Paternidad Forzada

Capitulo 21

El amanecer terminó de romper sobre la ciudad, colando hilos de luz dorada a través de las persianas del salón. El calor del sol naciente comenzó a disipar el frío de la madrugada, pero en el espacio confinado del sillón, la temperatura corporal era lo único que dictaba la realidad.

Victoria fue la primera en abrir los ojos. Le tomó un par de segundos recordar dónde estaba, hasta que el peso del brazo musculoso de Liam, rodeándole la cintura con firmeza, y el roce constante de su pecho desnudo contra su espalda la devolvieron al presente. Estaban encajados a la perfección, una cucharita perfecta que había resistido el paso de las horas de sueño. Su cuerpo se sentía extrañamente cómodo, protegido en esa fortaleza de carne y hueso.

Intentó moverse con suavidad para no despertarlo, pero el sutil cambio de peso hizo que Liam reaccionara. Él soltó un gruñido ronco, bajo, y en lugar de soltarla, apretó más el agarre de su mano en su vientre, pegándola aún más a sus caderas.

—No te muevas todavía —murmuró él con la voz pastosa, rota por el sueño, pegando los labios a la nuca de ella.

Victoria tragó saliva, sintiendo un vuelco violento en el estómago. Se giró lentamente dentro del abrazo, quedando de frente a él. La cercanía en ese instante fue demasiada, casi asfixiante. Apenas un par de centímetros separaban sus rostros. Podía ver las pestañas oscuras de Liam, la sombra de la barba de varios días que le marcaba la mandíbula y la intensidad de sus ojos oscuros que, completamente abiertos ahora, la escaneaban con una fijeza que le cortaba la respiración.

El aire entre los dos se volvió denso, rítmico, guiado únicamente por el vaivén de sus pechos que se rozaban a cada segundo. Las miradas se sostuvieron en un silencio sepulcral, cargado de todas las verdades que habían intentado camuflar detrás de gritos y reproches. Ya no había discusiones de oficina, ni celos en restaurantes lujosos, ni fiebres nocturnas que sirvieran de distracción. Solo quedaban ellos dos, desnudos en sus intenciones.

Liam bajó la vista hacia los labios entreabiertos de Victoria. Sin prisa, con una deliberación agónica, acortó la distancia que faltaba y le robó un beso.

No fue el impacto salvaje del sofá, ni la provocación del granito de la cocina. Fue un beso lento, pausado, casi reverente, pero cargado con todo el peso de la tensión que llevaban acumulando desde el primer día que cruzaron miradas. Los labios de Liam, cálidos y suaves, moldearon los de ella con una parsimonia que hizo que a Victoria se le derritieran las defensas de golpe. Soltó un suspiro ahogado dentro de su boca, entregándose al contacto, permitiendo que la lengua de él delineara la suya en una caricia húmeda y profunda que le recorrió la espina dorsal como un relámpago. Su clítoris latió con una sutil pulsación de puro deseo, reclamando más de esa droga física que Liam le dosificaba.

Pero la realidad en ese apartamento tenía un cronómetro implacable.

Desde la habitación del fondo, el llanto agudo y ya recuperado del pequeño Víctor rompió el silencio del alba. El bebé reclamaba su biberón matutino con la energía renovada de quien ya no tiene fiebre.
El sonido funcionó como un resorte para Victoria. Rompió el beso de inmediato, empujando suavemente el torso desnudo de Liam para ganar distancia. Se levantó del sillón con torpeza, pasándose las manos por el cabello desordenado y acomodándose la pijama con una prisa nerviosa. El rubor le quemaba las mejillas.

—Víctor... Víctor ya despertó. Tengo que ir por él —balbuceó, intentando recuperar la compostura que acababa de perder por completo—. Y Liam... esto no puede volver a pasar. De verdad. Tenemos que mantener una distancia. Esto es un trabajo, yo soy la niñera y tú eres el jefe. El profesionalismo...

Liam se quedó recostado en el sillón, apoyando el peso de su cuerpo en un codo. Una sonrisa perezosa, mansa pero cargada de una seguridad absoluta, dibujó los hoyuelos en su rostro. La vio intentar levantar sus muros de piedra una vez más, pero esta vez no se inmutó.

—Victoria, mírame —dijo él, levantándose con parsimonia, quedando de pie frente a ella, imponente y tranquilo.

Ella lo miró, a la defensiva.

—El contrato ya no sirve para una maldita cosa. El juego cambió anoche —sentenció Liam, dando un paso al frente, con una suavidad que la descolocó—. Ya no voy a jugar a provocarte en los pasillos, ni voy a pretender que solo eres la empleada que cuida de mi hijo.

Se acercó lo suficiente para tomar una de las manos temblorosas de Victoria entre las suyas, obligándola a sostenerle la mirada.

—Te lo estoy diciendo en serio. Voy a empezar a cortejarte de verdad. Con flores, con detalles, con citas reales donde ningún imbécil te mire, y sobre todo, con el respeto que te mereces. Te vas a enamorar de mí, Victoria, porque no pienso detenerme hasta que seas mía en todos los sentidos del contrato. Ahora ve por mi hijo, que yo preparo el desayuno.

Victoria se quedó muda, con el corazón latiéndole en la garganta y la mano aún cálida por su tacto. Sin saber qué responder ante la declaración formal de su vecino, dio la media vuelta y caminó hacia el pasillo con las piernas como gelatina, sabiendo que todas sus malditas reglas acababan de quedar reducidas a cenizas.




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