chocó firmemente contra la pared lisa del comedor. Quedó atrapada, sin escapatoria, con el cuerpo imponente de él actuando como una barrera insalvable.

Liam estiró la mano con una lentitud que resultó casi agónica. Sus dedos largos y cálidos se hundieron con delicadeza en el cabello castaño de Victoria, apartando unos mechones rebeldes de su rostro. El tacto fue suave, un contraste absoluto con la tensión que flotaba entre ambos. Deslizó las yemas de sus dedos por la curva de su oreja, delineando el lóbulo con un roce mínimo que provocó que a Victoria se le escapara un estremecimiento involuntario por la columna vertebral.

Luego, la mano de Liam descendió por la línea de su mejilla, acariciando la piel canela con una ternura que la desarmaba más que cualquier discusión, hasta bajar el trayecto hacia su cuello. Ahí, sus dedos se detuvieron, rozando con suavidad la fina gargantilla de plata que ella llevaba puesta para la cita, sintiendo bajo la joyería el pulso desbocado que golpeaba con fuerza en su carótida.

Liam levantó la mirada, clavando sus ojos en los de ella. Victoria tenía los labios entreabiertos, los ojos cargados de una mezcla de rabia y deseo, y su pecho subía y bajaba en una respiración entrecortada y rítmica que delataba la agitación de su cuerpo.

Liam expandió su sonrisa, una mueca de sutil triunfo masculino.

—Ves... tu cuerpo dice una cosa completamente diferente, Vic —murmuró, con la voz reducida a un susurro ronco, casi imperceptible—. Estás temblando.

Liam se inclinó más, acorralándola con el calor de su pecho. Sus labios se acercaron a los de ella, rozándolos de manera milimétrica, una caricia de aire y fricción tan sutil que hizo que Victoria, entregada al instinto y al hambre contenida de la semana, abriera la boca de manera inconsciente, esperando el impacto del beso salvaje que la devolviera al delirio. El clítoris le mandó una pulsación de puro deseo, exigiéndole el contacto.




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