Paternidad Forzada

Capitulo 27

El silencio que siguió a la amenaza de Pamela pesaba más que el granito de la cocina. El aire en el salón se volvió irrespirable, cargado con el veneno de una ambición que no medía consecuencias. Victoria sentía que las piernas le fallaban; un pánico sordo y helado, de esos que nacen directamente en las entrañas, la paralizó por completo.
Su mente solo reproducía la imagen de la cuna del fondo, donde el pequeño Víctor descansaba ajeno a la monstruosidad que se debatía a unos metros.

Pamela mantenía la barbilla en alto, regocijándose en el caos que acababa de desatar, estirando los dedos enguantados como si ya tuviera las llaves del imperio Vance en su cartera.

—¿Qué pasa, Liam? —provocó la mujer, ladeando la cabeza con una sonrisa calculadora—. ¿Te comieron la lengua los millones? Pensé que eras un hombre de decisiones rápidas. Elige: un matrimonio por conveniencia para mantener tu bonita foto familiar en los periódicos, o una demanda por custodia que va a arrastrar tu apellido por el lodo de todos los tribunales del país.

Liam no se inmutó. La tensión en su mandíbula era brutal, pero en lugar de estallar en la furia salvaje que Pamela esperaba para usar en su contra, el magnate soltó una risotada seca, grave, un sonido cargado de un desprecio absoluto que descolocó por completo a la intrusa. Dó un paso al frente, acortando la distancia con una parsimonia imponente, obligando a Pamela a perder un poco de su postura altiva.

—¿Casarme contigo? —dijo Liam, con una voz gélida que cortaba como navaja—. Tienes que estar jodidamente desquiciada si crees que voy a meter a una extorsionadora en mi vida y en la de mi hijo. Eso no va a pasar jamás, Pamela. Ni en esta vida ni en ninguna otra.

Él se giró sutilmente, extendiendo la mano hacia atrás para buscar los dedos temblorosos de Victoria, entrelazándolos con una firmeza posesiva que pretendía inyectarle calma en medio del desastre.

—Si de algo puedes estar segura hoy, es de que con la única persona con la que me voy a casar, con la única mujer que va a llevar mi apellido y va a gobernar esta casa, es con Victoria. Ella es mi mujer. Tú solo eres un error del pasado que vine a pagar muy caro. Y si lo que quieres es pelear en los tribunales por Víctor... pues la pelea es peleando, infeliz. Te aseguro que mis abogados te van a triturar antes de que puedas pisar el primer escalón del juzgado.

La mención de Victoria hizo que los ojos de Pamela se inyectaran en una furia territorial y mezquina. Al ver que el chantaje del matrimonio se le deshacía entre las manos, la mujer endureció las facciones, perdiendo la fachada refinada que había intentado fingir.

—¿Ah, sí? ¿Con la niñera? —escupió Pamela, con los labios apretados—. Pues quédate con tu mujercita, Liam. Pero al niño no lo vuelves a ver. ¡Dame a mi hijo ahora mismo! ¡Exijo que me entregues al niño!

La mujer amagó con avanzar con paso firme hacia el pasillo de las habitaciones, pero Liam se plantó como un muro de roca frente a ella, bloqueándole el paso con el pecho inflado y una mirada depredadora que le advirtió que un solo paso más implicaría una respuesta física.

—No vas a tocar esa puerta —sentenció él, con un hilo de voz sibilante y peligroso.

Victoria, que sentía el dolor del nudo en la garganta madurar hasta el llanto, dio un paso al frente, saliendo del refugio del brazo de Liam. Dejó de lado el orgullo y la distancia profesional; habló desde la pura desesperación de la mujer que se había desvelado cuidando la fiebre de esa criatura.

—Por favor... te lo ruego, déjalo —suplicó Victoria, con los ojos oscuros empañados en lágrimas, las manos extendidas en un gesto de súplica descarnado—. Mira a tu alrededor. El niño está bien aquí. Tiene todo lo que necesita, tiene estabilidad, tiene un padre que lo adora. No le hagas esto por dinero. No lo uses como un escudo de negociación.

Pamela soltó una carcajada estridente, un sonido carente de cualquier empatía maternal.

—¿Que lo deje? ¿Para que tú juegues a la mamá perfecta con mi sangre y el dinero de él? No seas estúpida —replicó con desprecio.

La mujer metió la mano en su bolso de marca y extrajo un fajo de documentos sellados con el membrete de una notaría pública y el escudo de la prefectura local. Los batió en el aire con un triunfo cínico.

—Yo no soy ninguna improvisada, mi amor. Antes de poner un pie en este edificio, me aseguré de hacer las cosas de forma legal. Fui al registro y declaré la manutención temporal. Yo cuidé a ese niño durante sus primeros seis meses de vida mientras este infeliz gastaba su fortuna en los clubes nocturnos. Él apenas lleva un par de meses con la criatura. Ante cualquier juez de familia, la ley me ampara por el derecho de apego y lactancia. El niño tiene que estar con su madre biológica, como debe ser. Así que muévete de mi camino, Liam, o la policía subirá en cinco minutos a sacarlo por desacato a una orden de presentación.

Aprovechando el segundo de duda y el vacío legal que los documentos representaban, Pamela esquivó el brazo de Liam y se internó en el pasillo con la rapidez de una víbora.

Victoria ahogó un grito, corriendo detrás de ella, pero Liam la detuvo por los hombros para evitar que la confrontación se volviera física dentro del cuarto del menor. Segundos después, Pamela salió de la habitación con el pequeño Víctor en brazos. El bebé, arrancado abruptamente de su siesta, comenzó a llorar con un llanto agudo, asustado por el movimiento brusco y el olor extraño del perfume de la mujer.

—¡No, por favor! —gritó Victoria, sintiendo que el corazón se le rompía en mil pedazos al ver las manitas del bebé estirarse hacia ella en busca de refugio.

Pamela no miró atrás. Con el niño bien sujeto contra su abrigo de piel, caminó a paso rápido hacia la salida, abrió la puerta del penthouse y se subió al ascensor privado que ya la esperaba con las puertas abiertas, desapareciendo de la vista y dejando tras de sí solo el eco del llanto del niño que se desvanecía a medida que el elevador descendía.




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