Paternidad Forzada

Capitulo 24

La luz del domingo entró sin pedir permiso por los enormes ventanales del penthouse, disipando la bruma de la noche anterior. Victoria se despertó en la soledad de su habitación de invitados con una opresión en el pecho que no tenía nada que ver con el cansancio físico. Tenía los labios aún ligeramente hinchados y el cuerpo le recordaba, con una pulsación sutil en su entrepierna, el nivel de excitación al que Liam la había llevado sobre el escritorio de caoba.

Sin embargo, con la luz del día, las dudas y los miedos más profundos de su historia personal regresaron al galope. «Eres la niñera, Victoria. Para él, esto es solo la emoción de lo prohibido, una aventura más en su historial de playboy», se repitió a sí misma frente al espejo mientras se amarraba el cabello castaño en una coleta informal y se ponía un pantalón corto de lino y una blusa holgada.

Mentalmente armada para poner una distancia fría y profesional, Victoria abrió la puerta de su apartamento y cruzó el pasillo hacia el área común. El aroma a café recién colado y a mantequilla derretida en la sartén la detuvo en seco.

En la cocina, la estampa la desarmó por completo. Liam estaba de espaldas, vistiendo solo un pantalón de chándal gris y un suéter ligero de algodón negro que se amoldaba a sus hombros anchos. Con el brazo izquierdo sostenía firmemente al pequeño Víctor contra su pecho desnudo de preocupaciones, mientras que con la mano derecha volteaba con cuidado unos panqueques en la hornilla. El bebé, ya completamente, balbuceaba intentando agarrar la tela del suéter de su padre.

—Vaya... pensé que los hombres como tú tenían personal que hacía esto los domingos —comentó Victoria, apoyándose en la barra de granito, forzando un tono ligero para ocultar su sorpresa.

Liam se giró de inmediato. Al verla, una sonrisa auténtica, limpia de arrogancia y con los hoyuelos marcados a fuego, iluminó su rostro. Sus ojos brillaron con una calidez que a ella le encogió el estómago.

—Los hombres como yo aprenden a cocinar cuando quieren impresionar a la única mujer que les importa —respondió él, acercándose a la barra. Le tendió una taza de café humeante y, antes de que ella pudiera reaccionar, se inclinó sutilmente para dejarle un beso suave, de buenos días, en la comisura de los labios—. Siéntate. El desayuno está listo.

El desayuno transcurrió en una calma inusual, una rutina doméstica que se sentía extrañamente perfecta. Compartieron el café, hablaron de lo bien que había reaccionado el niño al medicamento y, durante las siguientes dos horas, se sentaron en la alfombra de la sala a jugar con Víctor. Liam se tendió boca abajo, haciendo sonidos graciosos para hacer reír a su hijo, mostrando una faceta tan devota y terrenal que Victoria sintió que sus últimas barreras de hielo comenzaban a evaporarse.

A las once de la mañana, los ojitos de Víctor comenzaron a cerrarse. Juntos lo llevaron a la cuna de su habitación, lo arrullaron en silencio y esperaron a que su respiración se volviera profunda y acompasada. Lo acostaron con extrema delicadeza y cerraron la puerta a medias, regresando al gran salón en un silencio que, de pronto, volvió a cargarse de una electricidad pesada.

Victoria se sentó en el extremo del sofá de piel, cruzando las piernas. Liam caminó hacia ella y se sentó a su lado, pero no intentó tocarla de inmediato. Apoyó los codos en las rodillas y entrelazó las manos, mirando fijamente el suelo de madera antes de girar el rostro para sostenerle la mirada.

—Sé lo que estás pensando, Victoria —comenzó Liam, con la voz grave, desprovista de cualquier tono de juego—. Sé que tienes miedo. Sé que miras mi pasado y piensas que esto es solo una parada más en el camino. Y no te culpo. He sido un maldito desastre durante años.

Victoria tragó saliva, sintiendo que el pulso se le aceleraba.

—Liam, las estructuras que no tienen cimientos sólidos se caen al primer temblor —respondió ella con honestidad, usando su lenguaje profesional para proteger su corazón—. Tu vida ha sido una fiesta constante. Yo necesito estabilidad.

—Nunca he tenido una relación seria, Victoria. Jamás —se sinceró él, y por primera vez, ella vio una vulnerabilidad real, un atisbo de temor en los ojos de él—. No sé cómo ser el hombre perfecto, ni te voy a prometer que no cometeré errores. No puedo prometerte un futuro de cuento de hadas porque no sé cómo funciona. Pero lo que sí te prometo es darte mi mejor versión. Quiero darte todo lo que siento aquí dentro, sin filtros, sin máscaras. Porque contigo... contigo siento que lo quiero todo. Quiero el desayuno de los domingos, quiero cuidar a Víctor a tu lado y quiero la locura que nos pasa cada vez que nos tocamos. Si tú quieres intentarlo, yo estoy listo para vaciarme por completo en esto.

Las palabras de Liam impactaron directo en el centro emocional de Victoria. Ella, que siempre había calculado los riesgos de cada decisión, que odiaba los márgenes de error, se dio cuenta de algo fundamental: estaba cansada de vivir esperando la perfección, cansada de privarse de la felicidad por miedo al dolor. Miró al hombre frente a ella, al playboy incorregible que estaba de rodillas emocionalmente ante ella, y tomó la decisión más arriesgada de su vida.

—Está bien, Liam —dijo en un susurro, con los ojos oscuros brillando por la emoción—. Acepto. No me importa si terminas rompiéndome el corazón. Prefiero quemarme contigo a seguir viviendo en el frío.

Liam no esperó un segundo más. Se abalancó hacia ella, tomándole el rostro con ambas manos para sellar el pacto con un beso.

El contacto comenzó con una ternura infinita, una marea de alivio mutuo, pero la contención de la noche anterior en la oficina seguía viva, latente en la sangre de ambos. El beso se intensificó en cuestión de segundos; las lenguas se buscaron con un hambre renovada, húmeda y profunda. Victoria, espoleada por la adrenalina de la aceptación, se movió con agilidad y se acomodó a horcajadas sobre el regazo de Liam, rodeando su cintura con sus piernas generosas.




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