La furia de la noche anterior y el torbellino de almohadas estrelladas contra el suelo de su apartamento se disolvieron en el aire a las tres de la madrugada. El teléfono de Victoria comenzó a vibrar con una insistencia frenética sobre la mesa de noche, rompiendo el tenso silencio en el que intentaba, sin éxito, conciliar el sueño. Al ver el nombre de Liam en la pantalla, su instinto de niñera se puso en alerta máxima; él sabía perfectamente que no debía llamarla a esa hora a menos que pasara algo con Víctor.
—¿Liam? ¿Qué pasa? —respondió, con la voz aún pastosa por el letargo pero cargada de una inmediata rigidez.
—Victoria... es Víctor —la voz de Liam no tenía rastro de la arrogancia canalla del restaurante, ni de la suficiencia táctica con la que la había dejado con las ganas horas antes. Sonaba rota, temblorosa, impregnada de un pánico crudo y primitivo—. Está hirviendo, Victoria. No para de llorar y está muy caliente. Por favor, ven.
Victoria no necesitó escuchar más. Saltó de la cama, se calzó las pantuflas y, vistiendo su pijama de algodón, cruzó el pasillo común en segundos, abriendo la puerta del penthouse sin llamar.
La escena en la habitación principal la conmovió y la puso en marcha al mismo tiempo. Las luces estaban encendidas a media intensidad. Liam, descalzo, vistiendo únicamente un pantalón de chándal gris y con el torso desnudo, caminaba de un lado a otro con el bebé pegado a su pecho. El pequeño Víctor tenía las mejillas encendidas en un rojo escarlata, los ojitos hinchados y emitía un llanto débil, un quejido constante y lastimero que partía el alma.
—¿Cuánto tiene? —preguntó Victoria, acercándose de inmediato y posando el dorso de su mano sobre la frente del pequeño. La piel del bebé quemaba—. Dios, Liam, está volando en fiebre.
—El termómetro dice treinta y ocho y medio —respondió él, con los ojos oscuros desorbitados por el miedo, fijos en ella como si fuera su único faro en mitad de la tormenta—. Le di la dosis de paracetamol que nos indicó el pediatra el martes, pero no parece hacerle efecto. No sé qué hacer, Victoria. ¿Deberíamos ir a la clínica de urgencias? ¿Y si es algo grave?
En ese instante, todas las barreras defensivas, los orgullos heridos y los juegos de seducción que habían estado desgastando su relación se evaporaron por completo. Ya no eran el playboy y la vecina implacable midiendo sus fuerzas; eran dos adultos concentrados en la única prioridad que importaba: el bienestar de la criatura indefensa que dependía de ellos.
—Tranquilo, respira —ordenó Victoria, manteniendo la cabeza fría—. La fiebre es baja, es una reacción normal de su sistema inmune. El medicamento tarda unos cuarenta minutos en hacer efecto. Vamos a bajarle la temperatura de forma física mientras tanto. Ve al baño, prepara un recipiente con agua tibia... tibia, Liam, no fría, o le daremos un choque térmico. Trae un par de paños limpios. ¡Muévete!
Liam asintió de inmediato, acatando las órdenes sin un solo amago de discusión. Dejó al bebé con cuidado en los brazos de Victoria y corrió al baño principal.
Durante las siguientes cuatro horas, el penthouse se transformó en un santuario de cuidado mutuo y devoción silenciosa. Victoria se sentó en el gran sillón de la sala con Víctor en el regazo, habiéndole quitado la ropa para dejarlo solo en pañal. Liam regresó con el agua y se arrodilló en la alfombra, justo a los pies de ellos. Con una delicadeza inaudita para sus manos grandes y acostumbradas a la rudeza, empapaba los paños, los escurría con esmero y los colocaba suavemente sobre la frente, las axilas y el vientre del pequeño.
Victoria observaba a Liam en el silencio de la madrugada, iluminados apenas por la lámpara de pie del salón. El hombre irresponsable que llenaba los tabloides, el hombre que ella misma había tildado de adicto a la novedad y de incapaz de mantener un compromiso, se había transformado por completo ante sus ojos. Había una devoción pura y un instinto protector indomable en la forma en que Liam le soplaba suavemente la frente al niño para refrescarlo, o en cómo le susurraba palabras de aliento en voz baja, con la mandíbula apretada por la angustia pero los movimientos cargados de una ternura infinita.
A las cinco de la mañana, la combinación del paracetamol y las compresas de agua finalmente surtió efecto. El llanto lastimero de Víctor cesó, su respiración se volvió pausada y profunda, y su piel recuperó la calidez normal de un bebé sano. Se había quedado profundamente dormido, completamente relajado sobre el pecho de Victoria.
Liam, que seguía arrodillado en el suelo con el último paño en la mano, soltó un suspiro largo y ruidoso, dejando caer la cabeza contra el borde del sillón en una señal de alivio absoluto.
—Se le bajó —murmuró él, con la voz rasgada por el cansancio, mirando al niño con una mezcla de adoración y alivio—. Gracias a Dios. Creo que ya pasó lo peor.
—Te lo dije. Solo era un susto —respondió Victoria en un susurro, sintiendo que el agotamiento de la noche también empezaba a pasarle factura a su propio cuerpo. Sus músculos, tensos por la adrenalina, comenzaron a aflojarse.
Liam se puso de pie con movimientos pesados, estirando los músculos de su espalda. Tomó al bebé de los brazos de Victoria con una suavidad extrema para no despertarlo, caminó con paso lento hacia la habitación principal y lo acomodó en su cuna, asegurándose de arroparlo de manera perfecta.
Cuando Liam regresó a la sala, encontró a Victoria aún sentada en el gran sillón. Tenía las piernas recogidas contra el pecho, abrazando sus rodillas, y los ojos oscuros entrecerrados, librando una batalla perdida contra el sueño. La blusa de su pijama se había movido un poco, revelando la línea de su clavícula, y sus curvas se amoldaban de manera perezosa a los cojines.
Liam no dijo nada. No había espacio para la ironía, ni para los discursos sobre quién tenía la razón. Con una naturalidad que los sorprendió a ambos, se deslizó en el sillón justo detrás de ella.
Editado: 24.07.2026