Paternidad Forzada

Capitulo 22

La gala anual del consorcio corporativo de Liam Vance; era el epicentro del glamour, los negocios de la vida nocturna y el desfile obligatorio de la alta sociedad y el entretenimiento. Durante los últimos tres años, la prensa del corazón se alimentaba de la misma expectativa: descubrir qué modelo de pasarela o qué estrella de telerrealidad escoltaría al heredero playboy en la alfombra roja.

Pero esta vez, el rey del circuito nocturno tenía un guion completamente diferente.

—No me importa nada, Victoria. El sábado por la noche vas a ir conmigo —sentenció Liam, apoyado en el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre su pecho—. Y no vas a ir a cuidar a Víctor. Vas como mi pareja oficial.

Victoria levantó la vista de sus hojas de cálculo, acomodándose las gafas con un gesto de fastidio fingido para ocultar el vuelco que le había dado el corazón.

—Liam, por favor. Ese es un evento para tus socios y la prensa. Yo soy tu niñera. Mi lugar está aquí, asegurándome de que Victor este bien —replicó ella, intentando mantener la línea profesional que él se empeñaba en borrar a diario—. Además, ¿con quién se va a quedar el niño?

—Ya contraté a una agencia de enfermeras pediátricas certificadas y con referencias triple A para que lo cuiden esas cuatro horas. El apartamento estará blindado —respondió él, acercándose a la mesa y dejando una enorme caja de terciopelo negro sobre los papeles de Victoria—. Y esto no es negociable. Te dije que te iba a cortejar de verdad, y eso empieza por mostrarle a todo el mundo con qué mujer estoy.

Cuando Victoria abrió la caja esa misma tarde, se le cortó el aliento. Dentro reposaba un vestido de gala en seda pesada de color rojo borgoña. El diseño era una obra de arte conceptual: escote palabra de honor que desafiaba la gravedad, un corpiño estructurado que se ceñía a su cintura y una caída que abrazaba y glorificaba la exuberancia de sus caderas con una sensualidad descarada y elegante.

El sábado por la noche, el Gran Salón del club Palace estaba blindado por un muro de fotógrafos y luces de flash que encandilaban los ojos. El murmullo de las conversaciones de la élite empresarial y las celebridades locales se detuvo de golpe cuando las puertas principales se abrieron para anunciar la llegada del anfitrión.

El impacto en el salón fue colectivo. Liam Vance lucía impecable, una estampa de masculinidad pulida con un esmoquin negro hecho a medida que resaltaba su porte imponente y sus hombros anchos. Pero lo que verdaderamente congeló a los reporteros fue la mujer que llevaba sujeta del brazo.

Victoria caminaba con una seguridad innata, realzada por el vestido borgoña que se movía como fuego líquido a cada paso que daba. Su piel canela contrastaba de manera exquisita con el color del traje, y su cabello castaño iba recogido en un moño alto y elegante que dejaba al descubierto su cuello largo y la línea de sus hombros. No llevaba grandes joyas; no las necesitaba. La madurez y la opulencia natural de sus curvas eran la única declaración de poder que requería.

—Quédate cerca de mí —le susurró Liam al oído, su mano grande asentada con una firmeza posesiva en la pequeña curva de su espalda baja mientras avanzaban entre la multitud—. Estás tan jodidamente hermosa que me está costando respirar.

La prensa se abalanzó, los flashes se multiplicaron y las preguntas llovieron sobre la identidad de la misteriosa acompañante. Liam no soltó la cintura de Victoria ni un solo segundo. Con una sonrisa de suficiencia que lucía sus característicos hoyuelos, se limitó a responder a los micrófonos:

—Ella es Victoria. Mi mujer.

El resto de la velada fue una prueba de fuego para los nervios de Victoria. En cuanto entraron a la zona VIP del salón, una horda de modelos, actrices de televisión e influencers de renombre se acercaron al círculo de Liam con la obvia intención de acaparar la atención del soltero más codiciado de la ciudad.

Victoria sintió una punzada caliente y afilada en el estómago —celos puros y territoriales— al ver cómo una actriz de piernas kilométricas se inclinaba demasiado hacia Liam para susurrarle algo al oído, rozando "accidentalmente" el brazo de él. Victoria apretó los dientes, dispuesta a dar un paso atrás y dejarle el terreno libre para no perder la compostura, pero Liam la retuvo.

Antes de que la actriz pudiera terminar su frase, Liam estiró el brazo, tomó la copa de champaña de Victoria y, sin quitarle los ojos de encima de ella, le dio un sorbo sutil mientras ignoraba por completo el coqueteo de la celebridad. Sus ojos oscuros, cargados de una devoción densa y exclusiva, estaban fijos en el rostro de Victoria, mudos a cualquier otra presencia en el lugar. Para Liam Vance, el salón de gala estaba completamente vacío.

A mitad de la noche, cansada del asedio de las cámaras y de la tensión del ambiente, Victoria se escabulló hacia el pasillo lateral que conducía a las terrazas privadas del hotel, buscando un poco de aire fresco. Sin embargo, no llegó muy lejos.

Una mano grande la tomó de la muñeca con firmeza y la arrastró hacia el hueco oscuro y resguardado que formaban las pesadas cortinas de terciopelo de una de las esquinas del pasillo, lejos de las miradas de los invitados.

—¿Intentando huir de mí? —preguntó Liam, acorralándola de inmediato contra la pared texturizada, su cuerpo imponente bloqueando cualquier entrada de luz.

—Liam, nos van a ver... —alcanzó a protestar ella, pero su voz se extinguió cuando la boca del magnate se estrelló contra la suya.

El beso fue un incendio instantáneo. Cargado de la abstinencia forzada de los últimos días y de la adrenalina de haberla exhibido ante el mundo, Liam la devoró con una desesperación salvaje. Victoria soltó un jadeo ahogado, abriendo los labios para permitir que su lengua se entrelazara con la de él en una danza húmeda y posesiva que le devolvió el dolor dulce a su entrepierna.

Aprovechando la penumbra del rincón y el grosor de las cortinas, las manos de Liam bajaron con rapidez. Una de ellas se enredó en la seda del vestido, subiendo por el muslo de Victoria hasta encontrar la calidez de su piel desnuda. Sus dedos largos se deslizaron hacia arriba, masajeando la carne de sus caderas con una firmeza que la hizo temblar, mientras su otra mano se colaba por el corpiño del vestido, atrapando la plenitud de uno de sus pechos libres de sostén.




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