Paternidad Forzada

Capitulo 23

La tregua forzada tras las cortinas del pasillo no hizo más que avivar un incendio que ya era incontrolable. De regreso en el Gran Salón Palace, el aire se sentía más denso, cargado de los aromas entrelazados del perfume de Victoria y el olor a cuero e impregnación masculina que emanaba de Liam. Para el resto de los asistentes, la velada continuaba con su opulencia habitual: el champaña fluía, las risas de la alta sociedad resonaban bajo las enormes lámparas de cristal y las bandas de jazz suavizaban el ambiente. Pero para ellos dos, la fiesta se había convertido en una tortura consentida.

Liam arrastró a Victoria de vuelta al epicentro del evento, pero su actitud había cambiado. Ya no era solo el anfitrión impecable; era un hombre que reclamaba su territorio con cada fibra de su ser. Continuó presentándola a los socios mayoritarios de su cadena de clubes, a inversores extranjeros y a viejos amigos de la élite de los negocios.

—Esta es Victoria —repetía una y otra vez, su voz grave resonando con un orgullo posesivo —. La única persona que ha logrado poner en orden mi caos.

Pero mientras mantenía una conversación impecable sobre los márgenes de beneficio del próximo trimestre con un inversionista suizo, la mano de Liam ejecutaba un plan completamente diferente. Su palma grande, cálida y firme, permanecía anclada en la espalda descubierta de Victoria, justo donde el vestido borgoña bajaba en un corte limpio. Con movimientos lentos, casi imperceptibles para los demás, Liam deslizaba las yemas de sus dedos por la espina dorsal de ella, subiendo y bajando, presionando sutilmente la piel sensible.

De vez en cuando, sus dedos se desviaban hacia los costados, delineando la curva generosa de su cintura, apretando la carne abundante de sus caderas con una firmeza que obligaba a Victoria a contener el aliento. En un par de ocasiones, mientras alguien más hablaba, Liam se inclinaba sutilmente hacia ella, fingiendo una confidencia profesional, solo para rozar su oreja con los labios y dejar escapar un suspiro caliente que la hacía temblar de arriba abajo.

Victoria sentía que la cabeza le daba vueltas. El estímulo constante, la restricción del entorno público y la certeza de que bajo la seda de su traje su intimidad ya estaba completamente empapada, la estaban volviendo loca. El clítoris le dolía con una pulsación rítmica y punzante, exigiéndole el contacto que Liam le dosificaba con una crueldad exquisita. Intentaba mantener la sonrisa de cortesía y asentir ante los socios, pero sus ojos oscuros estaban inyectados en una bruma de puro deseo.

Aprovechando que el inversionista suizo se giró un segundo para saludar a otro ejecutivo, Victoria se inclinó hacia el hombro del esmoquin de Liam. Su respiración era tan entrecortada que apenas pudo articular las palabras.

—Liam... basta —le susurró al oído, con la voz rasgada, un ruego que sonó más como una rendición—. Me estás matando. No puedo seguir aquí parada.

Liam se giró hacia ella. La máscara del anfitrión educado se desmoronó en un segundo, revelando la mirada oscura, hambrienta y depredadora del hombre que llevaba toda la noche conteniéndose. Los hoyuelos desaparecieron, reemplazados por una tensión brutal en la mandíbula.

—Perfecto. Porque yo tampoco aguanto un maldito minuto más —respondió él en un susurro sibilante.

Sin despedirse formalmente, Liam la tomó de la mano con un agarre de hierro y la guio a través de la multitud con paso firme, ignorando los llamados de un par de conocidos. Cruzaron las puertas laterales del salón de gala y se internaron en el pasillo reservado del club del hotel, un área de oficinas corporativas que a esa hora del sábado se encontraba completamente desierta.

Liam sacó una tarjeta magnética de su bolsillo, la deslizó por la cerradura de la oficina privada de la dirección general y empujó a Victoria hacia el interior, cerrando la puerta tras de sí con un golpe seco que selló el cerrojo automático.

La penumbra del despacho, iluminado únicamente por las luces de la ciudad que se filtraban a través del enorme ventanal de piso a techo, fue el detonante definitivo. No hubo preámbulos, ni palabras de cortesía, ni espacio para el decoro. Liam la tomó por la cintura y la empujó con una fuerza imponente contra el borde del enorme escritorio de caoba maciza que dominaba el centro de la habitación.

El impacto sutil de sus caderas contra la madera hizo que Victoria soltara un jadeo, que fue devorado de inmediato por la boca de Liam. El beso fue brutal, pasional, cargado del hambre de semanas de celibato y de la adrenalina de la noche. Liam introdujo su lengua con una desesperación posesiva, saboreándola con un esmero que le robó a Victoria la poca cordura que le quedaba. Sus manos grandes se enredaron en el moño alto de ella, desarmándolo por completo, haciendo que el cabello castaño cayera en cascada sobre sus hombros descubiertos mientras profundizaba el contacto.

Victoria rodeó el cuello de Liam con los brazos, pegando su pecho abundante contra el esmoquin de él, gimiendo contra sus labios mientras sentía la presión descomunal de la erección, rígida y enorme, golpeando contra su vientre a través de las telas.

Liam bajó el beso por su mandíbula, descendiendo hasta su cuello, donde succionó la piel con una ferocidad que sabía que dejaría marca, una firma invisible pero real de su propiedad. Sus manos bajaron al unísono por la seda pesada del vestido borgoña, acumulando la tela en la cintura de Victoria hasta dejar al descubierto sus piernas y sus caderas.

Con un movimiento fluido, Liam la levantó por los muslos y la acomodó sentada en el borde del escritorio de caoba. Victoria abrió las piernas por puro instinto, permitiendo que él se encajara en el espacio entre sus muslos. El calor que emanaba de su centro húmedo era una invitación formal a la destrucción. Liam metió las manos por debajo de la prenda íntima de encaje negro de Victoria, apartándola con un tirón firme pero cuidadoso, exponiendo su feminidad por completo a la penumbra de la oficina.
Victoria esperaba que él se desabrochara el pantalón, que la tomara ahí mismo con la urgencia que ambos compartían. Quería sentir la plenitud de su dureza llenándola, rasgando la tensión. Sin embargo, Liam tenía otros planes. El playboy sabía perfectamente cómo prolongar el tormento.




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